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15 de Jan de 2021

Mundo

Los corsarios del siglo XXI

PANAMÁ. El reciente drama del portacontenedores estadounidense Maersk Alabama y el remolcador italiano Bucaneer han vuelto a centrar la...

PANAMÁ. El reciente drama del portacontenedores estadounidense Maersk Alabama y el remolcador italiano Bucaneer han vuelto a centrar la atención mundial en el tema de la piratería en el Golfo de Adén. Los piratas somalíes llevan ya un tiempo en los titulares (fueron nominados por la revista Time y por este periódico como uno de los ‘personajes’ del 2008) no sólo por su singularidad —han revivido la piratería del parche en el ojo y la pata de palo varios siglos después— sino también por la ridiculez de las situaciones que se están dando con cada vez más frecuencia en las costas somalíes. Para muestra, un botón: los piratas mantuvieron al capitán del Alabama, Richard Phillips, secuestrado a bordo de un bote salvavidas (el Alabama y el resto de la tripulación llegaron el sábado a Mombasa, Kenia) mientras que el USS Bainbridge, un destructor de 9,200 toneladas y 155 metros de la Marina estadounidense, lo observaba impotente. Por si fuera poco, el sábado los medios reportaron que los piratas habían “repelido a tiros” a miembros de la Marina de EEUU que habían intentado acercarse para conversar con los captores. Finalmente, Phillips fue liberado ayer —luego de un operativo de los Navy SEALs en el que tres piratas murieron y el otro fue capturado—, pero el fenómeno de la piratería en Somalia amerita un análisis más profundo.

LA PREGUNTA QUE NADIE HACE

Desde que irrumpieron en la escena mundial, los medios han reportado las ‘travesuras’ de los corsarios somalíes centrándose casi exclusivamente en el aspecto gangsteril de estos actos y en los impresionantes rescates que exigen. Según un reporte del Washington Post , los piratas habrían recibido unos 150 millones de dólares en 2008 en materia de rescates y según el Buró Marítimo Internacional, actualmente unas 14 naves y cerca de 200 tripulantes están aún en su poder.

En el aspecto monetario, algunos medios han llegado mucho más lejos: Bernd Debusmann, columnista de la agencia Reuters , demostró que la piratería es un negocio inmensamente lucrativo al estimar que el secuestro del tanquero saudí Sirius Star no pudo haber costado más de 25,000 dólares, cifra ridícula si la comparamos con los 25 millones de dólares que exigieron a Saudi Aramco, la compañía dueña del barco, por su rescate. Lo que pocos medios han hecho —y esto lastimosamente ya no sorprende— ha sido averiguar por qué lo hacen. Al ahondar en esta cuestión, las patas de palo, los parches en los ojos y los pericos en el hombro desaparecen: detrás de esta inverosímil historia hay un mayúsculo escándalo. Los corsarios somalíes tienen una extraordinaria historia que contar, y su parte de justicia que reclamar.

LA ‘GUARDIA COSTERA’ SOMALÍ

“No nos consideramos criminales”, le dijo el líder pirata Sugule Ali en una entrevista telefónica al New York Times , “consideramos criminales a los que pescan ilegalmente y arrojan sus desperdicios en nuestros mares. Véannos como una guardia costera”. Si bien la analogía pueda no ser la más apropiada, las declaraciones de Ali ponen de relieve un problema que nació hace casi dos décadas. En 1991, el gobierno somalí colapsó. Desde entonces, el país ha sido incapaz de formar un Gobierno, y es considerado el Estado más fracasado del planeta. Sus nueve millones de habitantes han tenido que luchar con el hambre y las guerras, unos 3.4 millones de somalíes dependen enteramente de la ayuda humanitaria y sólo en 2008 se repartieron 260 mil toneladas de comida. Evidentemente, el ‘mundo occidental’ le ha dado la espalda a un país (Somalia sólo ha vuelto a los titulares gracias a los piratas) que continúa siendo —quizás junto a la situación en la República Democrática del Congo— el drama más ignorado de nuestro tiempo.

Pero si bien el llamado ‘occidente’ ha actuado con indiferencia ante los problemas somalíes, otros aspectos de ese desastre sí que han llamado su atención. Poco después del colapso gubernamental, misteriosos barcos europeos comenzaron a aparecer en las costas somalíes, vertiendo sus desperdicios al agua. La población costera empezó a enfermar. Al principio fueron enfermedades de la piel, náuseas y bebés nacidos con malformaciones. Luego, y después del tsunami de 2005, cientos de barriles llenos de desperdicios vertidos al mar llegaron a la costa. La gente comenzó a sufrir de enfermedades causadas por radiación nuclear, y más de 300 personas murieron. Ahmedou Ould-Abdallah, enviado de la ONU a Somalia, le dijo al diario The Independent de Londres: “Alguien está vertiendo desechos nucleares aquí. También hay plomo y metales pesados como el cadmio y el mercurio”. La mayor parte de los investigadores creen que los desechos provienen de fábricas y hospitales en Europa, que se los pasan a la mafia italiana para que se ‘deshaga’ de ellos. Al mismo tiempo, otro tipo de barcos europeos han saqueado el recurso más preciado de las aguas somalíes: sus peces. Se calcula que unos 300 millones de dólares en atún, camarones y langosta son robados cada año por pescadores ilegales.

SOMALIA LOS APOYA

Es en este contexto en el que han aparecido los corsarios del siglo XXI. El secuestro de embarcaciones en las aguas territoriales somalíes —que es donde ocurren la mayor parte de los secuestros— es, en su esencia, una pobre manera de autoorganización y defensa de lo que legalmente pertenece a Somalia, y un particular intento de responder a un mundo occidental que, mientras ha dado la espalda al pueblo somalí, ha dejado que sus más oscuras fuerzas se aprovechen de la situación en el país más caótico del planeta.

El portal somalí de noticias Wardheernews.com realizó recientemente una encuesta en que halló que el 70% de los somalíes veían a la piratería como una forma —si bien cruda y primitiva— de defensa de sus aguas territoriales. A pesar de la ilegalidad internacional de la piratería, la mayor parte de los somalíes parecen estar de acuerdo con que es la única manera de proteger lo poco que queda del arrasado país.

El mismo sitio web, en un reciente editorial, hizo una interesante observación: los gobiernos regionales (en Somalia) están implícitamente apoyando la piratería. Los inmensos rescates pagados están de alguna manera beneficiando a los habitantes y autoridades del interior somalí, quienes a cambio brindan protección y ayuda a las milicias piratas. O si no, “¿cómo puede explicarse que un desorganizado grupo de piratas pueda secuestrar un tanquero como el Sirius Star o un barco que cargaba tanques rusos T72?”, concluye el portal. Por supuesto, ninguna de estas cosas justifica el secuestro de embarcaciones y mucho menos de sus tripulantes. De igual manera, muchos (o pocos) de estos piratas son simples criminales y no pescadores “obligados” a ejercer la piratería. Pero, como pregunta el periodista y escritor inglés Johann Hari: “¿realmente esperábamos que los hambrientos somalíes chapotearan pasivamente en sus playas mientras las llenábamos de desechos tóxicos y nos llevábamos sus mejores recursos marinos para comerlos en nuestros restaurantes en Londres, París o Roma?”.

EL PROBLEMA NO ESTÁ EN EL MAR

Los piratas del siglo XXI son sólo la punta del iceberg de la mega crisis que ha resultado del colapso del Estado somalí y de la actitud indiferente de la comunidad internacional. Sólo un Estado fracasado como Somalia puede producir un fenómeno semejante y, consecuentemente, la solución al problema está lejos de ser militar: cualquier esfuerzo que no esté directamente encaminado a restaurar el Estado somalí, a levantar su economía y a respetar sus recursos naturales está destinado a fracasar. “Lo que estamos viendo actualmente es la irrelevancia de la respuesta naval a la piratería”, dijo Peter Chalk, experto en seguridad marítima de la Corporación RAND, a la agencia IPS. “Atacar el problema de la piratería en el mar es atacarlo demasiado tarde”, continuó, “hay que lidiar con la raíz del problema, que está en tierra. Tendremos que lidiar tarde o temprano con ella”. La mayoría de los expertos coinciden en que la completa eliminación de la piratería pasa necesariamente por una solución integral que acabe con la anarquía del país africano.

El ex embajador estadounidense en Etiopía y actual profesor de la Universidad George Washington, David Shinn, opinó que “no hay solución a este problema hasta que no haya una solución en Somalia. Desafortunadamente, eso no va a suceder de la noche a la mañana”.

Por lo pronto, y mientras las palabras de Shinn se vuelven realidad, los corsarios del Adén seguirán ridiculizando a las potencias mundiales en las cálidas aguas del Cuerno de África, como los ‘defensores’ de un país olvidado y dejado a su suerte por el resto del mundo.