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18 de Sep de 2020

Mundo

China y su pretensión de hegemonía

Debemos seguir atentos al movimiento del centro de gravedad de las relaciones internacionales que, pareciera, se mueve inexorable del océano Atlántico al Pacífico, en el marco de la transición de “una época de cambios a un cambio de época”, y donde el imperio de la libertad, y de los derechos humanos fundado desde tiempos de la Revolución Francesa (1789), pudiera estar en peligro

China avanza para ser una potencia global de gran alcance, aunque dudamos, al menos por ahora, que pueda lograr una hegemonía total.EFE

En el marco del estudio de las ciencias políticas y de las relaciones internacionales como su disciplina auxiliar, sin duda el estudio de los procesos a través de los cuales los Estados consiguen, mantienen y expanden el poder, ocupan un papel central.

Es por ello que muchos autores hablan de la hegemonía, como aquel proceso que solo unos pocos países han podido llevar a cabo, designándole el nombre de PAX, a aquellas etapas de la historia donde un Estado ejerce hegemonía, o lo que es lo mismo, “control de ambiente y resultados” tanto en términos de poder tangible (control territorial, económico, militar), como en términos de poder intangible (donde tiene la capacidad de imponer y cambiar las normas, reglas, principios y valores por los cuales se rige el mundo).

Dicho lo anterior, hay que hacer mención de dos coyunturas que nos hacen pensar en que China procura incrementar su poder, para de esa manera, entrar en el juego definitivo de las grandes potencias que buscan consolidarse con una hegemonía mundial: una a nivel interno como es la aprobación de una Ley de Seguridad Nacional en Hong Kong, y la segunda, un conflicto fronterizo con la India en la llamada 'Línea de control”, que incide también sobre la región de Cachemira (donde entra en juego Pakistán y el elemento nuclear), y el control sobre el Tíbet.

De esta manera, y respecto a la primera coyuntura, hemos de decir que China se propone aprobar una nueva Ley de Seguridad Nacional mediante la cual, y por opinión de grupos pro-democráticos de Hong-Kong se pretende limitar las libertades individuales de los honkonenses y la dinámica de “un país, dos sistemas” que proporciona un alto grado de autonomía a la también llamada “China Taipei” desde que Reino Unido le devolvió la soberanía de la ciudad a China en 1997.

Esto, sin duda, vendría a suceder luego de que el año pasado, millones de personas salieron a las calles durante siete meses para protestar contra una ley que hubiera permitido las extradiciones a la China continental. De esta manera, con una Ley de Seguridad Nacional aprobada en China, donde se eluda a los legisladores de Hong-Kong y, por ende, sea extensiva a ella, podría ser un hito solo comparable con los abominables sucesos de la matanza de la plaza de Tiananmen de 1989, donde el Gobierno chino, de manera autoritaria, busque ejercer el control y la limitación de las libertades individuales para prohibir las protestas y silenciar por la fuerza a la oposición al Partido Comunista, además de criminalizar la disidencia.

Visto desde la perspectiva del orden mundial y la hegemonía se constituirían en una suerte de ruptura respecto a occidente en los intereses cognitivos vinculados al trabajo (o lo que es lo mismo a las relaciones materiales de producción); con los intereses cognitivos vinculados a las interacciones (que dan sentido a las relaciones sociales en términos de valores, costumbres y prácticas sociales) y con cualquier desarrollo de intereses cognitivos emancipatorios o de liberación, cortando de plano los vínculos con las ideas de la democracia representativa liberal, para imponer su propia cosmovisión e idea de represión política (generadora de orden social) con liberalismo económico-comercial en función de la riqueza.

Al mismo tiempo, se incrementan las tensiones en la línea de control en el peligroso triángulo entre China-India y Pakistán, donde China, para ejercer un control geopolítico total sobre el continente asiático, pretende manejar la región conocida como el Tíbet del sur.

Solo en sentido ilustrativo, hay que decir que India y China comparten una frontera de más de 3,440 kilómetros y tienen reclamaciones territoriales superpuestas.

La desconfianza, la incertidumbre y el miedo son las variables que predominan en esta coyuntura, ya que China desconfía de la India en sus acercamientos a Estados Unidos, Australia y Japón, y ha impulsado una legislación a través de la cual, en el marco de la actual pandemia, ha prohibido que capitales chinos compren empresas indias que se hayan ido a la quiebra; eso sin mencionar el respaldo que la India le otorga al gobierno del Tíbet en el exilio.

Del mismo modo, la India teme por la cooperación y la cercanía entre China y Pakistán en dos sentidos: en el primero, respecto al tema nuclear, donde China pudiera estar ayudando a desnivelar la balanza bélica a favor de Pakistán, desarrollando apresto operacional, logístico y armamentístico, a cambio de acceso al puerto de Gwadar, donde China desea tener control para establecer la nueva “Ruta de la Seda o el Plan Geopolítico del Collar de Perlas”, que le proporcionaría a Pekín control sobre las rutas de navegación y comercio del mar Arábico, y por ende le daría hegemonía en la región de Asia Pacífico.

Para ello, China ha invertido cerca de de US$60 millones en infraestructura pakistaní. De esta manera, China avanza a ser una potencia global de gran alcance, aunque dudamos, al menos por ahora, que pueda lograr una hegemonía total, ya que el elemento cultural es el hueso más duro de roer; no obstante, en aras de alcanzarlo fue que los principales cuadros del Partido Comunista chino, desde 1989 al presente, fueron enviados a occidente a tomar lo mejor de esta civilización, asimilando su idioma (el inglés), transculturizando las costumbres y promoviendo producción en masa con bajos costos de producción.

Es por ello que debemos seguir atentos al movimiento del centro de gravedad de las relaciones internacionales que, pareciera, se mueve inexorable del océano Atlántico al Pacífico, en el marco de la transición de “una época de cambios a un cambio de época”, y donde el imperio de la libertad, y de los derechos humanos fundado desde tiempos de la Revolución Francesa (1789), pudiera estar en peligro inminente.