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- 31/08/2009 02:00
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Agrega La Estrella en Google ↗️No sé cuántos colombianos habrán sintonizado el pasado martes el canal estatal durante la votación en la Cámara de Representantes del Congreso colombiano sobre los impedimentos para el referendo que permitiría la segunda reelección del presidente Uribe. Imagino que los pocos que lo hicieron sufrieron un bajonazo parecido al mío.
Era difícil no deprimirse ante ese espectáculo de mediocridad y chabacanería. Lo que se vio esa noche, en lo que se suponía era seria sesión sobre asunto trascendental, fue una radiografía francamente deplorable de la democracia parlamentaria colombiana.
Las transmisiones en vivo y en directo de debates del Congreso constituyen una ventana abierta para que los ciudadanos puedan observar a sus voceros legislativos en acción. Y daba vergüenza ajena —la TV no perdona— ver y oír aquello. El gesto ramplón, el atropello a la lengua, el vacío conceptual. Y, hora tras hora, la verborrea tan altisonante como hueca. Es duro eso..
Todos sabemos que hace tiempo la calidad de los debates del Congreso colombiano deja mucho que desear. Pero faltaba una sesión como la del martes para captar hasta dónde se ha caído. Lo de la Cámara fue algo más propio de una república bananera de tercer orden que de un país que en alguna época se caracterizó por el nivel intelectual y la elocuencia —aun la “greco-quimbaya”— de las polémicas de un parlamento donde el discurso y el voto de sus miembros no tenían tan patética dependencia.
Los honorables representantes fueron, en el fondo, víctimas de su afán de vitrina. Porque la televisión puede ser implacable. Y ahí quedaron retratados de cuerpo entero, en sus momentos de impúdico relajamiento o de balbuciente indignación, en la medida en que iban negando o aprobando el levantamiento de los impedimentos para que los 86 representantes investigados por la Corte Suprema puedan votar el referendo.
Más allá del contenido mismo de lo que se estaba decidiendo (nada menos que la segunda reelección); de lo que le costará al erario cada votico, o de la propia incoherencia ética o política de todo este proceso, lo que más me impactó fue la pobreza de la forma y de la imagen. El estilo como reflejo de la realidad.
Hay algo terriblemente deslegitimador en estas maneras de proceder de los miembros de la Cámara Baja del poder legislativo colombiano. Es cierto que se vive una situación excepcional e irregular, donde la Corte Suprema de Justicia está investigando a 86 representantes que se sienten objeto de una persecución judicial. Pero hay procedimientos que a la larga pueden resultar autodestructivos.
Esta semana se votó la negación de los impedimentos de más de 50 de los parlamentarios cuestionados por la Corte y todo indica que en los próximos días la Cámara evacuará los 36 restantes. Despejado el problema de los impedimentos, se procederá a aprobar sin discusión la conciliación que le dará vía libre al referendo en el Congreso. Pero ¿a qué costos para la credibilidad del mismo?
“Aquí defendiendo la democracia, maestro”, le respondió entre balas y bombazos el coronel Plazas Vega al reportero que hace 25 años trató de entrevistarlo mientras dirigía la retoma del Palacio de Justicia, ocupado por el M-19. Pero mal se la puede defender desapareciendo a sus adversarios, como lo indicara luego el proceso que enfrenta el coronel Plazas por este presunto delito.
Las imágenes televisadas de aquel episodio quedaron grabadas en la memoria colectiva como una tragedia de la democracia colombiana. Las de esta semana en la Cámara no fueron tan terribles ni traumáticas, pero sí retratan bien cómo están las cosas casi tres décadas después.
El espectáculo nada estimulante continuará este martes. “Esta es la democracia, maestros”.