- 02/03/2026 16:48
En un despliegue de opulencia que desafía la realidad y confirma el poderío económico del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), se llevaron a cabo las exequias de su líder histórico, Nemesio Oseguera Cervantes, mejor conocido como “El Mencho”.
El evento, marcado por un hermetismo absoluto y una vigilancia paramilitar, tuvo como protagonista un féretro bañado en oro, símbolo final de un imperio levantado sobre el tráfico internacional de estupefacientes.
Desde las primeras horas del sepelio, las imágenes —filtradas bajo estricta reserva— revelaron un ataúd de diseño exclusivo, cuya superficie resplandecía bajo el sol con un acabado en oro de 24 quilates.
Este tipo de excentricidades, comunes en la “narcocultura” de más alto nivel, no solo busca honrar la memoria del fallecido, sino enviar un mensaje de invulnerabilidad y riqueza remanente a sus rivales y a las autoridades por igual.
El entierro no fue solo una ceremonia religiosa, sino una exhibición de lealtad.
Según reportes de inteligencia y testigos en la zona, el lugar fue inundado por cientos de arreglos florales y coronas monumentales de rosas rojas, algunas de ellas con bandas que llevaban las iniciales del grupo criminal y mensajes de despedida de los distintos “brazos armados” de la organización.
La logística del evento recordó a las operaciones militares que el propio Mencho comandó en vida:
Se reportó el cierre de caminos rurales y el uso de drones para vigilar cualquier avance de fuerzas federales.
Figuras clave del organigrama del CJNG habrían estado presentes para rendir tributo al hombre que transformó una escisión de un cartel local en una de las organizaciones criminales más peligrosas del mundo.
El entierro de “El Mencho” en un féretro de oro marca el cierre de un capítulo violento en la historia de México, pero abre una interrogante sobre la sucesión en el mando.
Con un líder que se caracterizó por su perfil bajo y su capacidad para evadir a la justicia durante años, su muerte —atribuida por diversas fuentes a complicaciones de salud crónicas— deja un vacío que podría desencadenar luchas internas por el control de las rutas del fentanilo y la metanfetamina.
Mientras el oro del ataúd brilla bajo la tierra, en la superficie queda un rastro de conflicto y una estructura criminal que parece estar lejos de disolverse.
Las autoridades mexicanas y estadounidenses mantienen una vigilancia reforzada en los estados de Jalisco, Michoacán y Colima, previendo que tras el fastuoso entierro, comience una nueva etapa de reacomodos en el mapa del narcotráfico.