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22 de Nov de 2019

Nacional

El trauma de vivir en Panamá Oeste

PANAMÁ. Quien no haya escuchado hablar sobre la ‘ciudad dormitorio’ no conoce parte de la historia criolla del país. La génesis de la fr...

PANAMÁ. Quien no haya escuchado hablar sobre la ‘ciudad dormitorio’ no conoce parte de la historia criolla del país. La génesis de la frase que bautizó a La Chorrera se enfoca en el rutinario desplazamiento de miles de panameños hacia la ciudad capital. El viaje (30 km entre Panamá - La Chorrera) se ha convertido en un verdadero trauma que coge más fuerza a medida que pasan los años.

La molestia e impotencia de los usuarios que a diario utilizan el transporte público hacia el Oeste es más evidente. Influyen una serie de factores que van de lo insignificante hasta lo complejo.

EL VÍA CRUCIS

Cruzar el tramo entre Panamá y La Chorrera se ha convertido en toda una hazaña que supera en paciencia al cruce del estrecho de Gibraltar.

‘Rosa’ sale de su trabajo en la Transístmica a las cuatro de la tarde. Afanada por llegar pronto a su casa toma el primer bus que la lleve a la Gran Terminal. No importa que sea de pie, lo importante para ella es ganar tiempo.

En Albrook, apenas comienzan las vicisitudes. Todos los días se encuentra con interminables filas de usuarios que —al igual que ella— intentan pasar un poco más de tiempo con su familia.

Si Rosa tiene suerte, le toma entre 30 minutos a una hora avanzar en la fila para abordar el autobús que la llevará a su destino. Antes de eso, tuvo que asegurarse de que su tarjeta Rapi Pass tenga al menos cinco centavos que le permita pasar por la máquina registradora. Antes ella depositaba directamente el ‘real’, pero hace dos días la administración de Albrook decidió eliminar el sistema manual y reemplazarlo por la tarjeta magnética. La primera es gratis pero sin fondo y sin ella no se puede pasar al área de abordaje. Como la mayoría, lo importante es llegar. Los usuarios tuvieron que adaptarse e invertir de su presupuesto en una tarjeta prepagada. El usuario está obligado a una inversión adicional.

Superada esta primera parte del viaje, el reloj de Rosa marca casi las 6.00 p.m. Llama a su familia para comunicarles que al menos está en el bus. ¿En cuánto tiempo llegará? No lo sabe. Todo depende de lo que suceda en el camino.

Acalorada y cansada por estar de pie, emprende el viaje hacia el Puente de las Américas. Ya en la mitad de la infraestructura ve a la distancia la Calzada de Amador y de inmediato se percata de que la fila de autos está detenida. Como si estuviera en una procesión, es poco lo que avanza.

Mientras pasa el tiempo, en medio del embotellamiento, q ue es rutina, el hambre y la desesperación se apoderan de casi todos los pasajeros. Unos prefieren no cogerlo a pecho y optan por ‘descansar la vista’, otros escuchan música y para suerte de algunos, la compañía de un Blackberry les permite olvidarse de la espera y compartir con amigos y familiares las vivencias del día vía chat.

Transcurre el tiempo y el reloj marca más de las 8:00 p.m. y finalmente Rosa llegó a La Chorrera. Aquellos que viven en el centro de la ciudad pronto se estarán ocupando en sus quehaceres domésticos. El resto debe continuar el viaje en un bus de ruta interna. Al día siguiente, Rosa y el resto de los viajeros deben madrugar a las 5:00 a.m. para volver a enfrentarse a la rutina en horas de la tarde.

LAS RAZONES

En el Ministerio de Obras Públicas (MOP) explican que los trabajos de ‘perfilado y colocación de capa asfáltica’ en el tramo del Puente hasta Arraiján influyen en el embotellamiento. Eliécer Broce, director de Inspección del MOP, comunicó que las labores se desarrollan de 10:00 p.m. a 4:00 a.m. con el fin de afectar lo menos posible a las personas.

Jaime Ho, presidente de las Empresas de Transporte del Oeste, sostiene que no soportan esta situación. El tranque y el aumento del combustible hacen imposible ofrecer un mejor servicio. ‘Muchos quedan atrapados en el tranque. Otros prefieren no viajar para no perder’, dijo Ho.

Amenazan con aumentar el precio del pasaje si no reciben, cuanto antes, respuesta del Estado.

Héctor Rodríguez, de la Gran Terminal, está claro en que urge un cambio total del sistema de transporte en el Oeste. ‘El sistema ha colapsado’, concluye resignado.