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28 de Oct de 2020

Nacional

El último discurso

PANAMÁ. Quiero aprovechar esta oportunidad, probablemente la última en la cual haga una alocución con algún significado político de fond...

PANAMÁ. Quiero aprovechar esta oportunidad, probablemente la última en la cual haga una alocución con algún significado político de fondo, para recordar al inicio de estas palabras a tres copartidarios esenciales en la vida de nuestro partido que no están hoy con nosotros: al incansable Iván Romero, mi amigo y compañero de lucha durante toda mi participación en política; al conciliador y generoso René Orillac que dejó en su vida pública y privada una estela luminosa de honradez, y al tenaz Roberto ‘Tito’ Méndez que tuvo la voluntad de tomar la responsabilidad de la secretaría general en uno de los momentos más difíciles de nuestra vida partidaria. Para ellos mi permanente recuerdo.

Quiero ir a lo medular y no a lo adjetivo, que tantas veces nos traga el tiempo que dedicamos a la política y decir lo mucho que he aprendido de todas y todos los copartidarios y conciudadanos con los que he tenido la oportunidad de tratar a lo largo de los años.

Nací en una familia que por varias generaciones se ha dedicado a la política desde inicios de la República. Mi bisabuelo, Ricardo Arias Feraud, y su hermano, Tomás Arias, fueron próceres de la independencia, miembros de la Junta Revolucionaria. Tomás formó parte del Triunvirato de la Junta Provisional de Gobierno en 1903 y ambos hermanos fueron sucesivamente Secretarios de Relaciones Exteriores del primer gobierno constitucional. Mi padrino de confirmación, el llamado ‘caballero de la política’, Francisco Arias Paredes, fue presidente de un partido de centro izquierda, y un hombre de ideas progresistas aclamado por las multitudes. Su hijo, mi tío Ricardo Manuel Arias Espinosa, asumió la Presidencia de la República en momentos traumáticos para el país, devolviéndole su confianza en sí mismo al punto que durante su mandato se realizó la exitosa convocatoria en Panamá de la primera reunión de jefes de Estado del continente americano; y el hermano de mi padre, Juan Bautista Arias, gracias al apoyo popular, fue durante veinte años diputado y en su cargo reconocido por su rectitud y convicciones.

Por el lado de mi familia materna, mi abuelo, Manuel Calderón Ramírez, y sus hermanos, Pedro y Salvador, fueron líderes conservadores que se opusieron a la dictadura de Zelaya en Nicaragua y sufrieron la persecución y el exilio a principios del siglo pasado. Salvador fue, además de revolucionario, escritor, profesor y diplomático y hombre de tal autoridad moral que Augusto Sandino le solicitó ser su representante en las negociaciones para deponer las armas. El asesinato del líder nicaragüense lo hizo tomar la decisión de abandonar su patria para siempre y murió en el destierro.

Recibí de mi familia el interés por la política, pero sobre todo un legado de servicio y amor a la patria, al que mi madre añadió el profundo sentido de responsabilidad personal y de gratitud por las bendiciones y privilegios que Dios y la vida nos habían otorgado a mí y a mis hermanos y que debían traducirse en vivir con honestidad, preocuparnos por nuestro prójimo sin vacilaciones y servir a Panamá sin regateos.

Cuando regresé a esta tierra, después de terminar mis estudios, recibí la invitación de varios grupos políticos para que me activara en ellos; sin embargo, los hechos del 9 de enero de 1964, me mostraron la falta de liderazgo político y popular de las dirigencias tradicionales de la época. En contraposición a esas carencias, me atrajo, de manera particular, la posición del pequeño Partido Demócrata Cristiano, sus planteamientos contundentes y serenos sobre la soberanía panameña y el rechazo de la intervención violenta en nuestro territorio por parte de los norteamericanos.

Mi formación filosófica y el don de la fe cristiana que animaban mi pensamiento y mi actividad intelectual, nutridos de pensadores como Maritain y Mounier y las enseñanzas de la doctrina social de la Iglesia, encontraron en la Democracia Cristiana Panameña el ámbito para iniciarme en la vida política.

Está de moda declarase apolítico y referirse a la actividad política en términos negativos y hasta con desprecio, como reacción a la indigna actuación de muchos, pero lo cierto es que la política es una actividad noble a la que están llamados hombres y mujeres generosos y solidarios que aman a su patria y quieren servirla con honestidad y que, cuando ellos se apartan de la vida pública ésta se empobrece y contamina de los peores vicios.

Hay también quienes en los últimos años han querido promover la confrontación y la desconfianza entre los partidos políticos y las organizaciones de diversa índole que se agrupan bajo la denominación de sociedad civil. Estoy convencido que esa confrontación y desconfianza son innecesarias y estériles, puesto que entre el más de medio millón de personas inscritas en los partidos políticos se encuentran líderes y activistas de muchas organizaciones gremiales, cívicas, sindicales, ambientalistas, profesionales y religiosas. Y creo que puede darse entre las organizaciones no gubernamentales y los grupos políticos una mutua cooperación en el respeto a la función que cada uno de estos sectores hace en la sociedad. Los grupos de la sociedad civil tienen que aportar sus ideas, formular críticas y propuestas, así como sugerir compromisos para que los partidos políticos, que están por su naturaleza llamados a obtener en virtud del voto popular la posibilidad de gobernar, enriquezcan su visión y su acción de manera que hagan realidad, mediante leyes y proyectos, los reclamos que provienen de otros sectores organizados.

No debemos dejar de confiar en los partidos políticos para que hagan realidad en sus propuestas y programas los reclamos de otros sectores de la sociedad en aras del bien común.

Entre lo mucho que aprendí en la actividad política, lo primero fue que la política requiere un trabajo incansable, que unas son las apariencias y otra la realidad, incluso en esta actividad. ¡Cuántas veces gastamos nuestro tiempo en discusiones bizantinas, opiniones estériles y repetitivas sin que nadie se atreva a oponerse a la pérdida de tiempo y de oportunidad, y a hacer un acercamiento a temas serios y de gravedad para los cuales no encontramos momento oportuno ni fácil solución!

Ocasionalmente, actuamos en la ignorancia y en la indiferencia con respecto a los valores que, por otra parte, proclamamos que son componentes supremos de la vida en común. Pienso por lo demás, que la situación de otros colectivos políticos y de la misma sociedad panameña es mucho peor.

Entre los diversos valores que caracterizan nuestra ideología demócrata cristiana está el tema central de la persona humana, su dignidad inherente y su desarrollo integral.

La persona humana, a diferencia de las cosas naturales, nos hace entrar en un ámbito que puede ser denominado cultura, trascendencia o acceso a lo divino, de ahí que los valores sean los núcleos que influyen sobre las realidades naturales sin pertenecer exclusivamente a la naturaleza, y que a la vez abren paso para que el ser humano viva experiencias inéditas que lo hacen superarse a sí mismo.

Estos núcleos configuran una gama de oportunidades para los hombres y mujeres que sean fieles al llamado de los valores. Mas todo se disgregaría de no ser gestado y apoyado por quien tiene el rol principal: Dios, que por su naturaleza es fuente de todos los valores.

Éstos buscan expresarse de manera unitiva en diferentes planos, sin que ello sea causa de disolución. Uno de estos es el plano sociopolítico, lo que hace que el poder político presente su propia obligatoriedad y por ello reconocemos la capacidad que tiene dicho poder, para que pervirtiéndose, pueda salirse de cauce y mantener el statu quo, ahondar en la corrupción o bien, sustentándose en su propia virtud, cambiar positivamente a la sociedad.

Unas políticas que no tomen en cuenta estas realidades no sirven al ser humano para liberarse de aquello que lo encierra en la cárcel de una conciencia reducida y ensimismada. De allí que cada cierto tiempo la política, sintiendo ella misma su propia degradación, busque revestirse de nuevos hábitos y renovar su potencia luminosa para transmitir el espíritu de unidad que la sociedad requiere. Pero si no se apega al llamado de los valores queda condenada a la dispersión y pérdida de esos mismos valores que dice proclamar.