Temas Especiales

27 de Nov de 2020

Nacional

Cómo vivir sin agua

Amanece un nuevo día de verano y en la casa de Olga Rodríguez de Lozano, de 68 años, las plumas siguen sin dar paso a una sola gota de a...

Amanece un nuevo día de verano y en la casa de Olga Rodríguez de Lozano, de 68 años, las plumas siguen sin dar paso a una sola gota de agua. Hace rato que esto dejó de ser una sorpresa. Como ella, otras miles de familias que residen en Santa Rita Arriba, corregimiento de Sabantas, Colón, sufren la falta de distribución de agua potable desde hace más de 20 años.

Pero no es solamente esta zona de la provincia la que padece este problema. Se estima que un 65% de los colonenses –más de 125 mil habitantes– o no tiene agua potable en sus casas las 24 horas o, simplemente, no tiene en absoluto. La paradoja es que Colón cuenta con tres plantas potabilizadoras que producen 65 millones de galones diarios, suficientes para abastecer a la ciudad de Colón y sus alrededores.

Es por ello por lo que tanto los residentes de la ciudad como los de las comunidades aledañas han aprendido con el tiempo a proveerse por sí mismos de esta sustancia vital. En la zona urbana, las ‘telarañas’ —red de tubos conectados— satisfacen la demanda; en la zona rural, quebradas y pozos son la fuente de abastecimiento.

Cansados de no recibir el servicio, los vecinos han salido a la calle a protestar en varias ocasiones. En todas fueron reprimidos: piden agua y les dan bomba y palos, como si carecer fuese un delito. El acontecimiento más reciente fue el jueves 19 de enero, cuando una protesta pacífica fue duramente reprimida por los agentes de la Policía Nacional.

Aquella mañana, el caos se desató sin motivo aparente. ‘Estábamos haciendo una manifestación pacífica. Nosotros pretendíamos hablar, pero la policía llegó y sin más empezó a tirar gases y a hostigar a quien tuviera cerca’, relata Olga Gutiérrez, coordinadora de Quebrada Bonita.

Y no sólo los manifestantes sufrieron el acoso de los uniformados. ‘Iba a trabajar con mi esposa y me corretearon, pegaron y rociaron gas en los ojos y mis partes íntimas’, indica un vecino que prefirió mantenerse anónimo.

El enfrentamiento con los antimotines terminó con 12 personas arrestadas.

RECOLECTANDO AGUA

En la puerta de la casa de Olga, en plena montaña, varios tanques vacíos de ella y sus vecinos esperan hace años que el camión cisterna que brinda el Instituto de Acueductos y Alcantarillados Nacionales (IDAAN) pase y descargue algunos galones que luego se destinarán para lavar la ropa.

‘Hemos estado sufriendo problemas de agua desde hace muchos años’, resalta Feliciana Alabarca, de 54 años y quien hace 32 años reside aquí. ‘Nunca hemos tenido agua potable de manera permanente’, cuenta mientras enseña recortes de periódicos que evidencian que la situación lleva años.

Durante la temporada de lluvia, encontrar agua no es tan complicado como en verano. Cada vez que llueve, los vecinos utilizan sistemas propios para conseguir unos cuantos litros, que luego de hervirlos y limpiarlos con cloro, consumen. De lo contrario, las peligrosas quebradas entre las montañas son el único medio inmediato de abastecimiento.

‘Es algo horrible (vivir sin agua). Hoy no he podido cocinar porque no hay ni una gota. Me tuve que ir a bañar a un pozo que tiene agua chocolate. Nos bañamos con los sapos y los camarones. Los niños los usan para jugar y todo’, describe Delia Mitri, vecina de Medalla Milagrosa.

En los ojos de padres y madres reina la preocupación y frustración. No tienen idea si van a amanecer con agua. Cada noche les toca idear un plan para conseguir la cantidad suficiente para cocinar. En este lugar, ubicado entre las plantas potabilizadoras de Sabanitas y la de Antonio Yepez de León, a la red de tuberías que los mismos residentes instalaron no les llega agua.

En las zonas altas o alejadas de la ciudad, encontrar agua en verano no es tarea fácil. Como muchas de las quebradas y pozos se secan, los padres tienen que caminar largos tramos, a veces entre montañas, para llegar a un lago y recolectar, al menos, unos cuantos galones.

Cuando no consiguen, los afectados depositan su suerte en la que trae un señor en su carro y que vende, por lo general, a $1 por galón.

‘Es a suerte y verdad’, concuerdan los vecinos de Medalla Milagrosa en cuanto a si el agua que les venden es potable o no. ‘No nos queda otra que confiar porque la necesitamos’, indican casi al unísono, mientras una de las pocas quebradas de la zona se seca lentamente.

‘Yo a veces me gasto $15 semanalmente. Gastamos más en esto que en comida’, resalta Kayra Quijano, y agrega: ‘Hay grandes proyectos alrededor de nosotros, pero acá estamos sin una gota de agua’.

LOS PROBLEMAS DE SALUD

Vivir sin agua, además de generar inconvenientes prácticos todos los días, cosas tan simples como no poder hacer un café o lavar la ropa cómodamente en el hogar trae problemas mayores, como parásitos, hongos, infecciones en la piel y hasta la muerte.

Para el doctor Héctor Barrios, director del Centro de Salud Enfermera Patricia Duncan, los colonenses ya son ‘inmunes’ a enfermedades causadas por el agua.

‘La gente acostumbra a decir que ‘Dios es colonense’, yo creo que es verdad, porque no ha habido ningún brote epidémico, sólo casos aislados’, comenta mientras las aguas servidas teñidas de verde circulan por las aceras del centro médico desprendiendo un sofocante e insoportable olor a excremento -como en toda la ciudad.

Para los vecinos de los Barrios Sur y Norte, el problema se soluciona con las ‘telarañas’ improvisadas cada 100 metros. Algunos llegan y se lavan los dientes, un niño espera su turno para cargar un bidón, y más atrás un chichero espera para enjuagar un balde.

En las casas, entre la basura y escombros, los niños juegan en paz, mientras las madres los vigilan desde una silla. ‘Es común tener diarrea. Aquí todo huele a mierda. ¡Cuando llueve ni te imaginas!’, exclama Anastasia.

Pero aquellos que están alejados de las tiendas y centros médicos son los que más sufren por la contaminación. En más de 30 comunidades de los corregimientos de Cristóbal, Cativá, Buena Vista, Sabanitas y Limón, las enfermedades reinan.

De diez personas en Nueva Esperanza N°2, ocho tienen diarrea, vómitos o malestares estomacales frecuentes. Además, ya hubo casos de hepatitis y varias infecciones en la piel.

Las quebradas son el principal causante de esto, ya que las aguas servidas que quedan estancadas es la misma que la gente lleva a su casa.

Los peligros para las comunidades varían dependiendo de su zona geográfica. Algunos tienen que cruzar las angostas calles donde transitan camiones para llegar a una quebrada, y otros caminar hasta lagos o quebradas entre montañas.

Hace seis meses, en Medalla Milagrosa se dio el caso fatal en el que una niña se ahogó en un lago al que había bajado a bañarse. Otro, que por suerte no fue fatal, fue el del hijo de seis meses de Ernesto Watts, quien convulsionó tres veces por una fuerte fiebre provocada por una bacteria en el estómago: ‘Casi se me muere, no lo podía creer. Me pasaba los días llorando’, recuerda Watts. Por un momento sólo se escuchó el viento en la alta montaña, mientras el fuerte sol secaba la quebrada.

NUEVA ESPERA

¿Y las autoridades qué? El miércoles pasado renovaron la promesa de suministrar el servicio. En una reunión entre miembros del Frente Amplio Colonense, integrado por más de 30 comunidades, y del IDAAN, el director nacional Abdiel Cano se comprometió a lo mismo que se comprometió hace tres meses, y más: reparar, rehabilitar y ampliar las potabilizadoras y las redes.

Para Felipe Cabezas, dirigente de Villa del Caribe, la reunión fue ‘un gran avance’. Mañana se volverán a encontrar desde las 11 de la mañana para definir las comisiones de trabajo y ultimar detalles.

Mientras tanto, aquí, alguien grita: ‘¡Miren, miren, el camión cisterna!, ¿estará perdido?’. Después de años, el vehículo se asoma por la calle de tierra y corta en seco la entrevista. La gente corre a buscar algún recipiente.

‘No saquen fotos o no le damos agua a nadie’, dispara el chofer, aunque ya era tarde. ‘Este camión no es del IDAAN’, indica, aunque las letras azules pintadas en el tanque digan lo contrario.

Esta vez los tanques de Olga Rodríguez de Lozano se vuelven a llenar después de varios años. Sin embargo, ella sabe que la lucha continúa, aunque hoy tenga agua en su casa.