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03 de Jun de 2020

Nacional

La Venezuela de Chávez

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CARACAS. En menos de 72 horas, unos 19 millones de venezolanos acudirán a las urnas para elegir al presidente que liderará al país del 2013 al 2019. Los comicios del 7-O, en su versión más cruda, serán un nuevo referéndum sobre la figura y política de Hugo Rafael Chávez Frías, el ultracarismático teniente coronel que, desde su elección en 1998, ha desarrollado un proyecto de ’Revolución Bolivariana’ y ’socialismo del siglo XXI’, transformando radicalmente la Venezuela que se encontró al llegar al poder.

El presidente Chávez se ha apropiado casi completamente del universo político venezolano. Como líder, ha logrado satisfacer la necesidad—tan latinoamericana, por cierto—del caudillo capaz de controlar la competencia de las élites por el poder y dar estabilidad al país. Pero aún más importante ha sido su ideología: Chávez se ha robado el corazón de una gran parte de los venezolanos simple y sencillamente por poner la pobreza y la igualdad social en el centro de la agenda nacional. Ésto, más que ninguna otra cosa, es el indicador más relevante de lo hecho por sus antecesores.

Hasta la fecha, sin embargo, no se ha visto nunca un gobierno que haya funcionado a base de ideales y buenas intenciones. Y parecer ser precisamente eso, la empecinación en los ideales y el desprecio por los detalles y las formas, lo que ha propiciado una serie de decisiones equivocadas que a su vez han resultado en crisis estructurales en sectores como el económico o el energético.

LOS PROBLEMAS: INFLACIÓN

La economía venezolana está dominada por la industria petrolera, lo que a su vez está estrechamente ligado al hecho de que el país nunca desarrolló una industria o un sector agricultural fuertes. Sea cual sea la relación entre ambas cosas, el país depende de las importaciones—y por ende del comercio internacional dolarizado—para sus necesidades domésticas, especialmente en el sector alimenticio. Venezuela importa el 50% del maíz y el 100% del trigo que consume de países como Estados Unidos, Canadá y Argentina.

La dependencia de las importaciones dolarizadas y las políticas de importación del gobierno venezolano han provocado un aumento de la inflación. Mientras que la inflación general en abril fue del 24.6, la inflación alimenticia está en el 31.3. El gobierno ha intentado resolver el problema a base de tasas de cambio variables y un estricto control de precios, pero el resultado ha sido el adverso: los productores venezolanos no pueden cubrir los costos con los nuevos precios, lo que hace al país más dependiente aún de las importaciones, alimentando el círculo vicioso. Para agravar todo están las política de gasto público y subsidios, que incluyen pagos en efectivo. Al poner más dinero en las manos de los consumidores, aumenta la demanda por un número limitado de productos, contribuyendo a un aumento en la inflación.

PDVSA

El estado actual de Petróleos de Venezuela es quizá la más preocupante de las crisis que enfrenta el sistema chavista a mediano y largo plazo. Desde 1999, y especialmente después del intento golpista de 2002, Chávez se ha ido deshaciendo de una gran parte de los empleados de alto nivel de la empresa. El resultado ha sido un descalabro en la eficiencia: la planilla se ha doblado mientras que la producción ha decaído de unos 3.2 millones de barriles diarios en 2001 a unos 2.4 millones en 2012. A la misma vez, el creciente consumo interno y el contrabando de petróleo subsidiados han reducido las exportaciones petroleras al 40% entre 2005 y 2010. Curiosamente, el presidente ha prometido llegar a los seis millones de barriles diarios si resulta elegido el domingo.

Además de la eficiencia, el mantenimiento de las refinerías también se ha visto afectado. Mientras que antes de 2002 los mantenimientos se daban con un máximo de tres años de diferencia, ese periodo ha sido aumentado a cinco, hechos difíciles de ignorar en vista de las recientes catástrofes en las refinerías de Amuay y El Palito.

La falta de inversión y modernización son consecuencia directa del uso que ha hecho el presidente Chávez de PDVSA. En 2009, la petrolera entregó el gobierno el 93% de sus ingresos. En 2010, la cifra aumentó al 97%. Mientras la actual infraestructura de PDVSA aguante y pueda extraer el petróleo convencional de la región de Maracaibo las alarmas no saltarán. Pero en el momento en el que el petróleo pesado y extrapesado de la región del Orinoco tome importancia central, lo que requerirá miles de millones de dólares en inversión y un alto riesgo, el dilema entre PDVSA como empresa petrolera y PDVSA como pozo sin fondo del gasto social chavista puede tener consecuencias importantes.

CRIMEN

En 1998, cuando Chávez ganó por primera vez las elecciones, se registraron 4,550 asesinatos en Venezuela. En 2011, la cifra fue de 19,336, superando el número de asesinatos en Estados Unidos y los 27 países de la Unión Europea juntos. Hoy, Venezuela sólo es superada en tasa de homicidios (67 por cada 100,000 personas) por Honduras y El Salvador. Caracas, con 210 asesinatos por cada 100,000 habitantes, ha superado a Ciudad Juárez y se ha convertido en la ciudad más peligrosa del mundo.

Mientras que las cifras son difíciles de ignorar, es difícil responsabilizar exclusivamente al gobierno de Chávez. Después de todo, la desigualdad en Venezuela ha disminuído dramáticamente. El coeficiente Gini venezolano—una escala del 0 al 1 para medir la desigualdad económica—cayó de 0.498 en 1998 a 0.412 diez años después, una mejora sin precedentes en América Latina. A la misma vez, el índice de desarrollo humano de la ONU muestra un aumento consistente del 1% anual durante la última década.

Increíblemente, la situación parece sugerir que la igualdad económica, el desarrollo humano y el crimen son directamente proporcionales en Venezuela. En visto de ésto, muchos expertos han intentado buscar otros factores, como el deterioro de los cuerpos de seguridad, la debilitación de los gobiernos locales, y el rol cada vez más protagónico jugado por el país en el tráfico de drogas, como explicaciones alternativas.

Sea cual sea el caso, varias cosas están claras. Primero, que el fenómeno criminal en Latinoamérica es extremadamente complejo y no obedece a explicaciones sencillas. Segundo, en vista de los altos índices de popularidad del presidente, en la mente venezolana no parece haber conexión directa entre el crimen y el gobierno actual. Y por último, que el problema sigue estando ahí, aunque es enfocado de maneras distintas por cada candidato. Henrique Capriles, candidato de la oposición, le ha dado al crimen un papel central en su campaña, mientras que en los panfletos de campaña de Chávez, el apartado ’seguridad’ aparece sólo por delante de ’turismo’ e ’infraestructura’.

EL FUTURO

A pesar de sus muchos logros, la revolución chavista ha dejado a Venezuela con un sistema inherentemente inestable que depende en extremo de la figura estabilizadora de Hugo Chávez. La cuestión, por ende, no es tanto quién ganará las elecciones del domingo, sino quien será capaz de liderizar la complicadísima transición que se iniciará cuando el ’comandante’ no esté o cuando una o varias de las crisis mencionadas exploten.

Quien sea que gobierne Venezuela en los próximos lustros, incluído Chávez mismo, tendrá que lidiar con las consecuencias de la profunda contradicción causada por la revolución política—la destrucción del puntofijismo y la creación de la llamada ‘boliburguesía’—y las medidas populistas de los últimos 13 años. Cualquier intento de incrementar la eficiencia de PDVSA, por ejemplo, involucrará la eliminación de empleos y/o recortes al gasto público financiado directamente por la petrolera. Ambas medidas supondrán duros golpes para la popularidad del líder que las implemente, en el mejor de los casos, o inestabilidad social o incluso la violencia de un nuevo ‘Caracazo’, en el peor. De la misma manera, cualquier futuro arreglo político que no tome en cuenta a las nuevas élites chavistas corre serios riesgos de ser saboteado más temprano que tarde, por lo que una ruptura total con el pasado á la 1998 es prácticamente imposible.

Sabedor de ésto, el candidato opositor Henrique Capriles ha hecho de la continuidad un pilar de su campaña. Las fallas estructurales del chavismo tendrán que ser deshechas poco a poco y con mucho cuidado para que el sistema no colapse por completo. A la misma vez, un complejo proceso de separación del grano de la paja, de lograr programas sociales sostenibles y eficientes que no comprometan los pilares económicos del país, deberá ponerse en marcha.

Pero el jóven Capriles se antoja poco preparado para deshacer el entuerto venezolano. Por su parte, Chávez sólo promete ‘hacer más’, y ‘continuar con la revolución’, en un aparentemente ingenuo intento de ignorar que su castillo de naipes es cada vez más frágil. Para bien o para mal, hoy por hoy Chávez es el único líder con el carisma, la credibilidad y el bagaje político para hacer frente a los cánceres—incluído el suyo mismo, que dice haber superado—que consumen su proyecto desde dentro. Quizá el mayor éxito de aquel jóven teniente coronel que se convirtió en un maestro del poder ha sido convertirse en figura esencial para el presente y futuro de su país. Lo que no está claro es si entiende bien el rol que deberá jugar de ahora en adelante.

ENVIADO ESPECIAL EN VENEZUELA