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24 de Nov de 2020

Nacional

Jorge Matsufuji: la buena semilla

PANAMÁ. ‘Niños.. ¿tienen calor..?’. La pregunta sobraba, pero era el gancho de un viejo amistoso para hacer contacto con los pequeños ni...

PANAMÁ. ‘Niños.. ¿tienen calor..?’. La pregunta sobraba, pero era el gancho de un viejo amistoso para hacer contacto con los pequeños niños de una escuela en Herrera.

Tras la obvia respuesta, empezaba la charla. ‘¡Síiii!’ —contestaron los chicos—. ‘Por eso tenemos que sembrar’, decía el hombre a su joven audiencia. Era Jorge Matsufuji en persona. Yo mismo lo habría visto por primera vez aún siendo un adolescente cuando daba entrevistas a los medios sobre la necesidad de limpiar la bahía de Panamá a finales de los 80 y comienzos de los 90.

La oportunidad de conocerlo en persona me llegó cuando, como periodista de La Estrella, lo entrevisté para un reportaje acerca de los nefastos efectos de la paja canalera en nuestros ecosistemas y biodiversidad. Ahí comenzó una fructífera relación que poco a poco, así como crecen las plantas, fue dando paso a una amistad.

DETERMINACIÓN

Ese día, en la escuelita herrerana, éramos testigos de una voluntad sorprendente. Matsufuji tendría ya 72 años de edad, pero en aquella jornada llevaba cinco horas recorriendo escuelas, hablando a salones de 30 niños sin que le fallara la voz, ni el aliento. Refugiado bajo su peculiar sobrero de enormes alas, que fue su fiel compañero en los últimos años, sonreía cuando nos veía huir del resplandor solar en raudo camino hacia una pequeña sombra, ‘hay que sembrar, no hay árboles, ni sombra’.

Matsufuji, filántropo empedernido y amante de los guayacanes, recogía cada año semillas, en cualquier lugar, para sembralas en cualquier otro. ‘Son gratis’, decía, ‘tenemos que ayudar al planeta’.

CAMPAÑAS

V ivía sin descanso, las pocas ocasiones en las que debió detenerse, se valía del teléfono para impulsar iniciativas sobre cómo cuidar el planeta.

Fue también propulsor y benefactor del Club de Guardianes de la Tierra en la Escuela Básica de Atalaya, de donde surgió la idea del célebre ‘Banco de Semillas’. Defensor de los guayacanes y expansionista de los viveros escolares.

Reciclador implacable, encontró usos para las llantas, los envases y hasta para el agua utilizada para lavar los granos y las menestras, ‘después que la usas, con esa se riegan las plantas’.

Tras el tsunami de Japón en 2011, aprovechó la coyuntura para promover la siembra de árboles en solidaridad con el país de sus raíces.

ORÍGENES

Matsufuji, de raíces niponas, nació en Perú. Llegó a Panamá irónicamente como comerciante de maquinaria pesada. ‘En Perú tumbaba montes enteros’, confesó. ‘No sabía’, se excusaba con algo de vergüenza.

Su arribo al Istmo fue en la década del 70 y su ‘conversión’ en ecologista le llegó un día cuando el aceite de una de sus máquinas se filtró en un río circundante al área este de Panamá. ‘Seguí el rastro del aceite y vi que llegaba hasta donde unas señoras que recogían agua y lavaban la ropa, entonces dije ¡no!, yo tengo que hacer algo...’.

A partir de ahí su vida fue distinta, tanto así que en su casa en la capital decidió cambiarle el uso a la piscina. La mandó a llenar con tierra y sembró tomates de semilla mejorada traída de Atalaya.

Cualquiera diría que fue un tanto excéntrico, pero en realidad fue un radical de la conservación y la defensa del ambiente.

DESPEDIDA

Matsufuji dejó este mundo la madrugada del 30 de octubre de 2012. Tendría 74 años y medio y la satisfacción de haber luchado hasta donde pudo por ser feliz, sembrar cuanto árbol alcanzó y tener un mejor planeta.

Hace un año sentenció su despedida. ‘Yo no quiero tantos médicos, mejor déjenme hasta donde el cuerpo aguante sembrando un arbolito y ¡listo! se hizo lo que Dios permitió...’.