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29 de Jul de 2021

Nacional

Distrito millonario, asiento de pobreza

Donoso, en Colón, está asentado sobre 87 mil millones de dólares en yacimientos minerales, pero el 71% de su población vive en pobreza

¿Cómo se vive en el propio olvido? Las pocas casas del pueblo playero de Miguel de la Borda, cabecera del distrito de Donoso, provincia de Colón, languidecen en un ambiente taciturno, casi como de duelo.

A pesar de estar asentado sobre enormes yacimientos valorados en unos 87 mil millones de dólares (78 mil millones de cobre y 9 mil millones de oro), el 71% de la población del distrito vive en una injusta pobreza: 45% no tiene agua potable, 62% vive sin luz eléctrica; 11%, en viviendas con piso de tierra.

Bajo un inclemente sol de mediodía, los hermanitos Ángel y Roberto -de 4 y 6 años- se lanzan a las refrescantes aguas del río Gobea, unos siete kilómetros al este de Miguel de la Borda, en busca de peces para acompañar el arroz blanco que tienen para el almuerzo. Sus miradas se clavan en una jaiba atrapada en las redes artesanales tejidas por sus propias manos, con las que se facilitan la pesca. El crustáceo intenta escaparse de la red, en un último ardid instintivo que lo salve del inminente desenlace fatal, pero el hambre de Roberto es más rápida y con certero pisotón, lo aplasta.

No se han quedado sin comida. ‘Es pa'l almuerzo... pescamos siempre para comer', dice tímidamente el mayor de los niños, ante la mirada perpleja de esta reportera.

El desayuno de los menores no había sido mejor que el almuerzo: una taza de café negro para acompañar un pixbae, fruto abundante en las costas colonenses. ‘Eso desayunamos para ir a la escuela, rico', dice Ángel señalando una palma, mientras caminamos con pasos cortos y lentos hacia su vivienda. Avanzamos en el camino, pero, de repente, el calor provoca en los niños el fuerte deseo de volver al agua y se lanzan nuevamente a las profundas y turbias aguas del Gobea. Después de todo, un chapuzón no viene nada mal a pleno sol de mediodía.

Ángel y Roberto son el rostro de la pobreza de un distrito de 12,810 habitantes, asentado en las faldas de ricos yacimientos minerales, uno de oro y otro de cobre.

‘A pesar de su edad, ellos tienen que pescar y cultivar para no morir de hambre, porque por aquí no hay más nada que hacer... no hay progreso', cuenta Isabel Cano, del Comité de la Iglesia católica de Miguel de la Borda, cabecera de Donoso.

A unos cuatrocientos metros de distancia, esperaba Rosa Alina Gordón, de 38 años, madre de los dos niños y de otros cuatro más: Rosa Angélica (22), Omairis (16), Melany (11) y Saday (1), a la que mece en sus brazos a medida que va contando sus desdichas.

Rosa, Roberto, su marido, y cinco de sus hijos viven atrapados entre el mar y un río que en la pasada estación lluviosa arrastró siete casas y amenaza con llevarse más, si no se construye un muro de gaviones, cuyo costo se estima en 900 mil dólares.

Sin agua potable, sin letrinas, la familia espera cada día la cosecha y la pesca. A pesar de que están en la costa, la situación es dura: ‘Dependemos del coco y del pescado, que se venden a 25 centavos y a 1.50 y 2 dólares', dice Luis Rodríguez, de la comunidad de Gobea.

Pero sus precarias condiciones de vida no le roban el sueño a los hijos de Rosa. Roberto saca un cuaderno de su mochila y muestra sus buenas notas: ‘4.8, 5.0, 3.5', dice, mientras pasa las páginas, orgulloso de sus logros. Omairis estudia el undécimo grado de secundaria en el Instituto Profesional y Técnico ‘Gil Betegón Martínez'. ‘Yo le digo a mis hijos que el estudio es lo único que podemos dejarles; ahora, sobre todo, que es posible por la Beca Universal', dice Rosa.

Esta apartada región caribeña es la otra cara de un país con ínfulas de primer mundo, que se ufana de contar con el primer tren urbano de Centroamérica, el mayor crecimiento económico de la región latina (6% en promedio), y uno de los mayores del mundo. Está a solo cuatro horas de la capital, orgullosa de sus enormes rascacielos, que se han erigido como símbolos del progreso alcanzado durante la última década.

DURO CAMINO

A Donoso se llega por dos vías. Una de ellas, atravesando la cordillera central, pasando por la carretera de La Pintada, en Coclé del Norte y San José del General.

Décadas atrás, el viaje tomaba hasta tres días, pero las compañías mineras se encargaron de construir una calle amplia para transportar el oro y el cobre que extraen, lo que ha permitido a los habitantes de la zona estar mejor comunicados.

La segunda y más cercana opción es la vía del Puente Centenario, por la autopista Alberto Motta hacia Colón, tomando por la carretera de Margarita, pasando por las esclusas de Gatún y Agua Clara, y siguiendo hasta el pueblo de Río Indio.

El distrito tiene seis corregimientos: Miguel de la Borda, Coclé del Norte, El Guásimo, Gobea, Río Indio y San José del General.

UN PUEBLO MUERTO

Pasado mediodía, en Miguel de la Borda solo se escucha el rugir de las olas del mar. La entrada al pueblo es una muestra evidente del abandono y la desesperanza: el muro que da la bienvenida al visitante se avergüenza escondido entre la hierba.

Un perro deambula solitario por las calles. Los hombres se encuentran en el campo, mientras las mujeres permanecen encerradas en las casas, ocupadas en sus quehaceres y consumidas en las incertidumbres del hastío. Hasta el cementerio, cubierto por hierbas que sirven de alimento a los caballos, perece en el olvido. ‘No hay nada que hacer. No hay lugares donde trabajar. Las autoridades no han hecho nada', es la respuesta de la representante de la Iglesia católica. El pueblo parece hacerle honor a la anécdota que rememoran los lugareños, y que dio origen a su nombre: ‘Miguel era un anciano del pueblo, que se hundió en su bote mientras todos le gritaban ‘agárrate de la borda, Miguel”.

Las únicas empresas que operan en la cabecera de este distrito son dos supermercados, propiedad de comerciantes asiáticos, que suplen a las comunidades más alejadas. Los centros de salud, la policía y la escuela no reportan grandes actividades pasadas las dos de la tarde; todo permanece en calma.

Miguel de la Borda, con todas sus carencias, es la frontera entre la ciudad y el campo de Donoso.

La carretera solo llega hasta este pueblo, en el que se pierde la comunicación terrestre con los corregimientos de San José del General, Guásimo y Coclé del Norte, a los que se llega por río o por mar. En el parque, donde las paredes y sillas de concreto parecen desgastadas por el paso del tiempo y el descuido de las autoridades, un pequeño grupo de personas se aglomera esperando las lanchas a motor que les llevarán, río arriba, hacia los poblados montañosos donde la pobreza es mucho más marcada y donde no pudo llegar esta reportera por las inclemencias del tiempo y las dificultades de movilización.

El transporte que permite a los campesinos llegar al centro de salud, comprar víveres y realizar diligencias solo está disponible dos días a la semana, martes y jueves. La población -compuesta por mestizos, negros e indígenas- enfrenta grandes carencias. No hay Internet... una sola señal de celular da cobertura al área; solo cuentan con una escuela secundaria completa, con reducido acceso a agua potable, sin electricidad para la mayor parte de la población.

‘No se están invirtiendo los recursos como debe ser', considera Rubén Ayarza, productor del corregimiento de El Guásimo, que mira con tristeza cómo pasan los años sin que el progreso termine de llegar a este pueblo.

El tesorero municipal, Víctor Lam, asegura que el dinero no alcanza para cubrir todas las necesidades del distrito. Él calcula que se requieren entre 250 y 500 millones de dólares para sacar a Donoso de la pobreza. La pobreza subsiste, a pesar de las promesas de las mineras, que desde hace quince años obtuvieron concesiones que les permitieron ‘tomarse' Donoso y extraer sus minerales, en excavaciones a cielo abierto. ‘Donoso ha recibido en los últimos cuatro años 16 millones de dólares en impuestos municipales', explicó Zorel Morales, de la Cámara Minera de Panamá. Pero el pueblo parece conformarse con las migajas de los políticos.

‘Son como las gallinas cuando se les tira maíz: todos corren a ver si les toca algo', sentencia Rubén Ayarza.

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La mirada de los niños se clava en un jaiba que quedó atrapada en las redes artesanales, tejidas por los hermanos con sus propias manos.