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28 de Oct de 2020

Nacional

‘¡Por la corrupción sustentable, venceremos!': Nicanor Parra

El mundo de la literatura recuerda al creador de la antipoesía y ganador del Premio Cervantes. Falleció el martes pasado, a la edad de 103 años, en su residencia en Chile

Cuando supe que había muerto el pasado martes, a los 103 años de edad, recordé que una fría madrugada de julio de 1991, en pleno invierno chileno, me llamaron de Televisa México para informarme que un jurado internacional acababa de otorgarle el Premio Juan Rulfo al poeta Nicanor Parra. ‘¿Puedes ubicarlo, sabes dónde vive?', preguntaron. ‘Son las 5:00 de la mañana y nadie me va a contestar una llamada. Esperen que salga el sol', respondí.

Conocía la obra de Parra por ser el autor de Poemas y Antipoemas, con la se ganó la fama de ‘antipoeta', pero no sabía dónde vivía.

El libro había sido publicado en 1954, el año en que yo nací. Allí pintaba su autorretrato. 'Soy profesor en un Liceo oscuro/he perdido la voz haciendo clases/(después de todo o nada/hago 40 horas semanales)'. En el Epitafio Parra escribió: "-de estatura mediana/con una voz ni delgada ni gruesa/Fui lo que fui: una mezcla de vinagre y de aceite de comer /¡Un embutido de ángel y de bestia!' Al final hizo una advertencia al lector: ‘Según los doctores de la ley este libro no debiera publicarse/la palabra arco iris no aparece en él en ninguna parte'.

A una hora decente, me informé que Parra vivía en la comunidad de Las Cruces, en la precordillera chilena, a 120 kilómetros de Santiago. Con mi equipo de televisión, camarógrafo y asistente, emprendí el viaje en su busca. En ese momento me desempeñaba como corresponsal para América Latina de la cadena ECO de Televisa, con base en Santiago de Chile.

Ubicar la casa donde vivía el poeta -que en ese momento estaba dedicado exclusivamente a la traducción de El rey Lear de William Shakespeare- no fue fácil.

Finalmente alrededor de las 11:00 de la mañana encontré a un hombre de mediana estatura con la barba de varios días sin afeitar, con largos mechones blancos despeinados, metido en un abrigo verde oscuro raído igual que los pantalones de cotelé chocolate, como llaman en Chile al corderoy. En ese momento tenía 76 años. De tez pálida por los largos periodos de reclusión solitaria, estaba fuerte y con una gran lucidez.

Cuando le pregunté a que se debía su vitalidad, respondió que tomaba diariamente vitamina C. Aislado del mundo, le pareció una broma la noticia de que había sido galardonado por la Asociación Civil del Premio Internacional de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo, en su primera edición. El premio había sido creado por la Universidad de Guadalajara con el respaldo del entonces presidente mexicano Carlos Salinas de Gortari y dotado de $100,000.

ES MEJOR MASCAR RATONES

‘¿Qué voy a hacer con tantas lucas (dinero)? ¿No le parece que es mejor mascar lauchas (ratones)?', dijo riéndose. Quería saber quiénes habían integrado el jurado. Le respondí que lo conformaban escritores de Brasil, Chile, Estados Unidos, España, Francia, México, Perú y Puerto Rico y que el premio se lo habían otorgado en forma unánime. ‘No sé cómo me lo gané, si no tenía amigos en ese jurado', comentó.

Le referí que el premio se lo entregarían durante la Feria Internacional del Libro de Guadalajara a finales de noviembre de ese año.

Debía entrevistarlo para un programa especial de Televisa. Me interrumpió. Primero quería hablar de cualquier cosa menos del premio. Mientras saltaba de un tema a otro, me invitó a tomar una agüita, como se conoce la infusión de hierbas en Chile, acompañada de un típico pan de miga y mermelada de frutilla (fresa).

De política, criticó que el recién inaugurado gobierno democrático de Patricio Aylwin -bajo el lema: Chile la alegría ya viene-, hubiera declarado que ‘haría justicia en la medida de lo posible'. Después de 17 años de dictadura, Augusto Pinochet seguía al frente del ejército.

Le había causado horror el descubrimiento de un campo de concentración en la comunidad norteña de Pisagua, que albergó unos 500 prisioneros políticos. En el lugar desenterraron decenas de osamentas de ejecutados, de los cuales 19 habían sido identificados.

De literatura, me dijo que en seis años no había publicado ningún libro y que el próximo se llamaría Páginas en blanco y lo lanzaría ‘el 32 de diciembre de mil novecientos nunca'. Esa obra apareció en las librerías 10 años después.

En la entrevista formal, don Nica, como se lo conocía en Chile, relató que conoció a Rulfo en la ciudad balneario de Viña del Mar cuando éste se acercó a felicitarlo por un poema que no había escrito. No supo qué responderle y Rulfo se confundió. Primera y última vez. No volvió a encontrarse con el autor de Pedro Páramo y El llano en llamas. Parra había nacido en 1915, dos años antes que Rulfo.

ADICTO DE LA PÁGINA EN BLANCO

Afirmó que se consideraba ‘un rulfiólogo, un drogadicto de la página en blanco', como lo fuera el propio Rulfo, que se negó a escribir más de lo estrictamente necesario.

El ‘Juan Rulfo' fue el primer premio internacional importante que recibió Parra, después de haber obtenido todos los galardones de la literatura chilena y de sobrevivir a los grandes poetas contemporáneos, Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Vicente Huidobro y Gonzalo Rojas, que marcaron su país.

El Premio Juan RulfoRulfo devolvió a Parra al mundo de las letras en América Latina. ‘Gracias a México y al espíritu de Rulfo, yo he vuelto a resucitar. Me sentía un poco abandonado. Al premio y a México, debo mi resurrección', dijo emocionado al recibir el galardón.

Inició su antidiscurso con las palabras ‘Mai mai peñi'. ‘Buenos días, hermanos', en idioma Mapudungún.

En algún momento, soltó una sentencia Par (r) a el bronce: ‘Porvenir/Una bomba de tiempo/Consumismo/Serpiente/Que se traga a sí mismo x la cola/Mucho se habla de/ derechos humanos/Poco/Nada casi de deberes humanos/Primer deber humano/Respetar los derechos humanos'.

En otro aparte, con humor negro, sorprendió al auditorio. ‘Agradezco los narco-dólares/Hasta falta que me venían haciendo/Pero mi gran trofeo es Pedro Páramo'.

Mucho más tarde, 20 años después, vino el Premio Cervantes. En el 2001, le habían otorgado el Premio Reina Sofía. Desafortunadamente su calidad literaria no fue correspondida con la actualidad que siempre debió tener en América Latina. Cargó en su espalda más de 75 años de oficio literario y una veintena de obras que cambiaron completamente la forma de la poesía.

Como eterno candidato al Premio Nobel, al que fue postulado en 1995, 1997 y el 2000, no se le hizo justicia. ‘El Premio Nobel, el Premio Nobel, viene el lobo', decía en son de burla. En el 2000 pidió el Nobel de Literatura para Bob Dylan, quien finalmente lo ganó en el 2016.

UN PAÍS LLAMADO PARRA

Procedía de una de las familias creativas más importantes de la historia de Chile. Sus padres, Nicanor Parra Parra, profesor de música, y Rosa Clara Sandoval Navarrete, quien también cantaba y tocaba la guitarra, fundaron una verdadera dinastía de artistas.

Era el hermano mayor de Violeta, la autora de Gracias a la vida y de Roberto, en cuyas décimas se inspiró ‘La Negra Ester', una de las obras más exitosas del teatro chileno. Es común decir una Violeta en Chile y un país llamado Parra.

Don Nica se licenció en Ciencias Exactas en la Universidad de Chile, después se especializó en Mecánica Avanzada en la Universidad Brown de Rhode Island y amplió su formación en la británica de Oxford. Compaginó los versos con la enseñanza. En 1996 dejó sus clases de Mecánica Teórica, al cabo de una docencia de 51 años en la Universidad de Santiago de Chile.

Ascético, escéptico, y burlón –según el ya fallecido poeta chileno Roberto Bolaño- Parra escribía como si al día siguiente fuera a ser electrocutado.

Fue el abanderado de la ‘antipoesía', un género en el que empleaba personajes antihéroes, un lenguaje antirretórico y coloquial, provisto además de dichos populares y lugares comunes en un verso cuya sintaxis no obedecía al modelo literario clásico. ‘Todo es poesía, menos la poesía', aseguró.

Un crítico definió su antipoesía como una empresa de demolición formal. Sus famosos artefactos poéticos, con dibujos, fotografías y textos, eran parte de la expresión del lenguaje desintegrador de sus antipoemas. ‘La izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas', dijo en uno de sus artefactos. En otro: ‘¡Por la corrupción sustentable, venceremos!'.

Fue despedido ayer jueves con bailes y cantos. Pidió que en su funeral le llevaran un par de zapatos de fútbol, una bacinilla floreada, lentes negros para manejar y un ejemplar de la Biblia. En su ataúd, cubierto con una manta de retazos multicolores que le había cocido su madre, se leía ‘Voy&Vuelvo', el texto de unos de sus artefactos. ‘Moriré con la sonrisa en los labios/Como un novio ataviado para la boda/Verán con qué jovialidad', escribió.

Considerado una de las mayores leyendas de la literatura hispanoamericana del siglo XX, con su muerte la literatura chilena más irreverente y avanzada ha quedado en la orfandad.

Aquel lunes de julio, hace 27 años, después de compartir con el antipoeta sus paradojas, contrastes y contrasentidos, me despidió rasgando una página en blanco de un cuaderno y dibujó un artefacto. La figura era un corazón con dos grandes ojos, brazos y piernas. ‘Hasta los muertos mueren el cadáver es algo transitorio. Nicanor Parra 91'.