La Estrella de Panamá
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14 de Oct de 2019

Nacional

Dos cartas para la historia

Pocos días después de la invasión a Panamá el 20 de diciembre de 1989, el Dr. Carlos Iván Zúñiga dio a conocer, en enero de 1990, su posición en torno a la desmilitarización, la defensa de la nacionalidad y su rechazo a la injerencia extrajera. El pensamiento lúcido de ‘El Patriota' fue expresado en dos misivas enviadas a los presidentes de Venezuela, Carlos Andrés Pérez, y de Costa Rica, Oscar Arias

Panamá, 5 de enero de 1990

Excmo. Ciudadano

Carlos Andrés Pérez

Presidente Constitucional de Venezuela

Señor Presidente:

Al culminar una dura etapa de la historia panameña, el Partido Acción Popular ha acordado expresar a usted nuestro reconocimiento por su enorme contribución a la lucha democratizadora del pueblo panameño. Fue usted quien enrumbó la solidaridad internacional a nuestro estoico pueblo al invitar a su toma de posesión a los entonces candidatos Guillermo Endara, Ricardo Arias Calderón y Guillermo Ford y al ponerlos en contacto con los gobernantes y dirigentes políticos invitados quienes a partir de ese momento adquirieron clara comprensión de la realidad política panameña. La posición de su gobierno con motivo de la intervención la compartimos plenamente. El Partido Acción Popular fundado en principios y en las lecciones de la historia no está de acuerdo con la intervención y define sus objetivos actuales a obtener cuanto antes el cese de la misma y la plena reconstrucción de la Democracia y del Estado panameño. La América, como usted lo ha dicho, debe entender sus nuevas funciones en el campo de la solidaridad, entre otras, la de no dejar a los pueblo indefensos luchando solos por los derechos humanos. Hay que crear mecanismos legítimos que garanticen la vida ante la carnicería de las Dictaduras. La no intervención y la autodeterminación son conquistas del Derecho Internacional. Pero aquí el ejército panameño, estructurado y armado por los Estados Unidos, impedía, como lo saben todos, la autodeterminación del pueblo istmeño. Han surgido ahora las paradojas, mayorías nacionales impotentes que aplauden la intervención; partidos y dirigentes democráticos de América que cohonestaron con la dictadura porque últimamente era antimperialista, y todo por la ineficacia de nuestros caducos e hipócritas organismos internacionales. Usted ha tenido una visión solidaria y americanista del problema, de allí nuestro franco reconocimiento. Lo que nos queda ahora a los panameños es desarrollar con optimismo nuestra vieja vocación de libertad, como lo hicimos a partir del 3 de noviembre de 1903, hasta perfeccionar ese elemento fundamental del Estado que es la soberanía.

Los hechos de Panamá también dejan una lección a la comunidad internacional. Para que el derecho internacional sea vital y eficaz y no un protocolo de la retórica, debe garantizar, por igual, los Derechos Humanos, la no intervención y la autodeterminación de los pueblos. Asimismo, la solución de los conflictos no debe descansar en la veleidad de los diplomáticos, como ocurre en la O.E.A., sino en normas objetivas, precisas que tiendan a cautelar, primordialmente, el sistema democrático y el Estado de Derecho.

Una palabra final, señor Presidente. La Dictadura militar nos produjo males tan profundos, eran tan inminente el colapso nacional, que el pueblo panameño ha apurado todos los remedios, aun aquellos que en otras circunstancias pudieron ser mortales. Y no son mortales hoy porque los males no los produjo el pueblo. Es por ello, que no nos será difícil hacer realidad nuestro viejo sueño bolivariano de ser libres.

Reciba, Presidente Amigo, nuestro afecto y reconocimiento.

Atentamente,

Dr. Carlos Iván Zúñiga G.

LA SEGUNDA MISIVA

Panamá, 9 de enero de 1990

Ciudadano

Oscar Arias

Presidente Constitucional de Costa Rica

San José

Señor Presidente:

Hoy leí en los diarios de Panamá su carta abierta al pueblo panameño en la que recomienda que sea abolido el Ejército. Nos comunica la rica experiencia de su noble Nación luego que los estadistas de su patria extinguieron para siempre el instituto armado. No sabe Ud. cuán grande fue la satisfacción que me produjo su carta espiritualmente fraterna.

En Panamá, pocos años después de la independencia, el ministro Santiago De la Guardia abolió el Ejército. Nuestra vida institucional se desarrolló durante cinco décadas con una Policía Nacional, generalmente desprovista de instrumentos bélicos ofensivos. Esta institución se fue militarizando paulatinamente, luego del rechazo del Convenio de Bases celebrado entre Panamá y los Estados Unidos en 1947. Esa militarización respondía a dos situaciones totalmente ajenas a la voluntad de nuestro pueblo. Primero, al criterio de los Estados Unidos de mantener en Panamá un Ejército que enfrentara el peligro comunista; Segundo, al interés de los políticos inmorales que querían mantenerse en el poder en virtud del fraude y de las malas prácticas electorales. Esos sectores que no descansaban en la voluntad del pueblo coadyuvaron en la estructuración de un aparato militar que garantizara la vigencia de los Gobiernos ilegítimos. La injerencia norteamericana y la corrupción de una clase política, crearon y armaron al Ejército panameño.

El 20 de diciembre último el Ejército de los Estados Unidos pulverizó en pocas horas a su propia criatura. Como era previsto, el Ejército panameño sólo fue eficaz para conculcar despiadadamente los Derechos del panameño.

Hoy nos encontramos ante una tremenda alternativa: O somos estadista demócratas como Santiago De la Guardia y disolvemos el Ejército o perderemos la primera y última oportunidad de garantizar a nuestra descendencia un mundo de amor y libertad como el que tienen ustedes desde hace 41 años. Si el Gobierno actual recoge con valor, decisión y renunciamiento, como debe ser, el sentimiento anti-ejército del pueblo panameño saldremos de las cenizas de la intervención a la gloria de la paz democrática. Si el actual Gobierno elegido y querido por el pueblo no disuelve por siempre el Ejército, sobre su nombre recaerá la dura censura de las futuras generaciones porque ellas sufrirán lo que nosotros hemos padecido. Y al contrario, si lo disuelven, por ese solo hecho, pasará a la Historia como el constructor de la patria nueva.

Soy de aquellos, Señor Presidente, que han consumido su vida en este país luchando por los valores de la nacionalidad. Los panameños tenemos respuestas para todas las interrogantes relacionadas con nuestro destino. Se preguntan algunos: qué hacer por la defensa del canal si disolvemos el Ejército. La respuesta es precisa: obtener la neutralización efectiva de la República de Panamá. En ella está no sólo la defensa del canal, sino de nuestra propia nacionalidad, siempre sometida al peligro de los desafueros de quienes posean o ambicionen el Canal.

Ciertamente, Presidente amigo, vivimos los panameños horas duras, pero tenemos ejemplos que nos inspiran y realidades que son brújulas. El ejemplo de Santiago De la Guardia y la brújula de la Costa Rica libre y democrática, iluminarán a nuestros Mandatarios para no apartarse un instante de la voluntad antimilitarista del sufrido pueblo panameño.

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‘Han surgido ahora las paradojas, mayorías nacionales impotentes que aplauden la intervención; partidos y dirigentes democráticos de América que cohonestaron con la dictadura porque últimamente era antimperialista, y todo por la ineficacia de nuestros caducos e hipócritas organismos internacionales'.

FICHA

Un vencedor en el campo de los ideales de libertad:

Nombre completo: Carlos Iván Zúñiga Guardia.

Nacimiento: 1 de enero de 1926 Penonomé, Coclé.

Fallecimiento: 14 de noviembre de 2008, Ciudad de Panamá.

Ocupación: Abogado, periodista, docente y político

Creencias religiosas: Católico

Viuda: Sydia Candanedo de Zúñiga

Resumen de su carrera: En 1947 inició su vida política como un líder estudiantil que rechazó el Acuerdo de bases Filós-Hines. Ocupó los cargos de ministro, diputado, presidente del Partido Acción Popular en 1981 y dirigente de la Cruzada Civilista Nacional. Fue reconocido por sus múltiples defensas penales y por su excelente oratoria. De 1991 a 1994 fue rector de la Universidad de Panamá. Ha recibido la Orden de Manuel Amador Guerrero, la Justo Arosemena y la Orden del Sol de Perú.