27 de Feb de 2020

Nacional

Cuando las alturas se convierten en abismos

‘¿Se puede confiar en el sufragio como medio para derrotar una dictadura?... Lo que está por venir en Venezuela despejará todas las interrogantes', escribió ‘El Patriota' Carlos Iván Zúñiga Guardia, en una columna publicada originalmente el 20 de abril de 2002

El frustrado golpe de Estado contra el presidente Hugo Chávez ha motivado muchas reflexiones. Se presenta el probable derrocamiento del presidente venezolano. La represión sangrienta, ordenada el 11 de abril por Chávez contra una manifestación pacífica de sus adversarios, precipitó la solución golpista. La designación de Pedro Carmona como presidente de la República dio al derrocamiento de Chávez el carácter de un golpe de Estado. El ejército asumió las potestades que son propias del pueblo soberano y sin mayores trámites escogió al presidente de Fedecámaras como nuevo mandatario. Exactamente como lo hacían en nuestro país los militares durante su larga dictadura.

El presidente Carmona actuó con la titularidad de un golpista porque disolvió la Asamblea Nacional, destituyó a los magistrados de la Corte Suprema, derogó la Constitución Bolivariana y las leyes chavistas. Ejecutadas estas iniciativas revolucionarias, el ejército en virtud de inesperada contraorden, impuesta sin duda por los mandos ya divididos, le enmendó la plana al señor Carmona y le leyó el nuevo guión que ordenaba restablecer la Constitución Bolivariana y rectificar lo actuado. El Presidente Carmona, herido de muerte y desairado, acató la ordenanza que prescribe que ‘el ejército manda y el presidente obedece'.

‘EL PRESIDENTE CHÁVEZ NO DEBE OLVIDAR QUE LAS ALTURAS SON ABISMOS CUANDO EL QUE A ELLAS HA LLEGADO NO TIENE ALAS DEMOCRÁTICAS...'.

Entiendo que una vez la Asamblea fue restablecida se dio posesión al vicepresidente constitucional, Diosdado Cabello. Lo demás es historia conocida. El presidente Hugo Chávez reasumió el mando y si hace tres años ascendió al solio con un pueblo compacto en su entorno, hoy la sociedad venezolana lo repudia o lo ama en porcentajes notoriamente parecidos.

EI saldo positivo de este primer acto se deriva de la conducta asumida ante el golpe militar por la comunidad internacional. La Carta Democrática Interamericana, suscrita el 11 de septiembre de 2001 en Lima por los presidentes de América, salió airosa de su primera prueba y ratificó la norma que indica que los gobiernos que surgen de un golpe de Estado no serán reconocidos por los gobiernos democráticos. Se debe respetar el orden constitucional.

Lo ocurrido en Venezuela fijó otros puntos de referencia. Si la comunidad de naciones hizo valer sus acuerdos doctrinarios, las sociedades democráticas deben sustentar los suyos. En este caso deben definirse a favor del pueblo que reclama un régimen democrático garante de las libertades públicas Ese pueblo —hombres, mujeres y niños—, que salió a las calles de Caracas y que fue víctima de las descargas mortales del Gobierno de Chávez, tiene autoridad moral, hoy más que nunca, para exigir al gobernante un comportamiento de estadista, caracterizado por la tolerancia, la sensatez y por el respeto a sus adversarios.

FICHA

Un vencedor en el campo de los ideales de libertad:

Nombre completo: Carlos Iván Zúñiga Guardia.

Nacimiento: 1 de enero de 1926 Penonomé, Coclé.

Fallecimiento: 14 de noviembre de 2008, ciudad de Panamá.

Ocupación: Abogado, periodista, docente y político

Creencias religiosas: Católico

Viuda: Sydia Candanedo de Zúñiga

Resumen de su carrera: En 1947 inició su vida política como un líder estudiantil que rechazó el Acuerdo de bases Filós-Hines. Ocupó los cargos de ministro, diputado, presidente del Partido Acción Popular en 1981 y dirigente de la Cruzada Civilista Nacional. Fue reconocido por sus múltiples defensas penales y por su excelente oratoria. De 1991 a 1994 fue rector de la Universidad de Panamá. Ha recibido la Orden de Manuel Amador Guerrero, la Justo Arosemena y la Orden del Sol de Perú.

Ese pueblo heroico no se merece un gobernante prepotente, inclinado a la palabra crispante o sometido a los caprichos de la soberbia. El buen juicio, sereno y reflexivo de su mandatario es lo que reclama Venezuela. La arrogancia no es hermana del equilibrio emocional y los efectos de un descalabro son muy grandes cuando se habita en las alturas del Olimpo. Parodiando a Rafael Núñez, le diría al presidente Chávez, que no debe olvidar que las alturas son abismos cuando el que a ellas ha llegado no tiene alas democráticas ni buena brújula para sortear en su vuelo gubernamental los conflictos innecesarios.

El presidente Chávez ha querido obtener sus glorias provocando las discrepancias. ¡Craso error! Se ha dedicado a sembrar vientos de tempestades a todos los estamentos sociales. Ha tenido conflictos perniciosos con la Iglesia, con los partidos, con los sindicatos, con los políticos, con los petroleros, con los empresarios, con los docentes, con los medios de comunicación —hablados, escritos y televisados—, y a todos los excomulga porque sólo los suyos son impolutos y los demás están desclasificados para ejercer sus derechos en la República Bolivariana.

El presidente constitucional de Venezuela sabe que para terminar su período constitucional sin sobresaltos cuenta con el aval de la comunidad internacional. Pero el temple y las convicciones cívico-democráticas de los venezolanos deben obligar a Chávez a dar un golpe de timón en el rumbo hoy azaroso de la nave del Estado. Debe existir coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Invocar a Bolívar sin respetar su significado histórico de alfarero de repúblicas libres es una herejía, un irrespeto en perjuicio de los postulados de ese mismo Libertador.

Olvidar las proclamas de Bolívar que ubican a los militares en los cuarteles una vez obtenida la independencia es otra herejía de la que es autor confeso el teniente coronel Hugo Chávez, porque en su gobierno los militares están infiltrados en todos los estamentos oficiales. Los militares cogobiernan en Venezuela.

Bolívar no es una silla vacía ni es un convidado de piedra; es un pedagogo viviente, militante e inmortal de la democracia y a su sombra no puede cobijarse ni la simulación ni la manipulación, ni debe darse el aprovechamiento indebido de su nombre.

La Carta Democrática Interamericana, como documento antigolpista, exige, seguramente, de los gobernantes la contraprestación de garantizar la democracia y abjurar del totalitarismo. Sin esa contraprestación, la solidaridad internacional con los gobernantes sin convicciones y sin temperamentos democráticos sería aberrante, perniciosa, hipócrita y criminal.

En estos casos el debate esencial queda pendiente: ¿se puede confiar en el sufragio como medio para derrotar una dictadura? ¿Se tendrá que volver al viejo derecho de los pueblos que auspicia la rebelión contra las tiranías?

Lo que está por venir en Venezuela despejará todas las interrogantes. Un pueblo tan comprometido históricamente con las hazañas de la libertad dará una nueva lección en beneficio de la democracia. Sigamos los pasos de ese pueblo con absoluta solidaridad.