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15 de Dec de 2019

Nacional

El país chiquito con la mina más grande del mundo

Fue para la década del 60 cuando los estudios de exploración geológica determinaron que la región conocida como ‘Área 65', en Cerro Petaquilla, era muy rica en los minerales cobre y molibdeno

Cuando los científicos calculan los años en que emergió el istmo de Panamá, las diferencias son abismales. Unas teorías hablan de que fue hace 30 millones de años, otras dicen que 15 millones y otras que 3 millones. En lo que sí coinciden es en que Panamá es producto de la unión de varias islas y por esas casualidades de la repartición planetaria, a Panamá no le tocó petróleo, pero sí cobre, mucho cobre.

Ariadne Holness es una geóloga panameña que soñaba con explotar ese cobre que decían los investigadores del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) que había en Panamá. Fue para la década del 60 cuando las exploraciones determinaron que la región conocida como ‘Área 65', Cerro Petaquilla, era muy rica en los minerales cobre y molibdeno.

Han pasado cinco décadas y hoy ese descubrimiento de los geólogos del PNUD se ha vuelto realidad con el inicio de la primera molienda de cobre que convierte a Panamá en uno de los pocos países mineros y donde se explota la mina de cobre más grande del mundo.

Holness se muestra orgullosa. Ella es una de las mentes brillantes de la mina de cobre, cuyo tajo de explotación empieza a funcionar cronométricamente desde que los expertos y su equipo taladran la roca hasta doce metros de profundidad y meten los bollos de explosivos que hacen el primer trabajo y luego una poderosa máquina recoge los fragmentos con su enorme cuchara y los coloca en los gigantescos camiones marca Liebherr que trasladan hasta 400 toneladas por vez a las trituradoras que inician el proceso de molienda de la roca que poco a poco va quedando más menuda hasta convertirse en polvo.

‘Holness está henchida. Explica los detalles en un tablerito blanco cómo luego ese polvo lo meten en unos tanques con agua y el metal luego lo cosecha con unas burbujas especiales que se le inyectan y el resultado final es el concentrado de cobre que va a la exportación

Holness está henchida de gozo. Con detalle, explica en un tablerito blanco cómo luego ese polvo lo meten en unos tanques con agua y el metal luego lo cosecha con unas burbujas especiales que se le inyectan y el resultado final es el concentrado de cobre que va a la exportación. Lo fácil que se explica en el tablero tiene detrás toda una infraestructura, acompañada por miles de obreros panameños que tendrán qué hacer por los próximos cuarenta años, que es lo que dura el proyecto hasta que se extraiga el último gramito. Pero puede durar más, dice Holness, pues los estudios le indican que hay mucho, mucho cobre.

La geóloga es una de los tres panameños que tienen una enorme responsabilidad en la mina. Holness es oriunda de Panamá, pero en minas es toda una experta. Se graduó como geóloga en Bulgaria y como Panamá no era un país minero, se fue a vivir a Canadá, donde conoció a su esposo que ahora, de vez en vez, la acompaña en este país tropical, lejos del frío canadiense.

Con Holness trabaja Jonathan Jiménez, un chiricano al que su mamá castigó por su bajas notas en la secundaria… El muchacho, asustado por la advertencia de su madre, piló y piló para pasar con buenas notas, las más duras en ciencias, como física, matemáticas y química… Hoy es egresado de la Universidad Nacional de Investigación de Belgorod, en Rusia, como ingeniero de materiales pero también en algo que parece extraño para un panameño: ¡nanotecnología!

Jonathan, que ya estuvo capacitándose en una mina en Zambia, se conoce al dedillo el proceso de molienda y a él le toca luego aplicar sus conocimientos en nanotecnología para que todas esas partículas de cobre que quedan en el tanque y que las burbujitas no pudieron atrapar, también puedan formar parte del concentrado de cobre que va a la exportación.

Nada del trabajo de Holness y de Jonathan, empero, puede hacerse si no hay cómo transportar la roca. Esos enormes camiones Liebherr, de tecnología alemana son responsabilidad de un bocatoreño: Selvin Tulloch. El joven habla con soltura y orgullo de su gran responsabilidad, pues le toca mantener este equipo de 24 unidades que trabajan 24 horas al día y son las más grandes del mundo.

Tulloch fue entrenado en Estados Unidos, donde está la división de Liebherr para América. Cuando un invitado llega a la mina, la visita al taller de los camiones Liebherr es de rigor. Los invitados parecen miniaturas al lado de estos monstruos mecánicos de los que cada rueda tiene un valor de ¡60 mil dólares!

Holness, Jonathan y Tulloch son los panameños de la mina. Explican con facilidad el trabajo que hacen y la importancia que significa para ellos laborar en la mina de cobre más grande del mundo que convierte a este pequeño terruño en un lugar único en su clase: ¡país canalero y país minero al mismo tiempo!