27 de Sep de 2021

Nacional

El Tribunal de Chiriquí: Recuerdos y olvidos

La Presidenta de la República, Mireya Moscoso, acaba de inaugurar el edificio que albergará el Órgano Judicial en la ciudad de David

Las estructuras modernas dan un aspecto realmente hermoso al paisaje. Hace unos meses, el Procurador General, José Antonio Sosa, cortó la cinta inaugural del edificio que cobijará los de despachos del Ministerio Publico. Ambas instituciones desarrollarán una especie de planta piloto que dará una tramitación enteramente nueva a la administración de justicia. Estas obras y proyectos son auspiciados por el BID.

Los abogados de ayer, entre los que me cuento, pudieron apreciar con exactitud toda la evolución de la justicia en Chiriquí. No fue hasta el año de 1958, bajo la administración del presidente Ernesto de la Guardia Jr., que empezó su funcionamiento el Cuarto Tribunal Superior del tercer distrito judicial. El diputado Mariano Isaías Candanedo, venerable ciudadano chiricano, hoy nonagenario, presentó el proyecto de ley mediante el cual se creaba el nuevo tribunal superior. Hasta esa fecha, 1958, la centralización jurisdiccional era tan impropia que todos los casos o juicos de Chiriquí y Bocas del Toro tenían que tramitar su segunda instancia en los tribunales superiores de la ciudad de Panamá. Igualmente, las audiencias por los homicidios ocurridos en ambas provincias eran celebradas en la ciudad capital.

En los momentos en que la presidenta Moscoso y los magistrados Arjona y Domínguez desarrollaban sus enjundiosos discursos, yo permanecía absorto, rumiando los recuerdos de todas las experiencias vividas en el Tribunal chiricano al comenzar hace 45 años sus labores.

FICHA

Un vencedor en el campo de los ideales de libertad:

Nombre completo: Carlos Iván Zúñiga Guardia.

Nacimiento: 1 de enero de 1926 Penonomé, Coclé.

Fallecimiento: 14 de noviembre de 2008, Ciudad de Panamá.

Ocupación: Abogado, periodista, docente y político

Creencias religiosas: Católico

Viuda: Sydia Candanendo de Zúñiga

Resumen de su carrera: En 1947 inició su vida política como un líder estudiantil que rechazó el Acuerdo de bases Filós-Hines. Ocupó los cargos de ministro, diputado, presidente del Partido Acción Popular en 1981 y dirigente de la Cruzada Civilista Nacional. Fue reconocido por sus múltiples defensas penales y por su excelente oratoria. De 1991 a 1994 fue rector de la Universidad de Panamá. Ha recibido la Orden de Manuel Amador Guerrero, la Justo Arosemena y la Orden del Sol de Perú.

La primera audiencia penal concitó la atención de toda la región. El juicio fue transmitido por las emisoras locales y no había alma viviente que no estuviera atenta a las incidencias del acto. Llevaba la palabra en representación de la vindicta pública el fiscal superior Carlos Pérez Castrellón y yo asumí la defensa del procesado Hildo Rovira Pittí, acusado del delito de homicidio. El magistrado ponente fue Andrés Guevara Toll. El duelo oratorio de carácter forense duró cuatro días. Al segundo día ocurrió la invasión a Nombre de Dios procedente de Cuba, y en el desembarco murió mi amigo Enrique Morales, uno de los jefes del movimiento revolucionario, hijo de quien a la sazón era el magistrado o presidente de la Corte Suprema de Justicia, don Ricardo A. Morales. Nadie en Chiriquí vivió la sorpresa de la invasión, todos vivían el acontecimiento escenificado en la sala de jurados. Aquella fue una audiencia complicada en la que jugó un papel decisivo la pericia médico-legal aportada por la defensa y a cargo del doctor Ramón de Aguilar. Debo decir que los actores de aquel juicio somos hoy casi octogenarios y naturalmente sometidos a los rigores de los achaques del calendario. El fiscal enfermó de las úlceras tan dadas a lacerar las entrañas de los penalistas. El médico padece del corazón y del reuma y si hoy no se encuentra en el otro reino es porque San Pedro, felizmente, ha decidido rechazarlo últimamente con harta frecuencia, y el defensor sufre de una gota perenne, tan deprimente, que ya tiene casi tullido el ánimo. El maestro del derecho Guevara Toll, hace algún tiempo abandonó para siempre los estrados terrenales. De Hildo Rovira Pittí nunca más supe, como ocurre con todos los defendidos quienes, seguramente, se olvidan de sus abogados para no recordar los malos momentos de sus vidas.

En el acto inaugural también me entretuve recordando una audiencia que ofreció episodios espectaculares. Defendía a un sujeto acusado de haber ultimado a otro de una puñalada. No hubo un solo testigo de cargo, nadie presenció el homicidio, pero en el lugar de los hechos apareció un sombrero y 12 testigos aseguraban que pertenecía a mi defendido. El fiscal Gerardo De León, muy ufano y tajante decía: ‘Dios es grande, nadie vio al criminal, pero a un costado de la víctima fue encontrado el sombrero del asesino como si fuera su huella digital'. Aquel argumento lo repitió una y mil veces, porque, desde luego, tenía efectos casi incontrastables. Sin embargo, como respuesta adopté una decisión riesgosa. Pedí a mi cliente que se midiera el sombrero, llevado al juicio por el fiscal, petición aceptada por el magistrado ponente, y el presunto victimario ni corto ni perezoso tomó el sombrero y escenificó un modelaje espectacular ante el jurado, porque, al quedarle apenas en la coronilla, hacía toda clase de reverencias, medias vueltas, inclinaciones y rodeos. Ante una evidencia tan gráfica que favorecía al procesado, le dije al fiscal con cierto aire triunfal: ‘Colóquele, señor, la huella digital en la testa de quien usted alega es su dueño'. El fiscal muy recursivo sentenció: ‘Sí, el sombrero no le queda porque la cabeza le ha crecido atormentado por el horroroso crimen cometido'.

El jurado no aceptó la tesis fiscal por considerar que el ‘tormento' no tenía la virtud de agrandar la cabeza de nadie. Y en este caso, como en el de Rovira Pittí, impartió su absolución.

La magistrada Mirtza Franceschi de Aguilera, quien muy joven presenció aquella audiencia, dio al relato una apostilla de humor negro al decir que mi cliente, al salir en libertad, pidió al magistrado Guevara que le entregará ‘su sombrero.'

Al compás de los actos oficiales consagrados a la inauguración de los nuevos edificios, yo recorrí parte de mis recuerdos forenses culminados unos con éxitos y otros con triunfos del fiscal superior. Desde luego, la casi totalidad de los presentes desconocía estos hechos, y tal vez verían a los actores sobrevivientes como especies humanas en peligro de extinción. Posteriormente a aquella inauguración, casi nada vi sobre el acontecimiento tan importante para la justicia en los medios de comunicación. Pareciera que existe la consigna de ignorar las buenas noticias, lo que es una lástima, porque si el país está saturado de malas noticias, reconocer algunas veces lo bueno como que limpia y da vigor al espíritu de la nación. Además, esa debe ser la función objetiva del periodismo moderno.