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30 de May de 2020

Nacional

'He visto a un gran equipo de personas negociar con la muerte'

Laura Martínez, terapeuta respiratoria, detalla el drama que se vive en una de las salas de cuidados intensivos en Panamá.

Pese al riesgo, la intención de Laura, como la de muchos en el país, es ayudar a los enfermos a vencer el virus.Foto ilustrativa

El enemigo es pequeño e invisible, poderoso y destructor, pero no invencible. El Covid-19 ha desatado una guerra sin armas de pólvora, en la que los principales soldados en su contra son los profesionales de la salud. Entre el temor y la valentía transcurren sus días en las diversas zonas de combate del mundo, como habitaciones de hoteles, entre otros lugares adaptados para la atención de los pacientes, pero sobre todo en las salas de los hospitales donde no pocos luchan al lado de los contagiados por la enfermedad para que estos sobrevivan. Laura Martínez (quien prefirió no revelar su verdadero nombre), terapeuta respiratoria, revela el lado emocional que se vive en uno de los epicentros de esta batalla, una sala de cuidados intensivos de Panamá.

¿Puede describirnos qué es lo peor que ha visto en esta pandemia?

He visto las consecuencias de la desobediencia, del egoísmo y sobre todo de la falta de amor entre nosotros, los seres humanos. He visto cómo un pueblo prefiere la economía antes que su propia salud. Pero es lo peor. También he visto a un gran equipo de personas (médicos, enfermeras, terapeutas respiratorios, aseadores…) dar lo mejor de sí, negociar con la muerte y sobre todo ser empático ante esta triste situación. Cabe citar una frase de la científica Mariel Curie: “no hay que temer nada en la vida, solo hay que entenderlo”. Ahora es el momento de entender más, para que podamos temer menos. Y así ganaremos la batalla al Covid-19.

¿Qué afectaciones emocionales y físicas ha tenido?

Los primeros días lloraba como una niña, estaba muy sensible; la preocupación de cometer un error y que me costara mi salud y sobre todo la de mi familia era frustrante. Aún tengo miedo, pero me dieron la mejor herramienta: el conocimiento. Me educaron en cómo quitarme y ponerme el equipo de protección y hemos alimentando el conocimiento del manejo de pacientes con Covid-19, y ha disminuido un poco el estrés. Pero aún, día tras día, ahí está el dilema de 'espero haberlo hecho bien'. Mi rutina diaria ha cambiado. El baño antes de salir del trabajo, el baño al llegar a casa, desinfectar todo, entrar por la puerta de la cocina, desvestirme prácticamente en el patio trasero de la casa para no llevar nada de la calle a su interior. El impacto en mi vida personal ha sido fuerte. No puedo tener contacto afectivo con mi hijo de cuatro años ni con mi esposo, eso es fuerte. A mi hijo le costó comprender por qué mamá ya no lo besa o abraza como antes; por qué mamá tiene mascarilla en casa. A veces he deseado no llegar a casa por temor a enfermarlos. Pero trato siempre de asearme bien y usar mi mascarilla de cuatro tiras en casa.

“He visto a un gran equipo de personas (médicos, enfermeras, terapeutas respiratorios, aseadores…) dar lo mejor de sí”

Su preparación profesional está vinculada con la recuperación o no de las personas que sufren de problemas y/o afecciones cardiopulmonares o respiratorios agudos o crónicos, ¿cuán preparada estaba para lo que está viviendo?

Nadie está preparado para una situación como esta, por más conocimiento clínico que se haya recibido.

¿Hay algún entrenamiento psicológico para enfrentar el día a día?

No. Yo me encomiendo a Dios todos los días, mi fe es mi sostén. Entre colegas nos damos ánimo para seguir, pero igual lloramos cuando un paciente muere, reímos cuando otro se recupera. Esto es un mar de emociones, pero ¿sabes que nos hace fuertes?, la fe, la unión del grupo, el amor por lo que haces y para quien lo haces. Entre compañeros, estamos pendientes uno del otro. El estrés y la carga son demasiado, para sobrellevarla cantamos, 'chisteamos'. Una de las cosas más importantes es el apoyo. Si uno está cansado le dejamos tomar “un cinco” (descanso) y otro asume el puesto, y así pasamos los días.

¿Cómo maneja el miedo?

Sí, tengo temor, todos lo tenemos, siempre queda la incertidumbre de, ¿lo habré hecho bien?, ¿me quité todo en orden o mi compañero lo habrá hecho bien?; si él se enferma yo también estoy en riesgo, así es nuestro diario vivir. Tenemos situaciones de urgencia con los pacientes y tenemos que tomarnos un tiempo para verificar nuestra seguridad, pues ellos nos necesitan sanos para poder ayudarlos a curarse y atenderlos como se debe, con calidad y sobre todo con calidez humana. El miedo no se maneja, se enfrenta y así lo controlas. Ya cuando estás con el paciente se te olvida y al momento de quitarte el equipo de protección personal vuelve, pero allí tienes a un compañero vigilando que todo te lo quites bien.

¿Cuál es su prioridad cuando sabe que un paciente puede fallecer?

Siempre tratamos de disuadir a la muerte. Nunca paramos de animar al paciente diciéndole “lucha, no te dejes, tu familia te espera”, y tratas de hacer medidas heroicas para salvaguardar su vida. Sin embargo, algunas veces no podemos ganarle y Dios decide. Pero siempre tratamos de dar lo mejor, la última milla con cada paciente, pues significan mucho, pasan a ser como de la familia. El fallecimiento de uno de ellos nos trastoca a todos en la unidad de cuidados intensivos o el área donde esté. Se le llora, se le ora, y se le rinde un tiempo en silencio porque es muy duro partir sin familiares a su alrededor, y nosotros en ese momento somos su familia. La conexión emocional con ellos es fuerte, aun fuera de la sala de cuidados intensivos nos visitan y nosotros a ellos. Cuando se recuperan nos tomamos fotos con ellos, hemos hecho un mural para colgar todas las fotos. Cada paciente es distinto, sus historias nos trastocan. Es reconfortante saber que fuimos de gran ayuda. Verlos con vida da satisfacción para continuar trabajando.

¿Frente a qué panorama abandonaría su puesto de trabajo?

Colgaría los guantes en el momento que no tenga máscaras N95 para protegerme.

La tarea que usted y sus compañeros realizan en estos momentos, no tiene precedente en Panamá. Frente a esto, ¿espera un apoyo o reconocimiento económico o de otra índole?

En este momento el apoyo que espero es que nos equipen con los insumos necesarios para seguir trabajando y sobre todo los equipos de protección personal, las máscaras N95 que son lo más importante para protegernos. Tengo compañeros que han expresado “espero que con esto, el Gobierno nos valore más y nos dé lo que nos corresponde económicamente”. Esto lo considero un incentivo para seguir haciendo lo que nos gusta, porque ¿a quién no le gusta que se le valore, respete y sobre todo se le reconozca su trabajo? Eso nos motiva a continuar.

¿Cuál es la posición de su familia frente a su trabajo en estos días?

Mis padres están orgullosos, mi esposo me apoya 1000%. Están pendientes siempre de mí. Mis vecinos me dan ánimo y también se preocupan por mi bienestar. Mis amigos son lo máximo, siempre preguntándome cómo estoy y que si necesito algo, les avise. He sentido mucho amor y cariño.

¿Hay esperanzas?

La batalla es dura, pero no quiere decir que perdamos la guerra; aquí estaremos al pie del cañón luchando por todos. Acatemos las indicaciones, luchemos juntos y ganaremos esta gran guerra.