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02 de Jun de 2020

Nacional

Tras las huellas del extraordinario Stradivarius Lipinski: la conexión panameña

La cancelación de la décimo cuarta edición del Festival Internacional Alfredo de Saint Malo nos motiva a rendir homenaje al gran maestro del violín panameño y a los instrumentos que lo acompañaron en los grandes escenarios del mundo

Cuenta Wikipedia que en el año 1817 un joven violinista polaco llamado Karol Lipinski se acercó a la casa de un viejo y afamado músico, el Signor Salvini, con una carta de recomendación escrita por uno de sus maestros. En el transcurso de la visita, el joven tocó su violín a Salvini, quien después de escucharlo pidió ver el instrumento. Lipinski se lo ofreció y Salvini lo tomó con ambas manos para estrellarlo de inmediato contra una mesa hasta desbaratarlo. Entonces le entregó el suyo propio, un extraordinario Stradivarius que él mismo había recibido años antes de su maestro, el afamado compositor italiano Giuseppe Tartini. Al dárselo, le dijo: “Un regalo de mi parte y en recuerdo de Tartini”.

Tras las huellas del extraordinario Stradivarius Lipinski: la conexión panameña

Giuseppe Tartini había sido el primer propietario privado conocido de ese instrumento fabricado entre 1700 y 1720 por el lutier Antonio Stradivari, de Cremona, Italia, para el rey de Polonia.

El mismo pasaría a la historia como “el Stradivarius Lipinski”, en honor al gran músico polaco que en el siglo XIX protagonizaría una sonada historia de rivalidades y celos con Nicolás Paganini.

El violín se conectaría con la historia cultural panameña en el año 1927, cuando fue adquirido por Alfredo de Saint Malo, una transacción que aparece registrada en una nota de prensa publicada en decenas de diarios internacionales en agosto de ese año. La nota anunciaba que el nuevo propietario del Stradivarius Lipinski lo llevaría temporalmente de vuelta a Europa después de años de permanencia en Estados Unidos.

“Se trata de un instrumento muy fino, y llamativo, que figura entre los de mayor escala fabricados por el maestro (Stradivari). Espero que permanezca en manos cuidadosas”, comentaba en la misma nota periodística el experto en violines antiguos y propietario de un taller de reparaciones de Londres, profesor Hill.

De un dueño de Strad a otro

Un año después de la compra del Strad (diminutivo del Stradivarius), los medios informativos europeos y estadounidenses volvían a hablar nuevamente de de Saint Malo y el violín. Esta vez se trataba de un telegrama enviado por el panameño a Lea Luboschultz, del Curtis Institute, tras la adquisición, por este último, de otro exquisito y raro Stradivarius, por $50,000.

De acuerdo con el diario, el telegrama enviado por de Saint Malo, que revela el afecto que sentía por su instrumento, decía así: “Gran baratillo. Me sorprendo de que alguien quiera vender su Strad. Yo no me separaría del mío por nada del mundo. Para mí no es solamente un fino violín, sino un instrumento que canta maravillosamente. Cuando lo toco, me supero a mí mismo”.

El Guarnari del Gésu

El Stradivarius Lipinski no fue el único instrumento de gran calibre del que en algún momento reclamara propiedad Alfredo de Saint Malo. El virtuoso panameño también tendría el honor de ser heredero de otro gran violín, un Guarnari del Gésu del año 1737, conocido como “ex Lipinski” por ser en su momento también propiedad del músico polaco (ver www.alfredosaintmalo.com).

Su suegro, Carlos Müller, un acaudalado negociante panameño de origen alemán, se lo obsequió en 1931 con motivo del casamiento de este con su hija María Constancia Müller de la Espriella.

Probablemente Müller, propietario de la afamada Casa Müller, pretendía asegurar un futuro promisorio al músico, lo cual sin duda beneficiaría a su propia hija, quien se convertiría por derecho propio en una connotada mánager que, con su inteligencia y contactos, administraría la agenda de su esposo y aseguraría a este espacios en las mejores salas de concierto europeas.

El Guarneri debió haber estado más cerca de su corazón, porque entre las décadas de 1930 y 1940 Alfredo de Saint Malo se desprendió de su Stradivarius, pero este lo acompañaría hasta su muerte.

Se le pierde la pista

De acuerdo con varias referencias, de Saint Malo tocaría su Stradivarius en Panamá por última vez en abril de 1929 en el Teatro Nacional, ante un público que incluía al presidente Florencio Harmodio Arosemena, quien, como uno más, se pondría de pie para aplaudir con entusiasmo al maestro.

El instrumento pasaría por las manos de diferentes coleccionistas privados y sería olvidado por el gran público, mas no por Julieta Alvarado, doctora en música antigua en la Universidad de Indiana en Bloomington. La panameña nacida en 1959 y graduada del colegio María Inmaculada, con estudios de licenciatura y maestría en el Cleveland Institute of Music, había ganado una beca Fullbright para investigar las partituras de Narciso Garay, una investigación que se fue expandiendo hasta incluir a su pupilo de Saint Malo.

En “una verdadera labor detectivesca” (ver entrevista realizada por Ana María Pinilla, La Estrella de Panamá), Alvarado logró localizar a la hija de la tercera esposa de de Saint Malo (Alma Rosa Vera), en Austin, Texas, quien le proporcionó rica información, pero desconocía la identidad de los nuevos propietarios del violín.

El robo

La clave sobre el paradero del instrumento llegaría de la forma más inesperada, cuando en 2014 los medios noticiosos estadounidenses anunciaron extensamente el robo de un valiosísimo violín de más de 300 años valorado en $5 millones.

El robo se había efectuado en enero de 2014 en los alrededores del Wisconsin Lutheran College, cuando el violinista Frank Almond se dirigía a su casa, tras dar un concierto. Un hombre se le acercó con un arma eléctrica y le produjo un shock. Cuando cayó al piso, le quitó el violín y se fue corriendo.

“Ese es el Stradivarius de de Saint Malo”, se dijo Alvarado, al escuchar la noticia del robo.

Afortunadamente, el episodio terminó prontamente. Dos meses después, el violín fue encontrado en perfecto estado, en el ático de una casa de Winsconsin. Un detective especialista en robos de objetos de arte había dado seguimiento al arma y de esta forma pudo encontrar al autor intelectual del robo.

Alvarado logró contactar al nuevo propietario, Frank Almond, quien aceptó venir a Panamá y participar con su Stradivarius en uno de los conciertos del IX Festival Internacional Alfredo de Saint Malo (2015), en el ateneo de la Ciudad del Saber. Quienes estuvieron presentes aseguran que fue una noche inolvidable, en la que se rindió tributo a Alfredo de Saint Malo, a su maestro Maurice Ravel y a Giusepe Tartini, el primer propietario del famoso Lipinski.

Julieta Alvarado

“Conocí a Julieta Alvarado en mayo del año 2011 en ocasión de una exhibición que organizara el Museo del Canal en honor a Narciso Garay en el contexto del Festival Alfredo de Saint Malo”, recuerda el ingeniero Orlando Acosta Patiño, primer biógrafo de Alfredo de Saint Malo (ver www.protagonistaspanamasigloxx.com).

“Fue un encuentro delicioso y sorprendente y establecimos un vínculo personal, fortalecido por la condición de ambos como becarios Fulbright. Nunca había tenido el honor de conocer un talento tan particular como el de ella, con esa capacidad para escudriñar la mente de otro músico; algo así como un trabajo de arqueología musical”, continúa.

“Años más tarde, queriendo conocer el destino del violín para la biografía de de Saint Malo, la llamé a su casa. Ella estaba por entrar al quirófano para someterse a una cirugía ocular. No supe más de ella, hasta conocer de su prematura muerte, en el año 2017”.

Murió apenas dos años después de presenciar el concierto del Stradivarius Lipinski que ella había organizado y después de presentar, en el marco del Festival Alfredo de Saint Malo, una conferencia sobre el violín.

Actualmente, quedan en existencia alrededor de 600 Stradivarius, considerados los más finos instrumentos de cuerda jamás creados, cotizados principalmente por los profesionales. Su sonido es descrito como “dulce”, “apasionado” y “misterioso”. El Lipinski es considerado un ejemplar particularmente fino de este fabricante. El mismo fue asegurado en 2012 por $5 millones, como “instrumento musical y pieza de arte”. Al igual que una pintura de Leonardo Da Vinci o Miguel Ángel, podrá ser imitado, pero nunca será como el original.

Cierro este artículo con otra cita de mi estimado Orlando: “Parece mentira que estas extraordinarias historias estén vinculadas a este pedacito de tierra”.