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08 de May de 2021

Nacional

Permiso para el optimismo

El país demanda un gran esfuerzo colectivo nacional, donde impere el entendimiento y la concordia para superar lo que queda de pandemia y enfrentar sus secuelas económicas y sociales cuyas dimensiones todavía no pueden determinarse

Decenas de países europeos, incluidos Alemania, España, Francia e Italia, reportaron en los últimos días cifras récord de contagios, mientras se encerraron para frenar la segunda ola de la pandemia.

El gobierno ha flexibilizado las medidas y apela a la conciencia ciudadana.Archivo | La Estrella de Panamá

En un intento por detener el preocupante aumento de las infecciones, muchos gobiernos han endurecido las medidas para controlar la propagación de la covid-19. Como región, Europa ha informado más casos que Brasil, Estados Unidos e India juntos. Supera los 250,000 fallecidos y 7,5 millones de infectados.

En el contexto global, el nuevo coronavirus ha contagiado a más de 40 millones y causado la muerte a 1,2 millones de personas.

Es tal el impacto de la pandemia que, según la ONU, más de 100 millones de habitantes del planeta se verán forzados a la pobreza y el hambre. Está, además, el incalculable impacto de poner las economías nacionales en cuarentena. De acuerdo con el FMI, el 65% de los países –entre los que se encuentra Panamá– recuperará su nivel económico prepandemia en 2022, al resto le tomará un par de años más y alcanzará ese nivel hasta 2024.

El mundo habría detenido el avance del virus chino si los países hubieran trabajado juntos para combatirlo. Hay quienes consideran que el planeta debió poner a China en cuarentena ante su manejo irresponsable de la pandemia cuyo brote originó y escondió hasta que ya había expandido su contagio al resto de la humanidad. Ahora hay que mirar hacia adelante, porque el futuro no se construye mirando al pasado.

Por otro lado, la pandemia ha significado una sacudida a la indiferencia y la apatía en una sociedad que, según el filósofo francés Gilles Lipovetsky, vivía en “la era del vacío”.

El nuevo coronavirus también ha representado un desafío a la ciencia, al progreso y la tecnología. Ha revelado que no todo puede construirse sobre una economía despojada de sentido humano. Quedó demostrado que la protección no puede darla el mercado, sobre todo si no está regulado y existe un desequilibrio entre el mercado y el Estado.

Ante la arremetida de la covid-19 ha quedado al desnudo que la salud es lo prioritario. Superada la pandemia habrá que trabajar en las secuelas de desempleo, pobreza, desigualdad, exclusión, vulnerabilidad y fragilidad de la vida humana. Todo eso lo resumió Lipovetsky al decir que el postcoronavirus significará “la era del desafío”.

Ese clima desafiante puede enfrentarse trabajando más por la igualdad, sobre todo, de oportunidades, para evitar un mayor deterioro de la unión social y la confianza que puede desembocar en un quiebre de la convivencia pacífica.

Sociedad fatigada

Han sido meses de incertidumbre y de una enorme acumulación de ansiedad. Nada daña tan emocionalmente a una sociedad como el no poder saber qué pasará mañana, lo que produce un aumento de la inseguridad.

La enorme incertidumbre que hay en lo económico genera, además, una gran carga de ansiedad que produce una fatiga colectiva.

El no poder hacer planes para el futuro inmediato es como navegar sin rumbo fijo, lo que se refleja en un agotamiento permanente, con síntomas de cansancio, irritabilidad y frustración.

Esa incertidumbre taladra en forma constante el subconsciente del individuo ante la realidad de que la pandemia no ha terminado. “Lo peor no ha pasado y aunque hay todavía largos y oscuros caminos por delante, el avance de la ciencia y los datos que ahora poseemos sobre la enfermedad son motivos para un optimismo cauteloso basado en la evidencia, el autocuidado y un renovado sentido de comunidad”, dijo un artículo de fin de semana de The New York Times.

Todo requiere adaptación, cambios en los hábitos de vida, en las rutinas, en el creciente temor de contraer la covid-19 y estar en una alerta constante, como si se tratara de un estado de guerra permanente, que altera la estabilidad emocional.

No puede permitirse que el nuevo coronavirus robe a los ciudadanos el optimismo. Algo muy difícil cuando las cifras de contagiados y fallecidos aumentan cada día con sus secuelas de ansiedad, depresión y adicciones.

Después de haber sobrellevado con grandes sacrificios y en forma ejemplar meses de confinamiento, de aislamiento social, el sistema emocional de los panameños está severamente tensado.

Sin embargo, hay que dar lugar al optimismo. Uno de los motivos para alimentarlo es observar los éxitos logrados con algunos tratamientos contra la covid-19 y la expectativa de que antes de finales de este año se cuente con una vacuna para prevenir la infección o por lo menos reducir su gravedad.

La experiencia de los últimos meses ha sido única. Los panameños han sido sometidos a presiones y duras tensiones, que han puesto a prueba la capacidad del Estado y la fortaleza de cada individuo ante desafíos para los que nadie estaba preparado.

Han sido meses de pérdida en todos los aspectos, de gran incertidumbre y pesar, que han sacado de cada ciudadano el espíritu de sacrificio, el valor y la esperanza, actitudes positivas que en otro tiempo hubieran permanecido adormecidas. Se ha multiplicado el sentido del deber, de responsabilidad y de civismo, y del valor de la vida.

En esa búsqueda de soluciones y la construcción de una sociedad más equitativa, es motivo de optimismo la convocatoria que ha hecho el presidente Nito Cortizo a un diálogo nacional a partir del mes de noviembre, de cara al Bicentenario de la República, para lograr un compromiso social en temas como salud, educación y seguridad. “No será un diálogo para estar filosofando, sino para que queden establecidos compromisos, resaltó el mandatario.

El presidente Cortizo es consciente de que el país demanda un gran esfuerzo colectivo nacional, donde impere el entendimiento y la concordia para superar lo que queda de pandemia, sin generar una crisis política o institucional, y enfrentar sus secuelas económicas y sociales cuyas dimensiones todavía no pueden determinarse.