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12 de Apr de 2021

Nacional

El ocaso de los dictadores

En las primeras seis décadas del siglo XX la fauna política estuvo saturada de gobernantes que no se identificaron con la democracia. En las décadas posteriores también se dio el fenómeno de la arbitrariedad, aun cuando en muchos casos fue más infernal el comportamiento oficial.

El ocaso de los dictadores

No me explico cómo conociendo la historia de los dictadores existen personajes que tratan de imitarlos. Pareciera que el deleite que ofrece el ejercicio del poder impide asimilar sensatamente las experiencias ajenas. A veces me ocupo de repasar el final de casi todos los tiranos y a pesar de ese final siempre ha primado la tentación de caer en el absolutismo. El desenlace que se apareja con el ocaso conocido de los tiranos no inhibe ni reprime la vocación despótica.

“A veces me ocupo de repasar el final de casi todos los tiranos y a pesar de ese final siempre ha primado la tentación de caer en el absolutismo. El desenlace que se apareja con el ocaso conocido de los tiranos no inhibe ni reprime la vocación despótica”.

El andar por senderos escabrosos, al margen de las normas, siempre ha encontrado discípulos. Los ejemplos abundan, bien como iniciados o como reincidentes. En las primeras seis décadas del siglo XX la fauna política estuvo saturada de gobernantes que no se identificaron con la democracia. En las décadas posteriores también se dio el fenómeno de la arbitrariedad, aun cuando en muchos casos fue más infernal el comportamiento oficial.

A los que tenemos edad para contar lo ocurrido nos resulta fácil recordar el ocaso de los tiranos.

América Central fue fecunda en estos destinos, sin olvidar a México. El dictador Ubico, de Guatemala, muere en el destierro, al igual que Martínez en El Salvador. En la misma Guatemala muere posteriormente asesinado el usurpador y agente de la CIA, Castillo Armas. Este general, con una pandilla de mercenarios, derrocó al presidente constitucional Jacobo Arbenz.

Los Somoza, en Nicaragua, padre e hijo, mueren asesinados, uno víctima del poeta Rigoberto López, y el otro muere en el destierro, en una calle de Paraguay.

En Cuba, el dictador Machado, calificado como “un asno con garras”, muere desterrado y de igual manera muere Fulgencio Batista, dictador reincidente.

Luego de presidir unas elecciones democráticas en 1940, Batista deja el poder para dar en 1952 un golpe de Estado al presidente Prío Socarraz. El triunfo revolucionario de Fidel Castro lo lanzó al exilio, donde murió.

En Santo Domingo muere asesinado el dictador Trujillo. En Haití se produce un estallido revolucionario que avienta al exilio, donde vive, al dictador Duvalier.

En Perú fallece en la cárcel el dictador Leguia y el dictador Sánchez Cerro muere asesinado a manos de un vendedor de chocolate, de apellido Mendoza.

En México, en años lejanos, expira en el destierro el dictador Porfirio Díaz, y en año más cercano dejó de existir desterrado en Brasil el dictador paraguayo Stroessner.

En Panamá, curiosamente, los únicos militares que ejercieron el poder con mano dura tuvieron finales dramáticos. Remón y Torrijos murieron asesinados, este último según versión de sus familiares. A su vez, Noriega tiene un pasar tormentoso como prisionero en celdas extranjeras.

Echando el reloj muy atrás, en Guatemala el dictador Estrada Cabrera fue declarado loco por el congreso y posteriormente muere en el destierro. Ese mismo reloj, de horas lejanas, registra el asesinato en el exilio de Melgarejo, exdictador boliviano.

En Venezuela, el golpista y luego dictador Delgado Chalbaud muere asesinado, y el dictador Pérez Jiménez pasa sus días finales en el ostracismo.

Franco, dictador de España, y Pinochet de Chile tuvieron finales dramáticos. Uno con una agonía larga, víctima de carnicerías quirúrgicas dolorosas y el otro fulminado por la opinión pública y los tribunales. ¿Qué decir de Videla y compañía, sátrapas y torturadores célebres de Argentina? Hoy se encuentran relegados en los calabozos de la democracia.

En nuestro país, en el año 1831, el general Alzuru quiso estrenar un capítulo despótico y fue llevado al paredón y fusilado por órdenes del general Tomás Herrera. Aquello fue la primera escena totalitaria una vez lograda la independencia de España.

Si se repasa con mayor estudio algunas páginas tenebrosas de la historia encontraríamos otros episodios, de ocasos trágicos experimentados por los dictadores de América.

A pesar de estos hechos intimidatorios siempre surgen nuevos pichones que no quieren asimilar las lecciones duras y crepusculares de los totalitarios. Sobre todo, las lecciones que brindan los reincidentes. Napoleón abandonó el destierro para recapturar el poder pleno, fue vencido y remitido a Santa Elena para morir desterrado. Igual suerte, como he dicho, corrió Batista.

Es de presumir y de querer que por conocer la historia ajena y tener su propia historia, Panamá nunca volverá a ser tierra abonada para que germinen, retoñen o reincidan los dictadores. Esto deben tenerlo en cuenta los nostálgicos de la dictadura octubrina o los que carecen de vocación democrática. Los espejos del ocaso de los dictadores no son para ignorarlos, sino para mirarse en ellos.

Publicado originalmente el 11 de agosto de 2007.

El ocaso de los dictadores

FICHA

Un vencedor en el campo de los ideales de libertad:

Nombre completo: Carlos Iván Zúñiga Guardia

Nacimiento: 1 de enero de 1926 Penonomé, Coclé

Fallecimiento: 14 de noviembre de 2008, ciudad de Panamá

Ocupación: Abogado, periodista, docente y político

Creencias religiosas: Católico

Viuda: Sydia Candanedo de Zúñiga

Resumen de su carrera: En 1947 inició su vida política como un líder estudiantil que rechazó el acuerdo de bases Filós-Hines. Ocupó los cargos de ministro, diputado, presidente del Partido Acción Popular en 1981 y dirigente de la Cruzada Civilista Nacional. Fue reconocido por sus múltiples defensas penales y por su excelente oratoria. De 1991 a 1994 fue rector de la Universidad de Panamá. Ha recibido la Orden Manuel Amador Guerrero, la Justo Arosemena y la Orden del Sol de Perú.