06 de Dic de 2021

Nacional

La independencia de Panamá de España en el contexto regional

Queda ganar el respeto activo por parte de otras potencias. Queda articular mejor su relación recíproca y fortalecer su presencia en un mundo que cambia a pasos de gigante por la ciencia y la tecnología, el conocimiento y la información, en el que ocupan un lugar todavía muy secundario

La independencia de Panamá de España en el contexto regional
La independencia de Panamá de España en el contexto regional

Desde que en 1808 abdicaron en Bayona, Francia, Carlos IV y su hijo Fernando VII prisioneros de Napoleón Bonaparte, se inició el movimiento de emancipación en Hispanoamérica. Al principio se luchó por lealtad a la Corona y, finalmente, para liberarse de ella, lo que se logró definitivamente con la batalla de Ayacucho de 1824 en la que peleó un batallón de centenares de panameños al mando de Tomás Herrera Pérez-Dávila (1804-1854) y José Antonio Miró Rubini (1792-1844), entre otros.

Panamá se independizó el 28 de noviembre de 1821 de un Estado monárquico y confesional. Así, pasó de una sociedad de súbditos organizada en castas y órdenes, a una república de ciudadanos, de hombres libres en su mayoría. Se inició el final de la esclavitud al aplicarse al istmo las leyes ya aprobadas por Bolívar para la República de Colombia en 1821, especialmente la que suprimía la trata y decretaba la libertad de vientres de esclavas. Régimen esclavista que cesó formalmente el 1 de enero de 1852.

Los gestores de la independencia istmeña fueron la oligarquía urbana, de la capital de solo 9 mil almas, el 28 de noviembre de 1821, y los grupos equivalentes de  La Villa de Los Santos, quienes se adelantaron el 10 de noviembre y después los de Natá el 15. En ambos se destacaron el coronel Segundo de Villarreal y Francisco Gómez Miró, principal promotor libertario en todas las provincias centrales. Los de Portobelo lo hicieron el 30 de noviembre, y los de Santiago de Veraguas, más renuentes, el 1 de diciembre, mientras que los de Alanje, más lejos, cerca de la frontera con Costa Rica, el 5 de enero de 1822. Todos actuaron en el seno de los  pequeños cabildos que reunían a las élites de diminutas ciudades de no más de 2 mil habitantes.

Los panameños parecieron inspirarse en el comportamiento de la Provincia Libre de Guayaquil que logró su independencia de forma incruenta, un año antes, el 9 de noviembre de 1820, por la astucia de sus élites que trabajaron durante una semana para ganar a los soldados de los batallones españoles a su causa. La defendió por las armas contra las fuerzas realistas de Quito que sucumbieron, finalmente, ante el ejército de Antonio José de Sucre en la batalla de Pichincha en 1822 (también lucharon panameños) que confirmó la independencia de Ecuador. Guayaquil y Panamá, dos puertos hermanos del Pacífico a solo un mes de viaje por barco de vela, tuvieron sociedades muy parecidas, dominadas por comerciantes y dispuestas fácilmente al compromiso más que a la violencia.

El espíritu conciliador de una clase dominante y comerciante istmeña con gran sentido de la oportunidad, acostumbrada a los intercambios pacíficos y al soborno durante siglos de funcionarios civiles y militares, facilitó la independencia incruenta de Panamá de España. Sin embargo, aunque había muchos individuos afectos al movimiento emancipador, se mantuvieron fieles a la Corona casi hasta al final puesto que tras la caída de Colombia, en 1819, no tuvieron éxito los intentos de los rebeldes de controlar el istmo estratégico a principios de abril de 1819 dirigidos por el general escocés aliado de los patriotas, Gregor MacGregor (1786-1845), que atacó sin éxito Portobelo, y fue echado por el gobernador Alejandro de Hore (1778-1820).

Entretanto, la célebre fragata “La Rosa de los Andes” bajo el comando del inglés John Illingworth Hunt (1786-1853)  llegó a la bahía de Panamá en septiembre de 1819. Después de ocupar la isla de Taboga y amenazar a la capital se retiró al sur para apoyar a los patriotas de Ecuador en el puerto de Guayaquil, que se aprestaban a declarar su independencia el año siguiente.

La adopción  en 1812 de la Constitución liberal de Cádiz y su ejecución durante por lo menos dos años en las colonias americanas impulsó un clima de libertad inédito en Hispanoamérica. Su desconocimiento por Fernando VII cuando recuperó el poder en 1814 creó un descontento en la gente, sobre todo de los grupos dominantes, que habían saboreado esa nueva libertad. Finalmente, el trienio liberal de Riego de 1820 a 1823, que entorpece la reconquista de América además de la restauración de la Constitución de Cádiz, favorece los esfuerzos de los patriotas americanos.

En 1821 los comerciantes istmeños, ya afectados por la parálisis del comercio con Jamaica, sometidos al Consulado de Cartagena de Indias al que pagaban impuestos, estaban exasperados porque la Corona no les permitía crear su propio Consulado de Comercio. Resentían los roces con la tropa extranjera en el gran cuartel en que se convirtió el istmo ocupado de ejércitos españoles con centenares de soldados, que permanecían aquí hasta meses antes de actuar en el sur.

También resintieron los miembros del Cabildo de Panamá los choques con las autoridades reales, especialmente con los oidores de la Audiencia de Santa Fe de Bogotá que tuvieron que emigrar a la capital del istmo de 1812 a 1813. Además, estaban molestos por el comportamiento autoritario del virrey Juan de Sámano (1753-1821) instalado provisionalmente en Panamá cuando huyó de Bogotá por la derrota de las tropas realistas en la batalla de Boyacá en agosto de 1819, su arrogancia y espíritu de persecución. Recibieron con aprensión la llegada del sanguinario Juan de la Cruz Mourgeón (1766-1822) en agosto de 1821, gobernador que se proclamó capitán general, antes de partir a la reconquista fallida de Sudamérica.

Contribuyó más directamente a la independencia de Panamá La Miscelánea del Istmo, primer periódico, semanal, que apareció en marzo de 1821, que propagó los nuevos ideales libertarios entre las élites. Los burgueses istmeños, al ver perdida a España en la región aprovecharon que un criollo nacido en Panamá, el coronel José de Fábrega  (1774-1841), gobernaba de forma interina desde agosto de 1821 para declarar la independencia de la Corona española. Lo hicieron en cabildo abierto en la plaza de la Catedral de la capital en la tardecita del 28 de noviembre. Allí se distinguieron, entre otros, Mariano Arosemena de la Barrera (1794-1868), principal promotor, el doctor Carlos de Icaza Arosemena (1790-1865), asesor ilustrado, el payanés doctor Manuel José Hurtado Arboleda (1782-1845), redactor del acta formal y José Vallarino Jiménez (1792-1854), vocero ante el pueblo capitalino del intramuros y del arrabal.

Los miembros de la élite panameña barajaron en 1821 la adhesión del país entonces libre a México, al Perú y a Colombia, y también ponerse bajo la protección de potencias extranjeras europeas, como un Estado hanseático, para evitar una reconquista española y disuadir a otras potencias de controlar la posición estratégica del istmo.

Finalmente, la geografía y la razón los obligaron a unirse en el mismo acto de independencia a la Gran Colombia de Bolívar, entidad joven con 2,5 millones de kilómetros cuadrados y 2,5 millones de habitantes cuando Panamá contaba con solo 85,000 kilómetros cuadrados y aproximadamente 100,000 almas, cerca de un 4% del total

El 7 de diciembre de 1824 el presidente de Perú, Simón Bolívar (1783-1830), convoca desde Lima el Congreso Anfictiónico de Panamá, a dos días del triunfo decisivo de los patriotas al mando de Antonio José de Sucre (1795-1830) en la batalla de Ayacucho. Trataba de echar las bases de su idea expuesta en la Carta de Jamaica de 1815 de una unión de las nuevas naciones hispanoamericanas, en el sitio muy simbólico de la capital del istmo.

Se reunieron en la ciudad de Panamá los representantes de México, Centroamérica, la República de Colombia (llamada también Gran Colombia) y Perú, acompañados de un observador británico, del 22 de junio al 15 de julio de 1826. Al final de esta etapa del congreso, todos los delegados firmaron los protocolos del istmo. Eran, sin embargo, una pálida imagen de las ambiciones del Libertador de llegar a acuerdos viables sobre la delimitación de fronteras definitivas de los nuevos Estados soberanos, la abolición de la esclavitud, el apoyo a la independencia de las restantes colonias españolas en el Caribe (Cuba y Puerto Rico), y asuntos de comercio y navegación. El tratado de “la unión, la liga y la confederación perpetua” solamente fue ratificado por la República de Colombia.

Finalmente, el congreso anfictiónico continuó sus deliberaciones en Tacubaya, México, sin delegados del Perú, en agosto de 1826. Dicha reunión se clausuró, sin resultados prácticos, el 9 de octubre de 1828. Con dos años de adelanto se perfilaba hasta la disolución de la Gran Colombia bolivariana.

Bolívar creó en 1819 en el Congreso de Angostura una República de Colombia ampliada en el marco geográfico del Virreinato de Nueva Granada. Pero las fuerzas centrípetas dieron al traste con esa ambiciosa arquitectura republicana cuando Venezuela y Ecuador se separaron a principios de la década de 1830, y regresó de esa forma, grosso modo , a los límites de las audiencias de Caracas, Quito y Santa Fe de Bogotá. Solo faltaba el territorio de la antigua Audiencia de Panamá.

Al separarse Panamá de la República de Colombia en 1903 se cerró el círculo de la geografía política de esta región cuando quedaron confirmadas cuatro repúblicas que correspondían a las tantas audiencias del siglo XVIII colonial que conformaron el Virreinato de Nueva Granada creado en 1739.

Coincide el bicentenario de la independencia de Panamá con el bicentenario de la independencia de México, de Centroamérica y de Perú y, de cierta forma, de Ecuador. Así como hay semejanzas en el resultado, también hay diferencias notables en todas estas independencias hispanoamericanas. La de México se hizo después de un largo proceso entre las fuerzas patrióticas y las realistas desde 1809, con fuerte participación popular. Concluyeron con los tratados de Córdoba después de que se produjeran en 12 años, entre 250 mil y medio millón de bajas mortales y daños materiales considerables, especialmente en los principales teatros de combate. La independencia de Perú fue también resultado de un largo proceso político y bélico, entre 1811 y 1824, que dejó  cerca  de 20 mil víctimas mortales. Mientras, en la Gran Colombia, esos fueron entre 300 mil y 320 mil muertos en diez años. Contrastan con movimientos incruentos, tanto en Panamá como en Centroamérica y en Guayaquil.

En  Ecuador se registra el primer grito de independencia en Quito en 1810, con algunos centenares de muertos, sobre todo patriotas, tantos como en la batalla de Pichincha en 1822, incluyendo las víctimas españolas realistas. México y Centroamérica se convierten al principio y de manera efímera, por un año, en monarquías, el imperio de Iturbide, cuando Panamá (unido enseguida a la Gran Colombia), Ecuador y Perú nacen como repúblicas soberanas.

Ocurrió la independencia centroamericana el 15 de septiembre en ciudad de Guatemala, más bien de forma pacífica, a pesar de graves fricciones entre las distintas regiones que la componían y que incluían además a El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica que terminaron por separarse en la década de 1830 y conformar cinco estados soberanos.

Las élites hispanoamericanas que dominaban territorios frente al Pacífico tenían estrechas relaciones comerciales, personales y hasta familiares y se comunicaban por mar.  La información viajaba rápidamente.  En un mes se pasaba en fragatas y bergantines de Panamá a Guayaquil y en el mismo tiempo de Panamá a Acapulco o a San Blas en Nayarit, México, puerto de Guadalajara. Dos semanas por mar tomaba ir de Guayaquil al Callao, puerto de Lima.

Además, en las independencias de México como de Panamá y de Guayaquil participaron en primera línea tres personajes de origen panameño, todos primos hermanos, con la más elevada educación superior: el cura ultraconservador doctor Ignacio Isidro de Icaza Iraeta (1783-1834) en México, el liberal doctor Carlos de Icaza Arosemena (1790-1865) en Panamá y el ultraliberal doctor Joaquín de Olmedo Maruri (1780-1847) casado con Rosa de Icaza de Silva Olave (1791-1866) en Guayaquil.

Independencias promovidas sobre todo por las élites coloniales, hasta gente de distinto origen geográfico, de América y Europa, firmaron el acta de independencia de Guayaquil, 182 personas: ecuatorianos y españoles, colombianos, panameños, venezolanos y peruanos.

En Panamá firmaron, además de istmeños, colombianos, españoles y peruanos, en total 31 representantes institucionales, civiles, militares y eclesiásticos y en Guatemala nueve,  mientras que en México 34 personajes escogidos por Agustín de Iturbide (1783-1824). En Perú, el primer día lo hicieron 339 “ciudadanos ilustres” de Lima y algunos millares más los días siguientes.

Quedan ahora, a los Estados hispanoamericanos que celebran su bicentenario de independencia inmensos retos políticos, económicos, sociales y ambientales en el siglo XXI, en un mundo cada vez más interdependiente y amenazado por peligros extremos. Deben lograr el afianzamiento de la frágil democracia liberal en un Estado totalmente laico y de una justicia realmente independiente y efectiva, el acceso de las mayorías a la educación y salud de verdadera calidad, trabajar por un ambiente más sano y un nivel de vida aceptable con un Estado respetuoso de los derechos humanos, en especial de las minorías.

Queda ganar el respeto activo por parte de otras potencias. Queda articular mejor su relación recíproca y fortalecer su presencia en un mundo que cambia a pasos de gigante por la ciencia y la tecnología, el conocimiento y la información, en el que ocupan un lugar todavía muy secundario.  Queda esta gran tarea sobre todo a su juventud, mayor portadora de esperanza.