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09 de May de 2021

Política

Una rebelión en Egipto era impensable hasta hace poco

PANAMÁ. Después de treinta años en el poder, el presidente egipcio Hosni Mubarak, como verdadero gigante con pie de barro, fue derribado...

PANAMÁ. Después de treinta años en el poder, el presidente egipcio Hosni Mubarak, como verdadero gigante con pie de barro, fue derribado por la valiente y tozuda movilización de miles de personas concentradas en la ya emblemática Plaza Tahrir y en otras ciudades egipcias, de igual manera que unos días antes la mayor jornada de protestas antigubernamentales de los últimos 24 años también dio fin al régimen de Zine Abidine Ben Ali.

La rebelión era impensable hasta hace poco. Los analistas señalan que si bien se podían apreciar signos del creciente malestar, estos no mostraban la urgencia que hiciera sospechar lo que se aproximaba. De cualquier modo, el descontento colectivo sigue su corrosiva marcha desde los países situados en el margen occidental del Mediterráneo hasta las orillas del golfo Pérsico, transformando desde abajo al Medio Oriente como tal vez no había ocurrido antes.

EL EFECTO DOMINÓ

Todo indica que el ‘efecto dominó’ de la crisis depende de cómo se resuelva la situación egipcia. En primer lugar, porque el golpe dado por la muchedumbre en Egipto es el que por ahora tiene el mayor impacto estratégico dado el papel que este país juega desde 1977, cuando el extinto Anwar el-Sadat dio un giro copernicano a la política egipcia en la región, reconoció al Estado de Israel y se desvinculó de cualquier iniciativa conjunta árabe en torno a la cuestión palestina; por otro lado, existe cierto respeto ancestral producto de un conjunto de circunstancias históricas, culturales y sociopolíticas, que otorga un puesto central a Egipto en la zona haciendo inevitable que los pensamientos y reflexiones egipcios, así como sus opciones, se extiendan hasta convertirse en preocupaciones y dilemas de los árabes.

Esta circunstancia podría explicar la intervención rápida y directa de los principales actores de la política internacional y regional en la crisis egipcia. Seguramente los Estados implicados tienen muy en cuenta la resolución de la crisis de Suez en 1956 -un suceso que cambió el equilibrio de poder en Oriente Medio y confirmó la nacionalización del canal (en ese momento propiedad anglo-francesa) por parte del entonces líder árabe Gamal Abdel Nasser.

Pero los viejos fantasmas también envuelven a Egipto. Se trata de un país que se estructura en torno a una sociedad muy antigua, centralista y bastante integrada por su homogeneidad étnica. Para algunos autores estas características han dado al país un profundo sentido de identidad colectiva y nacionalidad. Además, el país se ha modernizado convirtiendo a El Cairo, su capital, en importante ciudad-global, una de las más cosmopolitas de la región.

LAS TENSIONES SOCIALES

Estos cambios han producido también graves tensiones en la estructura social por los niveles de exclusión y falta de oportunidades que sufre la mayor parte de la población, sobre todo la más joven. Si, por una parte, ha aumentado la población de modo significativo, por otra ha disminuido la tierra disponible fomentando una emigración en masa de la población campesina a las ciudades que se concentra principalmente en El Cairo. Es muy alto el nivel de analfabetismo que sufre la población egipcia, mayormente las mujeres. Tal reserva de individuos privados de educación y, generalmente, sin habilidades especiales, representa un problema grave para la economía egipcia cuando ésta se ha desplazado de una base agroindustrial a una de servicios de alto nivel tecnológico. Pero incluso la población educada tiene enormes dificultades para emplearse con salarios dignos pues las políticas neoliberales instauradas por el gobierno de Mubarak en los últimos años han restringido de modo significativo el aparato estatal egipcio, que históricamente había sido el gran empleador de las capas medias con estudios superiores.

En este sentido, llama la atención la casi inexistente conexión entre la administración de la Zona del Canal de Suez, que con su burocracia altamente tecnificada se ha convertido en un proyecto extraño, ajeno al desafío que afronta la nación para generar niveles de vida decente a una población en aumento.

En la historia egipcia un conjunto de circunstancias muy semejantes han dado lugar a la intervención política dos actores que desde 1952, ya sea por la fuerza o por el consenso, han sido clave en el ordenamiento político. Se trata de los militares y las fraternidades islámicas, específicamente la Hermandad Musulmana. Se trata de una vieja e incómoda agrupación cuyo origen se remonta a 1909, abolida desde 1954 pero que no ha podido ser destruida.

Aún más, la influencia de este grupo creció después de la derrota de Egipto por Israel durante la Guerra de los Seis Días en junio de 1967, y la consiguiente ocupación judía de la península de Sinaí y de la Ciudad Vieja de Jerusalén incluyendo la Explanada de las Mezquitas, entre otros territorios. Fue un momento cuando la sociedad egipcia en conjunto se volvió hacia temas islámicos y a la observancia de los ritos para consuelo individual y solidaridad colectiva. Fueron el origen del llamado resurgimiento islámico. A partir de 1970, después de la muerte del presidente Nasser, Sadat ya en el cargo, devolvió a la Hermandad su vida legal. El genio se había escapado de la botella.

LAS MUJERES EN LA PLAZA

Uno de los aspectos que más impacto puede tener en el mundo árabe es la masiva y activa participación de las mujeres egipcias en el movimiento de la Plaza Tahrir. Es probable que una parte importante de ellas estén ligadas al Movimiento de Mujeres de la Mezquita, el cual representa un acercamiento sin precedentes a materiales académicos y razonamientos teológicos que hasta ahora habían sido territorio exclusivo de hombres eruditos. En la base de este movimiento estaría el nushuz, un concepto coránico que se utiliza para definir la rebelión de la mujer contra la autoridad, en un ‘intento de elevarse por encima del suelo’. En el caso de las movilizaciones en Tahrir, nushuz podría ser la fuente que ha legitimado la salida al mundo público de las mujeres musulmanas egipcias exigiendo el fin del régimen autocrático de Mubarak. Y podrían convertirse en un ejemplo –siempre incómodo– a lo largo del mundo árabe

Se ha escrito mucho acerca del papel decisivo jugado por las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, de modo inédito hasta entonces, para mantener conectada a la multitud en ‘tiempo real’ y para organizar redes de solidaridad a nivel mundial. Para articular a estos gérmenes de ciudadanías cosmopolitas que hombres y mujeres árabes nos han permitido vivir en las últimas semanas.

La Plaza Tahrir y, antes, el escándalo Wikileaks, de algún modo estremecen también el antiguo principio que sostiene que el Estado es el actor por excelencia en los procesos de toma de decisiones en los intrincados vericuetos del sistema internacional. Toca esperar, pero sin duda los Estados han perdido otro asalto.