24 de Feb de 2020

Política

Los días con Carol y Julio Cortázar. Esbozo de un sueño

Al teléfono en París, en una reunión con los más célebres escritores en Venezuela y en la tragedia de un robo en Panamá

Lo primero fue el timbre del teléfono. Luego llegó una voz masculina que pronunciaba su nombre con un marcado acento francés. ‘Aquí, Julio Cortázar', me dijo, y yo, claro, no quise creerle.

Aquel otoño de 1978, mi marido, nuestra hija y yo pasábamos una larga temporada en París y lo primero que se me cruzó por la mente fue que se trataba de una broma, por lo que le respondí en un tono burlón: ‘Y aquí, Marie Antoinette'. Los dos reímos de buena gana, y fue solo cuando el supuesto francés añadió que había estado en la comuna nicaragüense de Solentiname y Ernesto Cardenal y Sergio Ramírez le habían transmitido mis señas, que comenzamos a hablar.

Así confirmé que la persona en la línea era, en efecto, el escritor argentino.

Un par de días más tarde nos encontramos en un café cercano a mi apartamento y para que el escenario fuera aún más afín al de Las babas del diablo, Carol Dunlop, la compañera de Julio, apareció sonriente y con su cámara al hombro, como si fuera un Cameo en un film de Antonioni o de Hitchcock.

Fue así, hablando sobre nuestras visitas a Nicaragua y las luchas que entonces librábamos contra la dinastía Somoza, como dimos los primeros pasos hacia una amistad que se afianzaría durante los interminables diálogos que mantuviríamos un año más tarde en el marco de un encuentro de escritores celebrado entre Caracas y Mérida.

La reunión en Venezuela fue una auténtica fiesta. Nos habían convocado para que juntos cambiáramos (¡qué osadía!) el orden mundial.

Ahí estaban Benedetti, Galeano, Cardenal, Domitila, Carol, el propio Cortázar… En fin, todos aquellos que por diferentes caminos e ideologías abogábamos por el nacimiento de un ‘Hombre Nuevo', de una criatura solidaria y desinteresada, despojada de viles ambiciones mundanas. Algunos dimos testimonios de lo que habíamos vivido o presenciado en comunas y barrios marginados.

Cortázar y yo leímos extractos de nuestras respectivas experiencias en Solentiname. El testimonio de Cardenal fue particularmente impactante. Habló de cómo y porqué había concebido y creado, según el sueño de Merton, su maestro en la trapa de Getsemaní (Kentucky), una comuna cristiana en un trozo de isla en el archipiélago remoto y pintoresco del gran Lago Nicaragua.

Domitila nos ilustró sobre el sufrimiento que padecían los mineros de Bolivia y sobre su propia lucha pacífica contra la dictadura de Barrientos y Banzer. Benedetti leyó algunos de sus poemas y se refirió a las relaciones entre el hombre de acción y el intelectual, tema sobre el cual había escrito una ponencia para el Congreso Cultural de La Habana de 1968. El otro uruguayo, Eduardo Galeano, volvió sobre el tema central de su ya para entonces célebre libro Las venas abiertas de América Latina.

De aquel encuentro de teóricos y creadores, lo más interesante y conmovedor fueron las charlas informales que mantuvimos cada noche los diversos grupos de colegas que pronto nos convertiríamos en amigos del alma. Yo fui de las ‘fijas' en las tertulias que convocaban Carol y Julio en su pequeño apartamento del Hilton, el hotel donde nos tenían alojados a todos, gracias a la generosidad del presidente Carlos Andrés Pérez.

Durante la cena Carol me hacía un guiño y, momentos más tarde allá y con ellos, estábamos todos eufóricos y dispuestos a conversar hasta entrada la madrugada. Cortázar era siempre el mismo: campechano, quizá un poco tímido, y sobre todo y a diferencia de otros, jamás se impuso con un tono didáctico, menos aún lució auto-embriagado con la luz de su persona y su obra.

Dos semanas más tarde coincidimos en el aeropuerto de Maiquetía y también en el avión que volaría, sin escalas, de Venezuela a Panamá. Ellos habían sido invitados por Omar Torrijos; yo regresaba a mi patria.

Recuerdo que los alerté sobre los tantos carteristas que abundan en los barrios más populares de mi ciudad. No sé por qué, al observarlos aquel mediodía caluroso y soleado en el Aeropuerto Internacional de Tocumen —Julio, muy alto, barbudo y hablando español con su característico acento francés, y Carol, pequeña, frágil y con su consabida cámara al hombro—, se me antojaron como las presas ideales para la rapacidad de nuestros landronzuelos locales.

Aquella noche mis temores se confirmaron con creces: habían sido asaltados y despojados de todo. Fui a su hotel con el propósito de ayudarlos, pero el Gobierno ya se había encargado de abastecerlos. No recuerdo si también les habían repuesto la Leica. Lo dudo.

Nos despedimos con lo que sería nuestro último abrazo. Al día siguiente, ellos abordaron un avión rumbo a París y de ahí en adelante nos escribiríamos de cuando en cuando. Sobra decir cuán grande fue mi tristeza cuando, en noviembre de 1982, leí en Le Monde la noticia del fallecimiento de Carol. La glosa era breve y leía, más o menos así: ‘A los 36 años, ha muerto en París la última esposa del escritor Julio Cortázar. Era escritora, traductora, activista y fotógrafa. Será enterrada en el cementerio de Montparnasse'.

La nota aparecida el 2 de febrero año de un año y medio más tarde fue, como era de esperarse, titulares en los periódicos de América, Estados Unidos y Europa. Julio también había fallecido en París. Poco tiempo después supe por nuestros amigos comunes que el fallecimiento de Carol lo había sumido en una gran depresión y que durante su última enfermedad lo había asistido, en todo momento, su primera esposa, la insigne traductora y escritora Aurora Bernández. Él la había designado fiduciaria universal de su obra.

Guardo con celo el recuerdo de los encuentros con aquella pareja. No sé si éstos fueron el esbozo de un sueño, ¿o serían, acaso, unas rayas de esperanza en el cielo?

Bogotá, junio de 2013

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