07 de Oct de 2022

Publicando Historia

La gloria de Doña Cecilia Remón en la Conferencia Interamericana de Caracas

La primera dama demostró ser el arma más eficaz para ganar el favor internacional a la causa panameña

La gloria de Doña Cecilia Remón en la Conferencia Interamericana de Caracas
La gloria de Doña Cecilia Remón en la Conferencia Interamericana de Caracas

El recuerdo de quien fuera la primera dama panameña Doña Cecilia Pinel de Remón no estaría completo sin el reconocimiento a su exitosa participación en la X Conferencia Interamericana, realizada en Caracas, Venezuela, en el mes de marzo de 1954.

La conferencia se daba un año y medio después de la toma de posesión de su esposo, José Remón, como presidente de la República (1952-1955), cuando su carisma, juventud y profesionalismo habían capturado la atención del pueblo panameño.

La prensa se deshacía en halagos a su figura y a su “incansable lucha contra los problemas sociales”, pero hasta los más críticos reconocían su trabajo, fundamentado en principios atinados e inteligentes. Su programa incluía una agencia coordinadora que evitaba duplicaciones en los esfuerzos prácticos y optimizaba la asignación de recursos. Otras iniciativas eran la construcción de viviendas rurales, el servicio de cuatro mil desayunos diarios en los comedores escolares, la habilitación de guarderías para madres trabajadoras y la promoción de ayuda mutua en las comunidades más pobres del país.

Embajadora plenipotenciaria

A pocos debió sorprender que Doña Cecilia fuera designada parte de la delegación panameña para la X Conferencia Interamericana, como “embajadora plenipotenciaria en misión especial”, mismo cargo que ostentaban los expresidentes Harmodio Arias y Ricardo J. Alfaro, también miembros de la delegación. Complementaban el grupo el ministro de Relaciones Exteriores, José Ramón Guizado, el contralor de la República, don Henrique de Obarrio, y el ex ministro JJ Vallarino.

Las conferencias interamericanas, inspiradas en el Congreso de Panamá, convocado por Simón Bolívar en 1826, se venían realizando en forma periódica desde el año 1890, con el propósito de fomentar la discusión de asuntos de interés continental.

En plena Guerra Fría y del Macartismo, la X Conferencia tendría lugar en Caracas, Venezuela, bajo la mirada atenta de Estados Unidos.

“Donde quiera que la Unión Soviética clava sus garras se mantiene allí. Nunca se van”, advertía el gobierno de Eisenhower en los días previos a la conferencia, como parte de la propaganda dirigida a convencer a sus vecinos de firmar una declaración que llamaba a una acción colectiva contra la infiltración comunista.

Para la Potencia del Norte, la presencia de organizaciones comunistas patrocinadas por Moscú en 20 de los 21 países latinoamericanos constituía el mayor peligro que enfrentaba el continente.

Pero América Latina tenía sus dudas. El sentido común del hemisferio reconocía que el comunismo era una doctrina abstracta, atractiva solamente a unos pocos intelectuales. Era su promesa de una mejor vida lo que sí apelaba a la masa latinoamericana.

Al sur del Río Grande, prevalecía la idea de que el combate al comunismo debía iniciarse con iniciativas para “elevar el nivel cultural y económico, abrir fuentes de trabajo y de ocupación debidamente remuneradas”.

Curiosamente, eran las dictaduras bajo el auspicio de Estados Unidos - la de Trujillo en República Dominicana, Pérez Jiménez en Venezuela, Somoza en Nicaragua, Stroesner en Paraguay, Batista en Cuba-, las más dispuestas a apoyar la declaración anticomunista.

Los dos únicos países del continente con sólidas democracias -Costa Rica y Uruguay- mantenían posiciones más ambiguas. Costa Rica se había negado a acudir a la conferencia como protesta contra el régimen opresivo y antidemocrático del país anfitrión.

Uruguay llegaba a Caracas con la idea de que una declaración contra el comunismo debía incluir por igual una moción contra “todas las otras formas de opresión”.

Guatemala, visto con preocupación por Estados Unidos por sus políticas de reforma agraria e incipiente organización guerrillera, mantenía una posición contraria a la declaración. Lo mismo se esperaba de México y Argentina, que expresaban el temor de que esta sirviera como base para nuevas intervenciones norteamericanas.

El caso de Panamá era más complejo. El gobierno de Remón, aunque anti comunista y estrecho amigo de Estados Unidos, estaba empeñado en negociar un nuevo tratado canalero y su determinación era aprovechar la conferencia para avanzar su causa. En este sentido, la embajadora Doña Cecilia demostraría ser el arma más eficaz.

Desde su llegada a la conferencia, la primera dama fue objeto de atención especial por la prensa caraqueña y los demás delegados. Diecisiete países votaron para que ocupara la presidencia de la comisión de Trabajo Social.

En tal posición, le correspondió el 8 de marzo dar un discurso ante el pleno, un discurso que la catapultaría como centro de atención mundial.

El discurso

“El comunismo como doctrina no llegaría a entrañar peligro serio para la libertad de nuestros pueblos porque ha quedado demostrado que no puede alcanzar la categoría de lo realizable. Lo que debemos afrontar como un peligro cierto es el hecho probado de que la férrea burocracia que detenta el poder político en la Unión Soviética se ha trazado un plan de acción para conquistar el mundo libre empleando la fuerza”, empezó doña Cecilia.

“Contra todo lo que Estados Unidos son o significan se proyectan los esfuerzos de la propaganda dirigida desde Rusia… por desgracia, no siempre se eliminan oportuna y totalmente los puntos de apoyo buscados por los agentes de Moscú para su actuación encaminada a la cosecha de prosélitos” continuaba.

“En nuestro país, señores delegados, no existen discriminaciones ni privilegios por razones de orden racial y preocupa mucho que tan saludable principio no se cumpla por parte de amigos con quienes hemos celebrado convenios que obligan a ello”.

“En la Zona del Canal, contra todos nuestros esfuerzos encaminados a la obtención de un trato justo, se practica la discriminación tomando como base para ello la raza y la ciudadanía. Nuestros hombres carecen de igualdad de oportunidades de trabajo y de salario. Esta lamentable realidad que tanto anhelamos ver rectificada, constituye, como es fácil de ver, fecunda base para que la propaganda roja envenene sus consciencias”.

Cuando Doña Cecilia finalizó su discurso, los delegados pie para obsequiarle el más largo y sonoro aplauso que hubiera recibido cualquier otro discurso ofrecido durante la conferencia.

Votación

Llegado el momento de la votación, el 13 de marzo, se procedio a aceptar o rechazar cada párrafo de la llamada Declaración de Caracas, con las propuestas adiciones y modificaciones. Fue una tarea de cuatro horas en la que 17 de los 20 países se manifestaron a favor de los términos propuestos por Estados Unidos. Solo fue rechazada por Guatemala. Argentina y México se abstuvieron.

“El comunismo internacional es incompatible con el concepto de la libertad americana y su carácter agresivo constituye una amenaza especial e inmediata a las instituciones nacionales y a la paz y seguridad de los países americanos”, decía la declaración final, que también incluía la enmienda presentada por Doña Cecilia en contra de la discriminación racial, que terminó siendo avalada por diecinueve de las repúblicas americanas, la única de las casi 50 enmiendas presentadas.

La propuesta de Uruguay, de añadir junto con la condena al comunismo el de “todas las formas de opresión” fue rechazada. Lo mismo sucedió a la mexicana de “respetar los derechos individuales y sociales y mantener y estimular una política de bienestar y justicia social diseñada a elevar el estándar de vida de los ciudadanos”.

Percepción de Donald Grant

De acuerdo con el periodista Alexander Grant, el discurso de Doña Ceci fue exitoso porque mostró que había dos posiciones posibles para Estados Unidos en su lucha contra el comunismo. Una estaba basada en el rechazo al comunismo como un juego de poder entre Estados Unidos y la Unión Soviética – el Imperialismo Ruso versus La Doctrina Monroe-. La otra estaba relacionada con una práctica más honesta de la política del Buen Vecino que debía incluir el combate al racismo y la desigualdad y el respeto a la democracia.

La propuesta de Doña Cecilia triunfó por ser una crítica específica a las prácticas discriminatorias de Estados Unidos en Panamá y no involucraba el examen de las dictaduras ni el propio racismo inherente en las sociedades latinoamericanas.

Recibimiento de Doña Cecilia

En Panamá, a Doña Cecilia la esperaba una multitudinaria fiesta de recepción a la que no faltaron miles de panameños del interior que se unieron gracias a las facilidades de transporte ofrecidas para su traslado a la ciudad. Decenas de miles observaron la caravana a su paso desde el Aeropuerto de Tocumen hasta la Plaza de Santa Ana, donde, entre discursos zalameros y sonoros aplausos.

En los días posteriores, los miembros de la Comisión Social de la Conferencia Interamericana enviaron al presidente Remón un cable que manifestaba la “gratitud y admiración a su distinguida esposa doña Cecilia de Remón que ha ganado para su país y persona un afectuoso respeto por su contribución a los ideales del mejoramiento social de los pueblos americanos”.

Hasta la delegada estadounidense, Floyd Lee, reconoció que la participación de la primera dama panameña había sido “un honor para todas las mujeres de América que se enorgullecen de su gloria”.