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07 de Jun de 2020

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

La educación en valores

Hace mucho la educación en valores sólo estaba presente en la acción educativa de una manera implícita. La escuela y la familia iban al ...

Hace mucho la educación en valores sólo estaba presente en la acción educativa de una manera implícita. La escuela y la familia iban al unísono; los valores eran connaturales.

Después vino el cambio y se entró en una crisis profunda. Hemos vivido un cambio de sociedad y, en consecuencia, el cambio de valores que conlleva. Hoy nos encontramos con un deterioro ético, con un derrumbamiento moral, una pérdida de valores. ¿Cómo se ha llegado a esto? Se podría decir que las consecuencias en la fe y moralidad de esta sociedad postmoderna son: la pérdida de la centralidad de la religión. Los aspectos propiamente religiosos como el estado de la vida, el amor?, no son el punto central, sino económico.

La cosmovisión cristiana tiene que convivir y competir con otras cosmovisiones. Esta cosmovisión es nueva, positiva, nadie lo niega, pero puede influir en que la religión entre en “crisis”. “Se mire de otra forma”. Hoy, el hombre de la postmodernidad, se contenta con una parcialidad momentánea. Se produce una confrontación entre los valores de la modernidad y los de la postmodernidad. Como valores de la modernidad podemos señalar: lo absoluto, la unidad, lo objetivo, el esfuerzo, lo fuerte, tiene importancia el pasado, el futuro, la sacralización, la razón, la ética, la formalidad, la certeza y la seguridad, mientras que como valores de la postmodernidad tenemos: lo relativo, la diversidad, lo subjetivo, el placer, se valora el presente, la secularización, el sentimiento, lo estético, el humor, el agnosticismo y el pasotismo.

Se ha resquebrajado la racionalidad, con una inversión de términos: la apariencia sobre la realidad; el opinar sobre el razonar; el instinto sobre la razón. Se ha resquebrajado la trascendencia, la cual se concibe no como amor, sino como amaestramiento, imposición, esclavitud. Se ha resquebrajado el sentido de la ciudadanía, privando la falta de solidaridad y la arbitraria espontaneidad.