20 de Feb de 2020

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

La venganza usa toga

Una de las tentaciones más poderosas que puede sufrir el ser humano es la del abuso del poder, precisamente, la que es propia de quienes...

Una de las tentaciones más poderosas que puede sufrir el ser humano es la del abuso del poder, precisamente, la que es propia de quienes ejercen funciones de mando y jurisdicción. Esta tentación se convierte en una fuerza oprobiosa cuando el poder judicial no opera libre de intereses personales y políticos. Y si actúa contra la libertad de prensa es peor aún porque ataca el derecho de todos a informarse e intimida a la sociedad.

Si un periodista acusa de corrupción a una persona poderosa, o si ni siquiera lo acusa, sino que simplemente expone situaciones que a primera vista resultan comprometedoras para el funcionario, lo propio es salir a aclarar, dar explicaciones o refutar; esto es, dar una respuesta ponderada a quienes, al fin y al cabo, son los fiscalizadores de ese funcionario: los ciudadanos.

Pero poner una demanda para obstruir la labor del periodista o desviar la atención del caso original o simplemente para detenerlo o destruirlo por hacer su trabajo son acciones verdaderamente ruines. Son atentados contra la libertad de expresión (de los que se ha horrorizado en una carta reciente a las naciones Ban Ki-moon, secretario general de la ONU), pero también son acciones déspotas del que participa del poder.

Y esto es lo que vemos que ha sucedido en el caso del periodista Jean Marcel Chéry injustamente condenado a prisión y multa por un juzgado de La Chorrera bajo argumentos falaces y por lo tanto, no probados, pero que ocultan el propósito de una venganza salvaje. Es triste que para imponer un fallo que lesiona la libertad de otra persona el acusador tenga que valerse, como testigos, de sus empleados, los mismos que abrieron la puerta de la casa y dejaron pasar al acusado (la acusación fue de “entrado con engaño” y por lo tanto “haber violado el domicilio”). Me pregunto ¿cómo puede violar el domicio quien no fue a robar, sino que se presenta como periodista, acompañado de un camarógrafo con su correspondiente cámara? Es más, eran varios los que se presentaron a la residencia, pero solo él fue acusado. ¿Curioso, no? Que los testigos ahora se contradigan, que no sean capaces de presentar una versión que desdiga la del periodista, que no prueben la tesis del engaño ya es suficiente. En todo caso, el juzgador solo tenía la palabra de ellos contra la palabra de los comunicadores presentes. ¿A quién beneficia la duda? ¿No es al acusado, según derecho? ¿No le extrañó al juez que los testigos cantaran acoplados la canción que convenía a su jefe? Pero allí no para la cosa, porque si los testigos son empleados del jefe, el juez también es su subalterno. ¿Extraña su fallo? Pues no, pero sí debería extrañar. Debería carecer de sitio en un Estado de derecho.

Esta tragicomedia me recuerda la fábula del gato que puso a un ratón por juez, para que dirimiera la causa que Micifuz disputaba contra un mico (mono). El ratón sentenció: “al melindroso Miquito, la razón no se la quito, pero si bien se examina, y condeno a Micifuz, con solo decir miu miu, el gato a mí me elimina”.

¿Podrá evitarse dentro de la justicia panameña que el juzgado que decidió el caso de Jean Marcel Chéry no sea visto como la imagen maloliente de una ratonera cuyo hedor cubra el continente? ¿Cabrá dentro de nuestra sociedad la posibilidad de que el Judicial no sea utilizado para abusar en vez de hacer justicia?

El autor es filósofo e historiador.jordi1427@yahoo.com.mx