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27 de Nov de 2020

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

Las lecciones (IV)

Cuando, finalmente las sociedades latinoamericanas, lograron desprenderse de las sangrientas dictaduras militares y se iniciaron los dra...

Cuando, finalmente las sociedades latinoamericanas, lograron desprenderse de las sangrientas dictaduras militares y se iniciaron los dramáticos procesos de castigo hacia sus principales verdugos, surgió la expresión de la llamada “debida obediencia”, como un recurso de los genocidas para evadir la justicia y centrar el castigo únicamente en sus principales mandos.

Quienes se acogían a ese argumento lo hacían sobre la base de demostrar que ellos simplemente cumplían órdenes de sus superiores, a los cuales estaban obligados por estatuto y subordinación.

Esto también es valido para la política, aunque la diferencia no sea liquidar físicamente al adversario, sino matarle sus esperanzas y sus sueños. Cuando una parte de la dirección de una organización ha cometido excesos, degradaciones y violado descarada e impunemente todos los principios y normas que dan razón a su existencia, no podemos ni siquiera pensar en tomar los correctivos necesarios, sino tenemos en cuenta la colaboración del silencio, la tolerancia y pasividad de su aparato medio. Es que el reclutamiento de los subordinados en la cadena de mando se realiza precisamente con quienes muestran mayor capacidad de complicidad en estos abusos.

Aunque el clientelismo no es un fenómeno nuevo en la vida de las jóvenes naciones, y de sus agrupaciones políticas, esta aberración autodestructiva, sostenida a lo largo de muchos años, modifica todo el comportamiento de buena parte de su membresía, con el pasar del tiempo la va convirtiendo en una organización manejada de forma piramidal, en donde la cultura del agradecimiento por el favor y privilegio otorgado al subordinado es el mecanismo para entrar al anillo de los incluidos. Esa cultura de la subordinación y el ordene y mando conlleva una práctica de exclusiones y persecución de todo aquel que tiene un pensamiento diferente.

La tolerancia a la diversidad de las ideas termina por desaparecer y es reemplazada por otra en la que prevalece la incondicionalidad y la delegación a su jefe de turno, de todas las decisiones que entrañan la vida y futuro de sus asociados.

Ese método produce también una selección de los mandos medios. No importa cuan torpe y primitivo sea el cuadro elegido. Lo que importa es su grado de incondicionalidad. Esa práctica degradante va imperceptiblemente construyendo una estructura que finalmente copa a todo el aparato de la organización. De ese fenómeno surge el proceso inevitable de autodestrucción.

Cuando el criterio de la “obediencia debida” no tiene sustento, por la propia crisis de esa cultura política y de la práctica de sus jefes de turno, surge la pérdida de la lealtad. Esta experiencia vivida en procesos similares indica que el aparato medio, luchando por evadir su cuota de responsabilidad, buscará la forma de excluirse del castigo y transferir la culpa a sus jefes superiores.

Ello no quiere decir que es obligatorio que esa crisis termine en un proceso de refundación de la organización política. Si no existen condiciones y voluntad política para empujar ese cambio y, por el contrario, todo se fundamenta en los mismos métodos — ”quítate tú para ponerme yo” — que dicen combatir, entonces, a esa agrupación le tomará toda una generación para retomar la senda que justificó su origen y recibir el reconocimiento de un pueblo que dicen representar.

-El autor es miembro del PRD.rvasquezch@cwpanama.net