Dada la velocidad con que avanza la inteligencia artificial, no son pocos los pensadores que han planteado que entramos en una nueva época y que los cambios que están en proceso alterarán de forma significativa la manera en que los seres humanos viven y conviven en este planeta (Yuval Noah Harari, Nexus 2024). Son acelerados los cambios en la industria y en el comercio, con impactos ambiguos sobre la educación y la salud de las personas, y de consecuencias inciertas en la vida social y política de las naciones.

Entonces, parece apropiado que antes de que dejemos atrás esta época nuestra busquemos una comprensión cabal sobre cómo está organizado este mundo que cada día existe menos. Nos referimos al “mundo moderno”, en buena parte resultado de quienes se dieron a la tarea de pensar su tiempo en los siglos XVI y XVII.

¿Cómo nació el mundo moderno? Son muchas las aristas de este tema, así que me referiré a una instancia probable entre muchas posibilidades. Corre el año 1649 en Londres. El Rey Carlos I ha sido derrotado y encarcelado, luego de librar una sangrienta guerra civil contra las fuerzas armadas del Parlamento. Carlos I había sido un monarca absoluto, en el sentido de que su corte postulaba que su mandato provenía directamente de Dios. No tenía un origen humano. Era superior a los demás hombres y por eso no tenía nada que acordar con ellos. Como el poder de Dios era absoluto, el del monarca también. Era la doctrina del “Derecho Divino de los Reyes” y sus seguidores defendían que su fundamento estaba en las Sagradas Escrituras.

Tras la derrota del ejército del Rey, un filósofo inglés refugiado en París toma la decisión de volver a Londres y escribir su obra más importante en el idioma que habla el pueblo, algo infrecuente en los eruditos de la época. Thomas Hobbes había publicado ya títulos muy importantes como De Cive para el reducido público de la época que leía en latín. De regreso en Londres, Hobbes completa la escritura de su nuevo libro y entrega una parte a la imprenta. Tras la decapitación de Carlos I en los primeros meses de 1651, Hobbes regresa a la imprenta y sustituye parte del material. No se sabe qué fue lo que corrigió, pero en mayo ve la luz Leviatán, o la materia, forma y poder de una república eclesiástica y civil, según su autor la primera obra de ciencia política del mundo moderno, comparable solo con “La República” de Platón.

Hobbes escogió una metáfora poderosa para titular una obra elaborada mediante un método científico riguroso: Leviatán, nombre asociado a un monstruo bíblico, que emerge de los mares y derrota al monstruo terrestre e inicia un dominio eterno. En su introducción, Hobbes plantea que, así como Dios nos muestra cómo gobierna el mundo mediante la naturaleza, el ser humano puede imitarlo mediante la creación de un animal artificial. Ese autómata tiene, dice Hobbes, una vida artificial y pasa a describir el cuerpo y sus partes como si fuese un ser humano. El artefacto así creado es el Leviatán, al que llamamos, nos aclara Hobbes, república o Estado. Según Hobbes ese animal artificial fue creado para proteger al ser humano y la soberanía es su alma artificial, y le da vida y movimiento al cuerpo entero.

Leviatán fue ampliamente rechazado por ambos bandos en el conflicto inglés del siglo XVII. El libro fue quemado públicamente por los defensores de la monarquía inglesa, que no podían aceptar que el soberano fuese “un hombre, o una Asamblea de hombres”. También lo quemaron públicamente los puritanos radicales que hegemonizaban en el Parlamento, pues rechazaban la idea de que los representantes políticos estuviesen munidos de un poder absoluto. No entendieron que la persona que portaba ese poder absoluto no era una persona natural ni tampoco un grupo de personas naturales, sino una persona artificial con vida propia, el Estado.

Tomó unos cien años hasta que, terminado el conflicto que le dio origen, el lector de Leviatán comenzará a entender que todo Estado es una persona. Una ficción jurídica, sí, pero inescapable para organizar la vida en sociedad sobre la base de un gran pacto entre todos y con el objetivo de proteger la libertad humana. Si no protege la libertad de los representados, el soberano no existe, deviene en despotismo.

Históricamente, la creación del soberano fue la solución al problema de la guerra civil inglesa. Si bien aplastó los gobiernos locales en distintas partes de Albión, la soberanía fue una herramienta muy valiosa para promover los pactos entre los Estados, ahora ya concebidos como actores en el teatro internacional, en el que representaban al cuerpo político que les daba origen.

Esta novedad se propagó por todo el planeta al punto que muy pronto no quedará un metro cuadrado sobre la superficie de la tierra que no sea propiedad de un Estado. Lo peor que le puede pasar a un ser humano en este nuevo mundo es que sus derechos no sean reconocidos por ningún Estado, según descubrió Hannah Arendt en su magna obra Orígenes del totalitarismo, publicada en 1951, justamente el año en que se celebraba el tricentenario de Leviatán.

Hobbes no proporcionó una receta de contenidos que debía incluir el pacto social. Su legado consiste en un nuevo lenguaje político, en el que la protección de la libertad cobra sentido con la soberanía y el Estado emerge como un actor en la arena política.

Cabe preguntarse entonces si la inteligencia artificial potenciará las capacidades del Leviatán, o si, por el contrario, lo desplazará en su importancia para el ejercicio de las libertades. En la primera hipótesis la IA podría ser la inteligencia del animal artificial. En la segunda, es su eventual destrucción y gradual reemplazo. En cualquier caso, sería un cambio de época y la libertad de los seres humanos está en juego.

*El autor es abogado y profesor de Filosofía Política en Florida State University
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