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14 de Aug de 2020

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

Encuentro de dos institutores

Jorge Illueca y Rubén Darío Carles son dos personajes de la vida nacional, cuyas ideas y desenvolvimiento político les han dado sendas d...

Jorge Illueca y Rubén Darío Carles son dos personajes de la vida nacional, cuyas ideas y desenvolvimiento político les han dado sendas diferentes. Ambos han incursionado en el quehacer público del país desde enfoques opuestos y cada uno ha tratado de aportar desde su propia perspectiva al crecimiento y desarrollo de la nación panameña.

Pero Illueca y Carles tienen varios aspectos en común. Uno de ellos es que ambos estudiaron en el Instituto Nacional durante la década de los años 30. Por esa razón, ellos coincidieron en la ceremonia de celebración del centenario del alma máter; se sentaron juntos y ambos dirigieron unas palabras a los presentes en este acto conmemorativo.

Illueca, con esa elegancia y formalidad que le caracteriza se refirió en el discurso de fondo al papel histórico que ha protagonizado dicho colegio. “En el transcurso de su primer centenario el Instituto Nacional ha desempeñado un papel estelar en la lucha por la plena soberanía, la liberación económica y la democratización de la nación panameña” , dijo el célebre abogado.

Además, expresó algunos planteamientos críticos sobre la educación y el papel de la escuela de la actualidad y la pérdida de tiempo al desaprovechar las capacidades existentes que terminan por actuar en contra de los sectores sociales más vulnerables.

Tuvo el acierto de puntualizar en el peligro que constituye no reemplazar con nuevos valores, el acervo de la juventud y ligarlos con la solidez que tuvieron en el pasado. Se refirió igualmente a la deformación de la lengua como uno de los síntomas de este nuevo escenario en que se desenvuelve la educación en el país.

Al final de la ceremonia, Carles, ex ministro y contralor, se tomó el micrófono y dedicó unas palabras a rescatar algunos aspectos de la historia del Instituto Nacional; así resaltó que sus aulas fueran utilizadas simultáneamente por ese colegio y la Universidad de Panamá en su primera etapa.

De igual manera, se refirió al nivel de conciencia adquirido por quienes allí estudiaron y porque en su claustro, se escuchó a connotados políticos e intelectuales que pasaron por el país.

Carles también cuestionó sobre el paradero de la suma de cinco millones de balboas que fueron destinados para la restauración de este colegio. Su exposición fue formalmente desordenada, pero sus palabras resultaron un complemento de la intervención de Illueca y permitieron a la audiencia una visión completa de la historia trascendente del Nido de Águilas.

Pocas instituciones alcanzan un centenario de existencia en la vida nacional. Estas celebraciones, quizás obviadas por los medios de comunicación, porque no llevan el sello caótico de ruptura del orden establecido y de vulneración de la propiedad privada, son la coyuntura propicia para hacerse un examen sobre la necesidad de establecer verdaderas comunidades académicas en la educación y alrededor de los planteles.

Cada colegio es un hervidero de ideas, pues, por un lado, hay un grupo de profesionales que expresan el conocimiento y la experiencia y por el otro, una generación con sed de esas enseñanzas. Si ambos elementos se unen en el aula, apoyados por una eficiente y eficaz gerencia educativa y un apoyo logístico de los padres de familia, existirá aquí un laboratorio para analizar, evaluar y reorientar la realidad nacional.

En el Instituto esa tarea se desarrolló a través del estudio, el deporte, la militancia y las expresiones culturales, materias alrededor de las que se agrupaban las generaciones. Autores nacionales y extranjeros, politólogos, escritores y científicos proyectaron su voz en el aula máxima institutora para beneficio intelectual de sus estudiantes y profesores.

Luego de los aciagos acontecimientos de 1964, los profesores se esforzaron para que los estudiantes y la comunidad nacional conocieran en su dimensión real este trauma y su importancia para la vida cívica del país. Esto marcó profundamente el perfil institutor, como mencionaría Illueca.

Nombres como Ricaurte Soler, Osman Fergunson, Humberto Brugiatti, Héctor Peñalba, Martín Alpírez, Ernesto “Macumé” Argote, Pablo Pinilla, Ricardo Segura, Constancia K. de Escobar, Aura Alvarado, Laura T. de De Montulé, Bernardo McNally, son solo algunos de estos conductores de varias generaciones de estudiantes que aquí se formaron.

El claustro era escenario donde aún resuenan aquellos versos “? se yergue la mole de un templo del saber?”

Los dos viejos institutores que escuchamos esa noche, evocaron este sentimiento y se convierten por su palabra y acción en modelos del espíritu aguilucho.

*Periodista, escritor y docente universitario.modestun@yahoo.es