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30 de Oct de 2020

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

Tiempos de plenitud

Hoy se rememora un año más del inicio de la II Guerra Mundial. Han pasado setenta años desde que la Luftwaffe emprendió su campaña de bo...

Hoy se rememora un año más del inicio de la II Guerra Mundial. Han pasado setenta años desde que la Luftwaffe emprendió su campaña de bombardeos sobre ciudades y campos polacos. La Operación Relámpago ocasionó miles de bajas, pero produjo también el repudio de varias naciones, siendo Francia e Inglaterra las más decididas al declarar inmediatamente la guerra al Tercer Reich.

Ciertamente, se han escrito numerosos libros sobre la sangrienta contienda que en seis años cobró la vida de más de 60 millones de personas. Y aunque todavía falta por descubrir algunos archivos perdidos y por reclamar varias bóvedas en bancos suizos, ganas les sobran a los historiadores de encontrar las cartas amorosas de Adolfo Hitler a Eva Braun o el diario cifrado de Ferdinand Schoerner, último comandante encargado del Wehrmacht.

De verdad, ojalá algún día se encuentre todo lo que sea necesario para saber las razones del porqué tuvo que ocurrir el peor cataclismo que la humanidad jamás haya visto. Al menos hoy conocemos lo fundamental: la derrota de las Potencias del Eje, la destrucción total de Europa y la reorganización geopolítica mundial. Pero también sabemos de otras historias donde, afortunadamente, no hubo pérdidas ni muertes. Muy por el contrario, surgió una época de esplendor y plenitud, marcada por un auge económico sin igual, infinidades de oportunidades para muchos panameños, y un sentimiento nacional de abrir las fronteras a todos sin condición ni exclusión.

Panamá, durante ese tiempo, como consecuencia de los miles y miles de soldados que regresaban o se dirigían al frente de batalla y de miles de inmigrantes que huían de la persecución en sus propios países, vio prosperar cientos de negocios, restaurantes, bares, burdeles y hoteles. La avenida Central y la antigua avenida 4 de julio se convirtieron en verdaderos bazares. En un corto lapso, la economía del placer floreció y los factores de producción se enfilaron en esa dirección; el ferrocarril entre Colón y la capital operaba las 24 horas, movilizando mano de obra panameña y extranjera.

Además del derroche y el jolgorio fugaz, también surgieron otras importantes alternativas que requerían de personal más calificado. Cerca de 20 mil panameños, un 18% de la fuerza laboral existente y en su mayoría jóvenes, vieron de la noche a la mañana la oportunidad de trabajar en las bases militares, comisariatos, hangares y muelles, realizando labores de oficina, telegrafía, enfermería, contabilidad, cocina, electricidad, plomería, administración, navegación, vigilancia, transporte, bomberos, policías, entre otros.

La importancia de estas nuevas posiciones radicó principalmente en que las mismas se realizaban en el idioma inglés y recibían salarios muy superiores a los devengados anteriormente. Se beneficiaron además al convivir con patrones que practicaban el orden, la disciplina y la puntualidad. Y, por supuesto, también gozaron del privilegio de comprar mercancía en los “ Post Exchange ” y utilizar algunas facilidades para su entretenimiento.

No hay duda del tremendo impacto que causaron estos empleos en el país, muchos de los cuales perduraron hasta después de la Guerra. Para los panameños, el estallido de las bombas en Europa y el desenlace posterior en el Pacífico, dejó saldos muy positivos y un legado de plenitud y progreso. Igualmente, fue significativo el aporte de cientos de inmigrantes profesionales que encontraron en nuestro territorio el terreno fértil para practicar sus carreras, en especial aquellos que se decidieron por incursionar en el campo de la docencia en distintos colegios, institutos y en la Universidad de Panamá. Asimismo, fueron cientos los soldados que regresaron para reiniciar sus vidas y formar sus propias familias. Es decir, la enorme capacidad que tuvo el país de adaptarse a los acontecimientos y abrir sus puertas a todos fue la clave que nos convirtió en un sitio de florecimiento.

Reitero, son muchos los libros que se han escrito sobre la II Guerra Mundial. Pero son estas historias, las que cuentan las experiencias vividas en Panamá durante esos seis años, las que dan fe de que los buenos tiempos no llegan solos y difícilmente regresan, a menos que, como en los años 40, exista una verdadera voluntad nacional de sobrellevar las circunstancias y aprovechar las oportunidades, sin exclusión ni condición.

Hoy, más que nunca, Panamá requiere de mano de obra calificada. Y sin tratar de achacar los actuales problemas a la decaída educación o sin intentar sugerir que los actuales docentes no alumbran ninguna esperanza para el futuro, es hora de que las autoridades abran el compás y permitan la entrada de maestros competentes que quieran dar lo mejor de sí. El esperado cambio que prometieron no llegará pateando puertas ni tumbando paredes. Al contrario, llegará cuando demos cabida a los mejores, sean quienes sean y vengan de donde vengan.

Setenta años han pasado y lo curioso es que ya casi nadie habla inglés, nadie quiere ser cocinero ni bombero o plomero. Se ha olvidado el sentido de puntualidad y orden, y, por supuesto, ya nadie respeta ni confía en las instituciones y sus funcionarios. Por lo visto, los tiempos de plenitud parecen cuentos del pasado. Y no es que ahora queremos otra guerra, pero sí que lleguen los buenos tiempos.

*Empresario.lifeblends@cableonda.net