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24 de Oct de 2020

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

La muerte de Henry

La semana pasada se realizaron las honras fúnebres del dirigente estudiantil de la Facultad de Economía y destacado militante de las Juv...

La semana pasada se realizaron las honras fúnebres del dirigente estudiantil de la Facultad de Economía y destacado militante de las Juventudes del PRD, Henry Roberto Castillo. Su muerte se suma a la de decenas de panameños caídos en medio de una terrible ola de violencia que amenaza por liquidar la otrora vida pacífica de los barrios populares.

Henry fue asesinado sin que mediara una excusa ni justificación salvo la que nace de una nueva forma de comunicación, que, día a día, va atrapando a nuestras juventudes. Porque es así; la violencia se ha convertido en una nueva forma de comunicación.

Henry fue asesinado porque sus sicarios no encontraron al familiar que buscaban, quien debía pagar por otro hecho de violencia anterior. Cuántos de estos jóvenes, que luchan por superarse y que se sienten útiles para la sociedad, pero que no encuentran posibilidades de salir del escenario que los vio nacer, caen abatidos en medio de una lucha sin sentido, comandadas por grupos cuya conducta los hace irrecuperables para la sociedad.

El terror ha pasado a ser la norma con que se vive dentro de esas comunidades. Barrios degradados, deterioro de la presencia del Estado, respuestas coercitivas sin políticas de prevención, fracasos de los programas de seguridad, las facilidades para disponer de instrumentos de violencia, crisis de la familia; todas estas alimentan el campo de la delincuencia urbana. Las bandas han llegado para quedarse y su autoridad es superior a la de los gobiernos locales, cuyos representantes, casi siempre, quedan bajo su control.

Los familiares de las víctimas se niegan a entregar a sus asesinos; se niegan a declarar por miedo a las represalias. Esa resignación y subordinación al imperio de las bandas lo alimenta la ausencia de una protección que debe brindar el Estado. En otros países existen políticas de protección al testigo y también a sus familiares. Estimulan a la población para que participe de la lucha por erradicar la violencia. Se crean programas dirigidos a ganarse a la juventud y arrancarlos del control sicológico de la delincuencia. Incluso se han creado oficinas multidisciplinarias para la prevención del delito con la presencia de las organizaciones sociales locales.

La violencia policial no solo no es la solución, sino que alimenta la cultura de la violencia en las juventudes. El fracaso de las políticas públicas ha generado desconfianza y la población se siente víctima de la corrupción de los funcionarios. La violencia ciudadana también ha propiciado la exclusión del joven de los barrios populares. La discriminación y la intolerancia van de la mano con el empobrecimiento del barrio. Al sentirse descartado del ámbito laboral y escolar por el simple hecho de vivir en comunidades populares, el joven es presa de la insatisfacción de sus expectativas y lo que la sociedad no le facilita lo encuentra en el crimen organizado. En los procesos electorales, los partidos políticos deseosos de obtener el voto mayoritario del barrio, terminan aceptando esa realidad y encuentran en las bandas un vehículo de comunicación con la población. Ese favor de doble vía termina por elegir figuras ligadas de una u otra forma a la delincuencia local y circuital.

La muerte de Henry es aleccionadora para toda la sociedad que, con sus prejuicios, alimenta el asentamiento de las pandillas y bandas que gradualmente han hecho de la violencia una forma de comunicación social.

*Miembro del PRD.rvasquezch@cwpanama.net