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07 de Apr de 2020

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

Sobre la democracia

Si se examina con serenidad la historia de la democracia latinoamericana, desde las postrimerías de las luchas emancipadoras hasta nuest...

Si se examina con serenidad la historia de la democracia latinoamericana, desde las postrimerías de las luchas emancipadoras hasta nuestros días, se ha de constatar su deficiencia y fragilidad.

Deficiencia por cuanto la inmensa mayoría de la población subsiste en la pobreza y extrema pobreza. La democracia, como sistema, no ha podido resolver ni medianamente la larga lista de los graves problemas sociales. Cuando se observan las cifras de histórica miseria, debemos preguntarnos si hemos entendido a cabalidad el concepto de democracia o si el sistema democrático que vivimos resuelve los problemas sociales. Todo indica que hemos estado defendiendo una noción equivocada de democracia. Se nos ha hecho creer que vivimos en democracia por la vigencia de una Carta Constitucional que habla de un Poder Público que emana del pueblo y que lo ejerce el Estado por medio del Órgano Legislativo, Ejecutivo y Judicial, por la existencia de partidos políticos, por la emisión quinquenal del voto y la presencia de medios de comunicación social “ independientes ”. Existe un sector minoritario, económicamente poderoso, que nos ha inculcado ese concepto de democracia, formal y excluyente, y la enseñanza ha calado de manera frustrante en grandes sectores sociales que ahora ven con justificado recelo las “ bondades ” del sistema.

La fragilidad de nuestras democracias solo puede ser comparada con el cristal de murano. Se pierde la cuenta las veces que al poder ha irrumpido un tirano inspirado en las más ridículas e inocuas excusas. A cada rato surge un dictador enarbolando banderas de redención y nuestro pueblo, ávido de mejores días, lo abraza con esperanza. Y ese pueblo cansado, abrumado por las promesas incumplidas, apoya la novedad aunque se le conculquen todos sus derechos y se limiten todas sus libertades.

La constante en la historia de la América india ha sido el permanente afán de podar la democracia y mantenerla a ras de tierra o debajo de ésta. En esa tarea han participado todos sus enemigos, tanto los de izquierda, como los de derecha. El autoritarismo cercena los cimientos de la democracia, bien provenga de la izquierda radical o de la Compañía de Jesús. Es la negación misma de la voluntad popular. Enquistados en el poder, los enemigos de la democracia se estiman indispensables e insustituibles. Ahí está, por ejemplo, Correa, el único, pero ahí también está Uribe, el otro único. Ambos defienden su democracia y por su democracia se enfrentan irreconciliablemente. Razón tenía Montesquieu cuando exclamó “ Es una experiencia eterna, que todo hombre que tiene autoridad es capaz de abusar de ella; irá cada vez más allá, hasta que encuentre una barrera ”. En la noche de nuestra patria grande, la destrucción de esa barrera se ha convertido en la tragedia de la democracia.

Defender, explicar y entender un sistema democrático amplio, incluyente, participativo, solidario, que resuelva los problemas diarios de nuestra población, es una tarea pendiente y urgente. Los maestros no pueden ser aquellos que desde siempre han dictado una lección engañosa, donde la democracia es flor para pocos y espina para el resto. Entendida como debe ser, se hace indispensable su fortalecimiento y profundización, e, igualmente, la construcción de las barreras, para hacerla inmune a la voluntad de los bandidos y al querer de los irremplazables.

*Abogado.lgzuniga-arauz@hotmail.com