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07 de Jun de 2020

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

El tsunami y el problema del mal

Han pasado cinco años. El 26 de diciembre de 2004, por la mañana, la tragedia cercenaba la vida de miles de personas, llamaba a la puert...

Han pasado cinco años. El 26 de diciembre de 2004, por la mañana, la tragedia cercenaba la vida de miles de personas, llamaba a la puerta de millones de familias.

No ha sido la mayor desgracia de la historia humana. Terremotos, guerras, epidemias, han provocado muchas más muertes en el pasado. Pero el tsunami de 2004 tuvo un impacto visivo enorme, gracias a los poderosos medios de comunicación: las olas tuvieron forma ante nuestros ojos, las víctimas eran personas concretas colocadas en largas filas de cadáveres.

Ante desgracias ingentes, o ante dolores y males más cercanos (un familiar que muere, un accidente en carretera, un cáncer que empieza a expandirse por el cuerpo), surgen preguntas profundas. ¿Tiene algún sentido la vida humana? ¿Por qué esta desgracia? ¿Por qué a esas personas? ¿Queda un lugar para la esperanza? ¿Dónde estaba Dios cuando el terremoto desencadenaba la fuera de un tsunami?

Ante el mal, hay quienes se sublevan contra Dios. No es posible pensar en un Dios bueno, mientras miramos a una madre que recoge a su hijo destrozado por las olas. Algunos dan el paso hacia el ateísmo. Otros, como el Iván Karamazov de Dostoievski, “ devuelven ” el billete de la vida a un Dios al que acusan de no interesarse por el dolor de los inocentes.

En la Edad Media, santo Tomás de Aquino (1225-1274) también afrontó el tema. En la “ Suma de teología ” (I parte, cuestión 2, artículo 3) puso ante sus ojos la famosa objeción: Dios es el bien absoluto, pero junto al bien absoluto no quedaría espacio para el mal. “ Pero el mal se da en el mundo. Por lo tanto, Dios no existe ”.

Después de ofrecer sus famosas cinco vías para demostrar que Dios existe, responde a la objeción del mal con las palabras de san Agustín: “ Dios, por ser el bien sumo, de ninguna manera permitiría que hubiera algún tipo de mal en sus obras, a no ser que, por ser omnipotente y bueno, del mal sacara un bien ”.

En esta respuesta salta a la luz que el mal no es un absoluto, sino una etapa, un momento de prueba, que prepara a un bien, a algo mejor. Es difícil verlo ante imágenes de destrucción y de muerte. Es difícil decirlo cuando el mal ha llamado a mi propio hogar. Pero al menos el pensamiento de un Dios bueno abre un horizonte de esperanza: el mal, el dolor, la injusticia, la muerte, no son la última palabra de la historia humana. Existe una Bondad superior que da sentido a las penas, que da consuelo a quienes lloran, que nos espera tras la frontera de la muerte. Hay algo mucho más grande que las olas asesinas.

Somos “ animales de esperanza ”: no podemos vivir resignados a destinos férreos ni a leyes físicas inamovibles. Necesitamos creer y abrir el corazón al misterio de una bondad que da sentido pleno al drama de la vida humana. Dios no es un enemigo ni un ser indiferente ante el mal que nos aflige. Dios es el único que puede consolar y dar respuestas al misterio del dolor, al ayudarnos a levantar los ojos para descubrir que ha preparado algo más grande y más bello más allá de la frontera de la muerte.

*Sacerdote y filósofo. Roma, Italia.fpa@arcol.org