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26 de Ene de 2023

  • Redacción Digital La Estrella

Columnistas

Coqueteando con el alcohol

Un reciente festejo de fin del año escolar, como tantos otros, se salió de cauce y produjo episodios de gravedad clínica que requirieron...

Un reciente festejo de fin del año escolar, como tantos otros, se salió de cauce y produjo episodios de gravedad clínica que requirieron tratamiento asistencial intensivo por coma alcohólico. La noticia reiterada ya no sorprende. Ni parece destinada a modificar las actitudes de resignada pasividad que afectan a nuestra sociedad. Ni siquiera se diferencia a los jóvenes según nivel social o características geográficas.

Es que la respuesta debe expresarla el conjunto social, algunos de cuyos sectores parecen más atentos a los intereses mercantiles que a la necesaria promoción de valores saludables que nutran el desarrollo y crecimiento de nuestra juventud.

Las ceremonias de graduación deberían representar una apuesta al futuro, una transición hacia la adquisición de mayores responsabilidades y a la autonomía en la gestión de proyectos. El hecho de que estos episodios estén protagonizados por menores de edad los hace aún más graves.

Pero si el festejo es solicitado y contratado por jóvenes, en su organización intervienen casi exclusivamente mayores. Para que se alcance el coma alcohólico, además de la ingesta descontrolada, una larga cadena de renuncias debe tener lugar. La familia prefiere la pasividad y avala los procedimientos elegidos como si aceptara que ya no tiene ni derecho a la opinión. Los colegios y sus directores se limitan a desvincularse de los aspectos organizativos, norma que se aplica a festejos y a viajes, como si los alumnos sobre los que tienen responsabilidad formativa se volvieran ajenos por coger un diploma o salir de la puerta de la escuela. Y si alguien duda de estas palabras, solo pregunte cuántos profesores o padres de familia acompañaron a los recién graduados en los viajes a Cancún o donde sea que hayan programado el desmadre.

Las instituciones culturales, sociales, deportivas y religiosas se suman mayoritariamente al silencio. Los beneficiarios de los festejos, en cambio, los promueven sin animarse a perder el rédito de sus ingresos. Y si bien pueden no resultar beneficiados por estos episodios, saben que la memoria es corta y la presión de los interesados en mantener las cosas así es mucha.

Hace falta lograr un consenso social que articule esfuerzos desarrollando criterios compartidos por la sociedad civil, el Gobierno y los sectores empresarios. Porque con la inconsciencia de muchos sectores y la inacción de otros se abre la compuerta por la que circula libremente el alcohol que modeliza las costumbres. Estas estarán abiertas así al posterior consumo de drogas.

Este diario publicó en abril pasado la noticia sobre los resultados de una encuesta realizada a jóvenes mujeres entre las edades escolares de 14 y 17 años, y descubrió que 9 de cada 10 de ellas consumen alcohol en fiestas familiares y discotecas, y el 100% manifiesta que sus padres consumen alcohol. Esas cifras son reveladoras y altamente preocupantes, si las correlacionamos con datos de la Organización Panamericana de la Salud que revelan que en el continente americano se consume hasta 50 por ciento más de alcohol que en las otras cuatro regiones del planeta, siendo Panamá y Costa Rica los países que registran mayor ingesta en Centroamérica. Esta realidad además se hace más trágica por el ciclo vicioso de dolor que se produce en el hogar, sitios de trabajo y en la sociedad en general.

Hoy, vemos multiplicarse el número de niños que coquetean con el alcohol, como si fuera una gracia, y esto representa un daño extendido a miles de personas, que tiende a incrementarse aún más sin discriminar género, religión, clase social, preferencia sexual o capacidad intelectual. Nunca podríamos afirmar, como suponen algunos, que una persona tiene el derecho individual de dañarse a sí misma, porque conocemos la extensión de este daño a la familia, a personas con que se trabaja, a aquellos con los que se convive. Y porque sostenemos que la salud es un valor social en que la noción de cuidado se extiende necesariamente al conjunto.

Desde entonces las facilidades públicas para el tratamiento de casos de alcoholismo no se han ampliado en la medida de las necesidades. O sea que el alcohólico sufre la ausencia de acciones preventivas y se agrega a esto una negligencia por parte de las políticas públicas de tratamiento.

A esto se debe sumar la preocupante falta de aplicación de normas básicas de convivencia y el desinterés por crear un marco legal que castigue a los padres y a demás familiares por permitir la organización de fiestas y eventos donde los jóvenes no solo participan, sino que, además, protagonizan su celebración en torno a la figura del licor. Simplemente, mientras los padres sigan mirando hacia el otro lado del problema y los clubes sociales sigan creando una base potencial de nuevos clientes y permitan en la celebración de quince años, graduaciones y cumpleaños el consumo de alcohol a menores de edad, jamás se puede lograr el cometido sin una acción legal obligatoria y ejemplar.

Pero ningún sector puede asumir la responsabilidad total de lo que a todos nos corresponde rectificar. El alcoholismo es un mal instalado en la cultura que se acompaña del cultivo de las ilusiones de quien atribuye a lo que ingiere una cualidad de la que no dispone, un efecto ansiolítico, un dador de voluntad o de fuerza. El consumismo, el materialismo y el triunfalismo son el marco de tanto padecimiento.

Panamá debe mirarse en el espejo de una población alcoholizada y perdida en vida. Además, las autoridades deben analizar el problema y reflexionar sobre el daño que causa esta situación, porque no solo son los millones de dólares que el país gasta en el tratamiento de las enfermedades hepáticas, renales, coronarias y digestivas resultantes del consumo y abuso del alcohol, sino también la tragedia y las muertes que embargan a miles de familias por los accidentes por exceso de velocidad, violencia, intoxicación y sobredosis. El alcohol es una droga que mata, rompe corazones, destruye hogares, separa familiares y ahuyenta amistades. Es la misma muerte en vida, y lo peor y más triste es que solo sucede por no ponerle el ojo a tiempo.

*Empresario.lifeblends@cableonda.net