28 de Nov de 2022

  • Redacción Digital La Estrella

Columnistas

El día de los cerezos en flor

El domingo 30 de marzo de 1980 los salvadoreños fueron a decir adiós, en la catedral de San Salvador, a su obispo mártir Oscar Arnulfo R...

El domingo 30 de marzo de 1980 los salvadoreños fueron a decir adiós, en la catedral de San Salvador, a su obispo mártir Oscar Arnulfo Romero, la voz de los sin voz. Fue el día de los cerezos en flor anunciando la primavera del Hemisferio Norte.

Fue un domingo soleado, caluroso, húmedo y tenso con mucha gente humilde vestida de limpio. Limpia el alma como limpios estaban sus bolsillos. Era un “ entierro de mi pobre gente pobre ”, como lo canta Cheo Feliciano.

Es cierto que faltaban 15 minutos para el mediodía. Por el golpe de gente que la iglesia esperaba, las honras fúnebres se organizaron en el atrio para que todos pudieran participar. De todos los puntos, columnas de gente habían caminado hacia la catedral donde retumbaba a intervalos la última homilía de monseñor Romero con la que firmó su sentencia de muerte: « En nombre de Dios, pues, en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más, les suplico, les ruego, les ordeno, en nombre de Dios: cese la represión ».

El rito avanzaba bajo tensión cuando de pronto algo explotó sobre la muchedumbre en la calle que daba a un costado del Palacio Nacional. La batahola no se hizo esperar. Todos corrieron sin un rumbo fijo a buscar refugio. Fue una inmensa ola humana que comenzó a agolparse en cada centímetro libre de la catedral y en cada parapeto disponible. Afuera los gritos. Adentro el llanto nervioso de los que habían perdido contacto con sus familiares o acompañantes. El tiempo se hizo tan largo que quienes estábamos en la iglesia perdimos la noción de los segundos, minutos y horas hasta que retornó la tensa calma.

Luego, salir fue toda una odisea. Largas columnas de uno en fondo, con las manos en la cabeza, abandonaron los predios mientras alguien se tomaba el trabajo de apilar todos los zapatos extraviados en una pequeña montaña que todavía hoy me pregunto para qué. ¿Cuántos murieron entonces?, ayer como hoy, me insisto intrascendente porque nadie debió morir. ¿Cómo murieron? Muchos aprisionados contra los barrotes de la catedral. Otros pisoteados en las escalinatas.

El asesinato del padre Rutilio Grande estremeció a Romero. El asesinato del arzobispo Romero estremeció al mundo hasta que la paz pudo sellarse, 12 años después, en una ceremonia histórica en el Palacio de Chapultepec, en México, a la que el destino profesional también nos permitió cubrir cerrando un ciclo que ojalá no se vuelva a repetir.Este recuerdo rinde homenaje a monseñor Romero y, en su memoria, aplaudo el gesto del presidente Funes de reconocer la responsabilidad histórica del Estado por su magnicidio como un acto de justicia política al hijo del telegrafista nacido en Ciudad Barrios.

*Periodista.joseh@cableonda.net