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28 de Mar de 2020

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

De embudos y ministerios de seguridad

Hace poco un alto funcionario estadounidense llamó la atención pública sobre una realidad que a la mayoría de los panameños pasa complet...

Hace poco un alto funcionario estadounidense llamó la atención pública sobre una realidad que a la mayoría de los panameños pasa completamente desapercibida, a pesar de que nos salpica de sangre a un ritmo cada vez más creciente: Panamá es la parte más estrecha de un embudo por el que circulan, entre el Sur y el Norte del Hemisferio, flujos delictivos de inmenso poder. Por simples leyes de la dinámica, si en el punto más ancho del embudo hay turbulencias, en su parte más angosta, la más débil estructuralmente, se están acumulando presiones de un poder destructor inimaginables. La experiencia de nuestros vecinos predice nuestro futuro.

Falso, dijeron unos. Sabrá Dios si es verdad, dijeron los más ingenuos. De aquel fogonazo, parece que solo germinó la incredulidad que fue rápidamente aderezada con exclamaciones destempladas de patrioterismo barato: ‘¡Ya vienen los gringos con sus pendejadas para justificar bases militares!’. El resto lo hizo el silencio de nuestros medios de comunicación, prestos a chotear y a darle vuelta a la hoja. Como fuego calcinante, el silencio consumió la advertencia.

Pero esa realidad sigue allí, crece, se afianza, su vaho se siente por encima del fragor de los goles del mundial y los del patio y allí seguirá, enconando, pudriendo nuestra economía, con el aroma embriagador del mango maduro. Pero pudriéndose.

Cabe preguntarse por qué los de afuera ven con claridad esa realidad y nosotros no! Pudiera aducirse que sufrimos de una ceguera histérica: los panameños no queremos verla porque nos causa horror. No soportamos verla. Pero pudiera también aducirse que la sordera —que se ha sumado a la ceguera y a la incapacidad de oler— es ya el síntoma maligno del vórtice de un remolino de poder criminal que amenaza con engullirse a trozos el tejido nacional y luego de un golpe, el Estado. ‘Si la economía va de maravilla, dejemos las cosas tranquilas. Que nadie alborote el avispero. Vean a México’, dicen. ¡Quietos izquierdistas alborotadores!

Pero pasar de menos de 300 homicidios en el peor año del quinquenio pasado a 419 solo en el primer semestre de este año, nos indica que algo se hizo mejor antes que ahora. Y por Dios, no se trata de reivindicar nada ni de criticar por deporte electorero. Parafraseando a Monsiváis, se preocupa y alerta quien está informado. Pero actúa quien tiene la responsabilidad institucional y quien dispone de toda la información y las herramientas de poder legítimo y legal para sonar las alarmas, para incentivar los consensos y los acuerdos plurales que hagan posible instrumentar oportunamente las herramientas para hacerle frente a la mayor amenaza a la seguridad nacional de los panameños: el crimen organizado.

Me produce estremecimiento solo el pensar que este descalabro de la seguridad pública pudiera tener su origen en un desarreglo resultante de la infiltración del crimen organizado en nuestra institucionalidad. Pero confieso también que me deja seco pensar que es más el resultado de la chatura intelectual y de la pobreza doctrinal. La primera la podemos ganar; la segunda la tenemos perdida de arranque.

Con la infiltración, podemos lidiar, siempre que cumplamos tres condiciones estratégicas: recolectar inteligencia, analizar la inteligencia y entregar la inteligencia al operador. Asumamos que haya decisión, firmeza y valentía. Asumamos —presunción lastimosamente negada por los hechos— que esa inteligencia es profesional y apolítica. Aún así, la lucha contra la infiltración es una tarea dura e ingrata, a momentos desmoralizante, pero es una condición sine qua non para contener, detener y revertir la metástasis del crimen organizado. La guerra sucia es una maldición que deriva en una vorágine que se traga a sus mandantes y ejecutores. Colombia no ha parado de desangrarse, aunque la hemorragia esté contenida. Esas heridas no cicatrizan.

Por paradójico que suene, el segundo origen de este descalabro es más difícil de resolver, porque no hay peor ciego que el que no quiere ver ni peor sordo que el que se rehúsa a escuchar. Es una ingenuidad, para decirlo suave, pensar que organizando un ministerio de seguridad se ha dado un paso decisivo y demoledor en la lucha contra el crimen organizado, como le escuché a nuestro presidente afirmar en su balance de año.

Los militaristas que están detrás del diseño final del Ministerio le convencieron de que solo acumulando poder de fuego se puede enfrentar al crimen organizado. Craso error. No los caracterizo como tal para descalificarlos. Lo hago para poner en evidencia que es mucho más valiosa una auténtica matriz doctrinal policial como misión de esa institución, como más útil es un diagnóstico bien fundado intelectualmente del fenómeno del crimen organizado. Quien lidia profesionalmente con este problema sabe que hay cuatro ejes cardinales —valga la licencia— que hay que descardinar: dinero, armas, droga y corrupción.

Si se revisan someramente los informes de las agencias que luchan contra el crimen organizado, se encontrará la evidencia clara de que más dinero, más armas y más drogas pasan ‘legal y formalmente’ por nuestra aduana corrupta que los que circulan por los canales informales en la panza de ‘camellos’ o en las ‘fajas y maletines’ de los pasajeros.

¿Quieren de veras descardinar el crimen organizado? Péguenle a su dinero sucio y al lavado en las montañas de cemento que ‘embellecen’ la ciudad; péguenle a los contenedores de dinero, armas y drogas que pasan bajo nuestras narices por nuestros puertos y aeropuertos; péguenle a la corrupción.

Dicho en breve: No tiene ningún sentido un Ministerio de Seguridad Pública que no tenga como sus dependencias estratégicas Aduanas y Migración. Y de paso: No se les ocurra nombrar un uniformado ni ex uniformado como ministro, porque ese día se habrá reconstituido un poder fáctico autónomo contrapuesto al poder civil, que asumirá como su misión tutelar la precaria democracia que nos están dejando. ¡Y hasta allí llegó Matea!

*POLITÓLOGO.