Temas Especiales

04 de Mar de 2021

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

Rescate de la vida

En un mundo en el que importa más el precio del metal que el valor de la vida de quien desciende a las entrañas de la tierra a buscarlo,...

En un mundo en el que importa más el precio del metal que el valor de la vida de quien desciende a las entrañas de la tierra a buscarlo, los hechos del desierto de Atacama demostraron que una noticia no es siempre una mala noticia. Lo que vieron en la televisión cientos de millones de seres humanos fue el relato de un esfuerzo colectivo de salvamento. La decisión de todo un país, con ayuda del exterior, para salvar la vida. La conjunción de tecnología y trabajo en equipo. La vida misma latiendo con ansiedad y esperanza a 700 metros de profundidad y en la superficie.

El accidente de los 33 mineros del yacimiento de San José, en las cercanías de Copiapó, desnudó el otro rostro de Chile. El del increíble atraso de la industria nacional más poderosa. Los 33 son solo la cara visible de miles de chilenos. Quienes conocen su trabajo saben que los mineros se cuentan entre los hombres más humildes del planeta.

Cuando en Chile se habla de Atacama de inmediato se evoca el drama, la explotación y la muerte. Allí están las historias de mineros ametrallados a mansalva en masacres inconcebibles. El caso de Luis Urzúa, el responsable de la supervivencia y posterior salvación de los 33 mineros, es parte de esos relatos de terror. Su padre, al igual que su padrastro, ambos dirigentes de sindicatos mineros, fueron asesinados en 1973. Uno jamás fue encontrado, el otro fue sepultado en una fosa común.

Por eso fue doblemente dramático este viaje hacia el espacio interior de la tierra. En la patria telúrica de Gabriela Mistral, el presidente Sebastián Piñera tuvo que poner en su agenda el tema siempre olvidado de la seguridad laboral de los mineros. El gobierno y el sector privado gastaron en el rescate de los 33 mineros lo que nunca destinaron para su salud, educación o seguridad laboral. Pero también los medios de comunicación se vieron obligados a darles la atención que solían mezquinarles.

El caso de San José, que pudo inscribirse como una tragedia más en América Latina, es una historia de cómo 33 mineros fueron librados de una agonía espantosa. La esperanza se impuso a la fatalidad. El rescate fue un triunfo de la voluntad, la solidaridad, la inteligencia y la tecnología. Sin la electrónica, la fibra óptica, los avances en las telecomunicaciones, la medicina y la sicología que permitieron encontrarlos y sostenerlos mientras se organizaba el rescate, los mineros habrían muerto enterrados bajo miles de toneladas de piedra.

La de los 33 mineros es una hazaña que redime al hombre. El heroísmo individual o de algunos hombres engrandece a todos. Fue un triunfo del hombre sobre sus límites.

El planeta asistió a una narración inolvidable sobre el valor de cada vida humana. Ante los ojos perplejos y llorosos del mundo se desplegó una clase magistral de solidaridad, para sacudir a la Humanidad y despertarla acerca de su fragilidad y de que solo puede mantenerse en pie por medio de la fe y la esperanza.

Fue una experiencia ejemplar que sorprende en un mundo donde no abundan los mejores ejemplos. Quedó estampado un ejemplo de unidad en la acción, trabajo en equipo, conducción en medio de una crisis, entereza en la adversidad, constancia y, por sobre todo, profundo respeto por el valor de la vida.

Es como si las experiencias extremas fueran necesarias cada tanto para que los seres humanos sean nuevamente percibidos dentro de una escala total de valores. Como los mineros, hay prioridades enterradas a 700 metros de profundidad que mandan señales de vida. Pero hay quienes siguen atrapados en prejuicios, individualismo, indiferencia y avaricias. Se encierran en su mente, sumidos en la oscuridad a pleno sol.

Hay que recordar que en los primeros 17 días no hubo indicios de vida en las profundidades de la mina. Fue la fortaleza y temple de los 33 mineros, capaces de sobrevivir en condiciones extremas, lo que los mantuvo con vida. Fue impresionante la travesía experimentada en su lucha contra la muerte. Fueron tragados por las entrañas del infierno, pero volvieron a nacer.

Lo que se alzó desde el desierto de Atacama, al igual que el espectáculo florido que producen una vez al año unas pocas gotas de rocío, es una lección de vida. Una prueba de que cuando el ser humano se une a favor de la vida, cuando ofrece conocimiento y esfuerzo al servicio de la vida, la vida responde con más vida.

*PERIODISTA Y DOCENTE UNIVERSITARIO.