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26 de May de 2020

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

Cuando los ricos te estafan

Corre siempre en las mentes de los ciudadanos una especie de adagio que trata de racionalizar las aspiraciones políticas o presidenciale...

Corre siempre en las mentes de los ciudadanos una especie de adagio que trata de racionalizar las aspiraciones políticas o presidenciales de un hombre de dinero

Como quiera que la angustia nacional sea que los presidentes que suben tienden a desatender los fines políticos por alcanzar los objetivos del enriquecimiento, quien ya sea un hombre rico o acaudalado no debería tener ese defecto.

Nuestra lógica mental nos hace pensar que quien tiene dinero no necesita robar, por lo tanto, su gestión de gobierno será más transparente.

Robar o no robar. Enriquecerse de las arcas públicas o aprovecharse del poder para hacer negocios no tiene nada que ver con la condición de rico o de pobre. Tiene que ver con conductas éticas. Ser pobre o tener necesidades primarias por satisfacer no te da la justificación para robar. La carencia de dinero para un pobre es por su valor de intercambio. Lo necesita para satisfacer necesidades concretas.

Pero hay otro complejo que crea el dinero. Es cuando se convierte en el objeto de deseo por sí mismo. Se sustituye la felicidad concreta por una felicidad abstracta. Es decir, la generación de felicidad es de por sí el propio acumulamiento. Pero qué es lo que se acumula, sino un pedazo de papel o unos ‘bits’ de computadora, que en sí carecen de valor alguno, no se comen, no se beben, no te nutren, pero es la forma de definir el valor.

Es decir, siendo el valor con el cual se miden todos los otros valores es el símbolo más puro.

El rico, o el que ha dedicado toda su vida a acumular dinero, ha creado su propia religión. Su carencia lo ha llevado a enfocar su vida en el deseo de ese puro valor. El rico nunca siente que tiene suficiente. Siempre trata de suplir su carencia hasta que desaparezca. Lamentablemente esa carencia no se satisface. Te deja permanentemente hambriento, porque no se satisface con lo que lo alimentas. La carencia humana es existencial y está ligada al ego .

Por ello, casi todas las religiones sienten una aprehensión con los ricos. No es tanto porque lo consideran un pecado. No es malo ser rico. Ojalá todos pudieran ser ricos.

Lo que se enuncia en los textos religiosos es que el dinero no te lleva al paraíso o a la vida eterna. En otras palabras, quien considera que el dinero redime, se equivoca. Necesitará de otras ejecutorias adicionales más allá de la acumulación.

El dinero tiene la posibilidad de convertirse en la religión de los seres humanos. Algunos estudiosos señalan que es la religión de la modernidad. Todo tiene un precio o valor en dinero. ‘Cuanto más valoramos el dinero más lo usamos para evaluarnos’, nos dice el filósofo Zen, David Loy.

Para quien la vida ha estado focalizada en hacer dinero y más dinero no es un determinante para que el salto a la política signifique un cambio de rumbo o de dirección. Esto exigirá en el sujeto una transformación iluminadora.

La vida nos ha enseñado esto en figuras como Pablo de Tarso, Gautama Buda, Asoka. Son casos excepcionales de aquellos que cuando entran en la drogadicción del dinero pueden romper su fuerza opresora para encumbrarse en otros estadios de la vida humana o desviar sus energías hacia el bien de los demás.

Esta columna fue publicada el 29 de junio de 2009 en El Siglo, en la Bitácora del Presidente.

*PRESIDENTE DE LA ESTRELLA Y EL SIGLO.