Temas Especiales

21 de Apr de 2021

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

Los pecados de omisión

Existe una parábola en la Biblia en donde Jesús hace un llamado a la vigilancia, así como a la responsabilidad de los dones y las gracia...

Existe una parábola en la Biblia en donde Jesús hace un llamado a la vigilancia, así como a la responsabilidad de los dones y las gracias recibidas. Y nos dice que un hombre rico se marchó a su tierra y, antes de partir, dejó a sus siervos todos sus bienes para que los administraran y les sacaran rendimiento. A uno le dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno, a cada cual según su capacidad.

El talento era una unidad contable que equivalía a unos cincuenta kilos de plata, y se empleaba para medir grandes cantidades de dinero. En tiempos bíblicos, el talento era equivalente a unos seis mil denarios; un denario aparece en los Evangelios como el jornal de un trabajador del campo. Aún el siervo que recibió menos bienes (un talento), obtuvo una cantidad de dinero muy grande. Una primera enseñanza de esta parábola es que hemos recibido bienes incontables de parte de Dios.

Se nos ha dado, entre otros dones, la inteligencia, el tiempo y bienes materiales, todos para que nos sirvan de instrumento para sacar adelante obras buenas, a favor de la familia, de la sociedad, de los más necesitados. En otro plano, incomparablemente más alto y de más valor, hemos recibido la vida, una herencia de la que nos pedirán cuenta al final de nuestros días. Es decir, no somos dueños sino administradores de unos dones divinos.

De nosotros se espera una bien administrada hacienda y un buen rendimiento de lo recibido. Y el premio será inmenso: esta parábola enseña que lo mucho de nuestra vida en la tierra, es poca cosa en relación con el premio del Cielo. Así actuaron los primeros dos siervos, cuando hicieron buen uso de sus talentos y ganaron la felicidad eterna.

El tercero de los siervos, por contraste, enterró su talento en la tierra y no negoció con él: perdió el tiempo y no sacó provecho. Su vida estuvo llena de omisiones, de oportunidades no aprovechadas, de bienes materiales y de tiempo malgastados. Fue su existencia un vivir inútil en relación con lo que realmente importaba; quizá estuvo ocupado en otras cosas, pero no llevó a cabo lo que realmente se esperaba de él.

Enterrar el talento que nos han confiado es tener capacidad de amar y no haber amado, poder hacer felices a quienes están junto a nosotros y dejarlos en la tristeza y en la infelicidad; tener bienes y no hacer el bien con ellos; poder hacer productivos los fines de semana para cultivar la amistad y dejarse llevar de la comodidad y del egoísmo en un descanso parrandero. Sería triste en verdad que, mirando hacia atrás, contempláramos una gran avenida de ocasiones perdidas y que viéramos improductivas la capacidad que nos han dado por pereza, dejadez o egoísmo.

Hay que convencerse de que no basta ni es suficiente no hacer el mal, sino que es necesario negociar el talento y hacer positivamente el bien. Para el estudiante, hacer rendir los talentos significa estudiar a conciencia, aprovechando el tiempo con intensidad, sin engañarse neciamente con la ociosidad de otros, ganando buenas notas con constancia y esfuerzo. Para el profesional, hacer rendir los talentos significa realizar un trabajo ejemplar, intenso, en el que se tiene presente la puntualidad y la productividad. Para el funcionario público, hacer rendir el talento sería actuar con transparencia, servir al país con honestidad, dar la milla extra y no aprovecharse de su despacho para realizar negocios turbios. Dios espera igualmente una conducta intachable de nuestros gobernantes, para que se apeguen a las leyes, al respeto a la vida, la educación, la familia, etc.

Poner en juego los talentos recibidos abarca todas las manifestaciones de la vida personal y social. Hemos de ejercitar esas cualidades en la iniciativa para vencer falsos respetos humanos y provocar una conversación que anima a nuestros semejantes a mejorar en su vida espiritual o profesional, en su carácter o en sus deberes familiares. Miremos si verdaderamente nos sentimos administradores de los bienes divinos que nos han confiado, si sirven para el bien o si, por el contrario, los empleamos en compras inútiles, innecesarias o incluso perjudiciales.

No sabemos hasta cuándo se prolongarán esos días que forman parte de los talentos recibidos. Pero mientras tengamos vida, asegurémonos de que en cada jornada saquemos mucho rendimiento a los dones que se nos han puesto en nuestras manos.

*EMPRESARIO.