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01 de Jun de 2020

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

Institucionalidad: ¿defender qué y para qué?

En días pasados aproveché una tarde sabatina asistiendo a interesante foro organizado por la Fundación por el Panamá que queremos, con e...

En días pasados aproveché una tarde sabatina asistiendo a interesante foro organizado por la Fundación por el Panamá que queremos, con el nombre que lleva el título de esta contribución. Para contestar la pregunta ‘¿defender qué?’, es obligante primero saber de qué estamos hablando.

La institucionalidad es mala o buena, según el gusto de cada quien, de cada pueblo, o del sistema de gobierno que favorezcamos o toleremos. Para nosotros es mala la institucionalidad de un sistema totalitario, de izquierda o de derecha; es buena la de un sistema democrático. Mediante su análisis determinamos la calidad de instituciones que tenemos, y también el talante de nuestras decisiones éticas. Así sabemos cuán débil o fuerte se encuentra nuestra institucionalidad y si en realidad ésta corresponde a la de un sistema democrático maduro. Uno, que presupone la existencia del Estado de Derecho, que requiere de ciertas reglas para funcionar en forma adecuada. En un sistema republicano, como el nuestro, el Estado está conformado por tres órganos con roles distintos, que deben actuar en forma independiente, pero en armónica colaboración.

Tenemos instituciones como la Corte Suprema de Justicia, la Contraloría General de la República, el Ministerio Público y el Tribunal Electoral, cuya institucionalidad debemos defender para tener un sistema de justicia confiable, blindado contra la impunidad, garante de la seguridad jurídica; para que los recursos públicos se utilicen prudentemente; para que la Ley sea aplicada en forma firme e imparcial, con certeza del castigo; para el perfeccionamiento de los partidos y el mejoramiento de la sociedad política. La democracia requiere de partidos que no sean electoreros y practicantes del clientelismo político, sino que inviertan en capacitación política de sus militantes, sobre todo en ética política y fomento de la vocación de servicio; una sociedad política conformada por personas que entiendan la política como la gran oportunidad de servir al bien común a través de la política, y no como la gran conveniencia de servirse de la política.

Importa también defender la institucionalidad misma del Estado de Derecho, para que en realidad exista separación de poderes, sistema de pesos y contrapesos, transparencia y rendición de cuentas, libertad de expresión y asociación.

Por todo lo anterior es importante una institucionalidad formal sólida, con pilares fuertes. Pero para ello hay que trabajar en fortalecer primero la institucionalidad informal. Esta última tiene que ver más con el pensar y actuar de los actores que inciden, para bien o para mal, en la calidad de la institucionalidad formal que podamos tener. Esos actores somos todos, principalmente quienes están o pretenden estar en posiciones de liderazgo. Me refiero a malos hábitos que llevan a decisiones equivocadas, por ilegales o inmorales; y a actores de todos los sectores de la vida nacional.

Ejemplos de cómo el mejoramiento de la institucionalidad informal fortalece la institucionalidad formal abundan. Se trata de adoptar la decisión correcta al nombrar personas probas, competentes, meritorias y con independencia de criterio, en instituciones como las señaladas párrafos atrás; al mantener como regla y no excepción los procesos abiertos y transparentes de selección de contratistas; al abrazar la participación ciudadana y el diálogo como el mejor mecanismo para encontrar las soluciones más acertadas y beneficiosas, y la concertación como la mejor forma para perfeccionar políticas públicas y construir, entre todos los sectores, una visión compartida del país que queremos; al fomentar la cohesión social y evitar la ruptura del pacto social; al ser tolerantes ante la crítica y opiniones distintas entre panameños, y evitar a toda costa utilizar el poder político, económico o de cualquier índole, para intimidar o ganar ventajas; desde el sector privado, al privilegiar la solidaridad sobre la indolencia, el involucramiento y participación sobre la indiferencia; desde los medios de comunicación, al utilizar correctamente y en forma conjunta ese enorme poder para transformar la cultura de violencia, en una de paz.

Luego entonces, si mejoramos la institucionalidad informal a través del actuar ético, en esa medida tendremos los actores correctos en los distintos sectores de la sociedad panameña (incluido por supuesto el sector público), quienes en virtud de las decisiones acertadas facilitarán el fortalecimiento de la institucionalidad formal.

La institucionalidad informal se nutre sobre todo de la educación, el ejemplo y el fortalecimiento de la más importante de todas las instituciones: la Familia. Es esto fundamentalmente lo que nos permitirá combatir con efectividad y sostenibilidad nuestros principales apremios, entiéndase pobreza y desigualdad, y lograr un desarrollo y crecimiento económico con equidad social, hacia la prosperidad y el Estado de bienestar.

Una vez logremos mejorar así la calidad de la institucionalidad formal la misma será, como en las sociedades maduras, garante de una institucionalidad informal de calidad.

No nos engañemos. El cambio no solo lo debemos esperar de los actores de turno en la esfera de lo público—político. El cambio debe darse en todos los sectores, con miras a la sociedad buena que anhelamos.

*EX PRESIDENTE DE APEDE.