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21 de Jan de 2020

Harry Castro Zachrisson

Columnistas

Enfermos que nos gobernaron

A los ciudadanos nos asiste el derecho a conocer la salud pública de nuestros gobernantes

‘Nos han hablado de la nariz de Cleopatra. Nada nos han dicho de las hemorroides de Richelieu’.

A los ciudadanos nos asiste el derecho a conocer la salud pública de nuestros gobernantes. Es deber del primer mandatario de un país ser leal con quienes lo eligieron y expresarles la verdad en temas que afecten su desempeño.

Digo esto, porque hay corrientes de pensamiento que piensan lo contrario; que a los gobernados no les asiste el derecho de indagar sobre el estado de salud de quienes nos gobiernan, que este asunto debe tratarse con estricta confidencialidad convirtiéndolo en un tema vedado.

No comparto esta tesis y quienes pretenden proteger la intimidad de nuestros mandatarios, actúan con intereses mezquinos. No debe mantenerse bajo llave el historial clínico de quienes nos gobiernan, pues si bien es cierto que estar enfermo, merece respeto y consideración, no es menos cierto que un presidente enfermo no puede cumplir con el mandato constitucional.

Esto es un tema que se debate hace años y los gobernantes modernos han manejado este grave problema de salud de cara a la opinión pública sin mayores tabúes. Ejemplos recientes abundan, Santos en Colombia, Kirchner en Argentina, Chávez en Venezuela, que desbocaron ante la opinión pública de las enfermedades que adolecían, anteponiendo el interés general, al interés personal y es que lo que resulta ser es determinar si alguna enfermedad que padece un gobernante puede reducir sensiblemente la lucidez necesaria para la toma de decisiones trascendentales, que deben asumir con el manejo de las riendas de los países que gobernaron.

Antes se conocía poco y no se invadía la privacidad que merece todo ser humano. De esta forma se ocultaban a la opinión pública las graves dolencias de tantos mandatarios que gobernaron. Hasta que el escritor Pierre Accoce y el médico suizo Pierre Rentchnick revelaron, en un libro publicado en la década del 70, las enfermedades que padecieron muchos gobernantes, una gran contribución a la historia. Repasemos algunos gobernantes que hicieron historia, Franklin Delano Roosevelt, que sobrevivió una poliomielitis a los 39 años, quedando tullido de por vida, sufría de complicaciones cardiacas y vasculocerebrales; Woodrow Wilson, hipertenso, irritable, impulsivo y agresivo, era un neurótico que sufría de continuas depresiones y llevaba una sonda gástrica para aspirar las secreciones ácidas del estómago; Kennedy no era el candidato joven robusto que aparentaba ser cuando su elección; por el contrario, sufrió un accidente jugando rugby a los 19 años que le causó una fractura a un disco vertebral; se agrava, años después, cuando la lancha en que viajaba es torpedeada en Pearl Harbor. El neurótico de Nixon, que sufría de flebitis; el enfermo perturbado de Hitler sufrió de Parkinson, tuvo hepatitis y era hipertenso; el histérico exhibicionista de Mussolini era sifilítico y padeció de úlcera en el estómago.

Stalin y Lenin fueron dirigentes rusos víctimas de dolencias naturales, que arrastraron por largo tiempo; pese a la disminución física, no abandonaron por ello el poder, se aferraron hasta el final —idéntico a todos los poderosos que la prepotencia obnubila. Hoy, en la sociedad moderna, no es válido este tabú, se conoce más. Sabemos que a Chávez le extirparon un tumor en la zona pélvica y fue intervenido en varias ocasiones en La Habana antes de fallecer; que Préval de Haití fue operado de cáncer de la próstata; que el depuesto presidente Lugo del Paraguay de un cáncer no Hodgkin que alcanzó el estadio cuatro; a Lula le diagnosticaron cáncer de laringe, a Dilma Rousseff del Brasil, recibió quimioterapia para combatir un linfoma y Kirchner, padeció de colon irritable y úlcera gástrica antes de su muerte. Perón, a pesar de un infarto en el miocardio, no le impidió presentarse a la Presidencia en 1970, para convertirse en un cardiaco incapacitado, que le cedió el poder a su esposa.

Muchas decisiones se tomaron por hombres que ya se encontraban gravemente enfermos a la hora de hacerlo. Decía Freud que, aunque la historia esté salpicada de nombres de neuróticos, de psicóticos que han ascendido súbitamente a la cima del poder, por lo general, se han derrumbado con la misma rapidez.

Vemos pues muchos de los líderes que han asumido graves responsabilidades en medio de precarias condiciones de salud y que determinadas decisiones habrían sido distintas si estos mismos hombres de Estado se hubieran encontrado en buena salud.

ABOGADO