28 de Nov de 2022

  • Joaquín González J.

Columnistas

El Robledal en la plenitud de mis sueños

A mi parecer, el poemario ‘El Robledal en la plenitud de mis sueños’ constituye un verdadero acto de fe en el amor humano

Esta vez, con el sedante rumor de las aguas del río Caldera como complemento, he vuelto a leer el poemario ‘El Robledal en la plenitud de mis sueños’ de la Dra. Sydia Candanedo de Zúñiga, que, hace algún tiempo, ella gentilmente me obsequiara. Después de poner en orden las acotaciones sueltas que hice sobre su poemario, aquella tarde en Boquete, decidí escribir y compartir algunas reflexiones personales que me produjo la lectura sosegada de esta obra.

Empiezo por advertir la presencia, común en todo el libro, del persistente simbolismo del amor. Está allí, acurrucado algunas veces, como sublime juego onírico, como caja de resonancia de ese espíritu inquieto y anhelante que invoca en cada verso la presencia existencial de su amado.

Imagino que para los conocedores de la prolífica obra vanguardista de la Dra. Sydia Candanedo de Zúñiga, esta observación puede resultar bastante obvia, debido a la intención reiterativa sobre el tema, que en efecto, el conjunto de su vasta obra literaria revela.

Mas, pese a ello, me parece importante destacarlo, porque uno se conmueve al darse cuenta de que ese amor que destilan sus poemas no es palabra escrita sobre arena, sino jeroglífico tallado en roca.

A mi parecer, el poemario ‘El Robledal en la plenitud de mis sueños’ constituye un verdadero acto de fe en el amor humano. Su literatura logra convencernos de que ese amor de ambrosía personal, de que nos habla en sus versos la autora, está también allí, disponible al alcance de quien quiera, para ejercer en su nombre el derecho irrevocable y trascendente de seguir siendo humanos.

En la primera parte de la obra, se evidencia lo antes dicho y se tiene, además, una rápida visión ambiental y metafórica del título del libro, cuando Sydia nos dice:

‘... Amor mío, cada vez

que te recuerdo

tengo un suspiro en las sombras

que llora en mis desiertos

y un silencio me acompaña

en el robledal del bosque

de su flor rosada y blanca...’.

‘El motivo de mis sueños’.

En efecto, ese amor, que rezuman sus poemas, padece ciertamente de un exceso vital que lo hace saltar por encima de sí mismo y desentenderse de la medianía. En otras ocasiones, en cambio, nos sorprende con su aparente ausencia, pues el sublime amor se escabulle o parece estar oculto misteriosamente en los intersticios del poema.

Cuando ello ocurre, reaparece de pronto con más ímpetu. Otras veces, se descubre adherido, como gránulo de polen, al vigoroso lenguaje existencial de una sola palabra, exigiéndole el derecho a permanecer en ella.

‘... Siempre que encuentro un verso

es tuyo igual que tu beso

que me dio su miel y tu alma

en esa escalera antigua

donde estaba allí

tu beso...’.

El infinito beso (fragmento).

A la par, el dolor y la pena inevitable por la ausencia del ser amado, subyace también en su poesía, pero no por mucho, pues tras un leve respiro, el amor febril, retoma vida y florece como sutil paradoja en sus poemas, descubriendo, una y otra vez, la hermosa verdad que se encuentra en la naturaleza y constituye, al final de cuentas, la propia esencia de la vida.

‘... ¡Qué enigma de mi ser

ante la ausencia tuya, amado!’.

Concierto (fragmento).

Sus poemas revelan que el tiempo cronológico del vivir pasado no es lo que más importa, sino el tiempo anímico. En especial ese, en el que el ser se identifica con su propia humanidad, cuando todo parece estar en contra de ello.

Es posible que en general, la poesía y otras formas del arte sean uno de los pocos reductos que todavía desempeñan esa función primordial de unir al ser humano con un sentido trascendente de la vida, del universo y de su propio estar en el mundo.

En las cuevas de Altamira, es probable que los primitivos chamanes dibujaban aquello que luego iban a hacer, como un modo de convocar el futuro, para que éste se cumpliera favorablemente. Muchos poetas continúan reconociéndole al poema esa función convocatoria: un canto o parlamento, capaz de conjurar otros mundos posibles, otras realidades.

‘... Y aunque el amor se muera,

no rompamos la trenza

del alma que se aleja

y hagamos de este mundo

abrazos amorosos

en el cendal que llega’.

A la luz del cendal (fragmento).

Es evidente que para Sydia Candanedo de Zúñiga no hay barreras infranqueables. Entiende que no hay tema prohibido al escribir poesía. El motivo simplemente es una excusa que termina sucumbiendo por completo a la presión de su amor.

‘En el vaivén del pensamiento

veo una rosa caer pétalo a pétalo

cuando su tristeza descolorida

se esfuma en el aire y en el tiempo’.

Rosa del alma (Fragmento).

La definición conocida de Bécquer: ‘poesía eres tú’, cobra vigencia en todo su esplendor, cuando Sydia nos dice:

‘No sé si soy yo

siquiera

un instante que habla,

porque mi canto

es tuyo...’.

Soy y no soy (fragmento).

Finalmente, reitero lo que una vez dije en anterior escrito, refiriéndome a la vigorosa personalidad y exquisita sensibilidad estética de la Dra. Sydia: ‘No es maga de un solo truco’. Por ello, doy por descontado que seguirá sorprendiéndonos con mucho más de su extraordinario caudal lírico. En hora buena por ello, ruego a Dios que así sea.

ESCRITOR