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18 de Jan de 2021

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Mireya Lasso

Columnistas

El papa Pancho y la mujer paraguaya

Sus contundentes palabras obligan a repasar un capítulo conmovedor de la historia del Paraguay para calibrar esa especial admiración.

En el Santuario de la Virgen de Caacupé el papa Francisco recientemente tuvo expresiones de admiración por las mujeres paraguayas, refiriéndose a ellas como ‘las más gloriosas y heroicas' por ‘haber defendido la fe y la cultura de un pueblo diezmado por la injusticia de los intereses internaciones, haciéndole renacer de las cenizas'. Durante su vida sacerdotal ya había manifestado esa admiración, inclusive cuando deseó que ‘algún día' el Comité del Premio Nobel le otorgara el dicho Premio por su heroicidad.

Sus contundentes palabras obligan a repasar un capítulo conmovedor de la historia del Paraguay para calibrar esa especial admiración.

El Paraguay de mediados del siglo XIX era un país que gozaba de estabilidad política y de cierta prosperidad económica. Gracias al fomento de la educación, tenía un alto índice de alfabetización, logrado con maestros extranjeros. Gracias al estímulo a la agricultura y a la industria, producía madera, tabaco, algodón, papel y tejidos, que podía exportar; pero dependía del acceso al océano por ríos navegables que atravesaban territorios de países competidores por el mismo mercado.

Fue pionero en Suramérica construyendo la primera vía férrea, el primer barco de vapor con casco de acero, y la primera fundición de hierro. Fundó el telégrafo y exigió la enseñanza de medicina y arte.

Complejos intereses geopolíticos y del comercio continental y extracontinental, movieron a Brasil, Argentina y Uruguay a conformar la Triple Alianza para declarar la guerra al Paraguay en 1864. Luego de seis años el resultado del conflicto bélico fue previsible: el último reducto de héroes sin armas, municiones, heridos, enfermos, hambrientos y extenuados fue aniquilado en la masacre de Cerro Corá.

Madres, esposas, hijas, hermanas, enfermeras, madrinas, espías desempeñaron un papel preponderante, tanto en la retaguardia para alimentar y vestir las tropas y curar heridos, como empuñando armas en los frentes de batalla luchando con determinación en defensa del territorio y de la dignidad nacional. Hasta que sucumbieron también en Cerro Corá. Son las llamadas ‘residentas', simbolizadas por una mujer vestida en harapos, con un niño tomado de la mano, un hombre muerto a sus pies y unos guiñapos de bandera.

Al finalizar la guerra la nación había perdido una tercera parte de su territorio a manos de Brasil; y el 80 % de su población, incluyendo casi toda la masculina. De aproximadamente millón y medio de habitantes antes de la guerra, sobrevivieron 250 000 mutilados de guerra, ancianos, mujeres, niños. Según historiadores solo 14 000 eran jóvenes varones.

Los seis años de conflicto desarticularon todas las instituciones del país y la tarea de la reconstrucción dependió del esfuerzo de la mujer. No solo la generación de nuevos ciudadanos para reponer la población diezmada, sino las labores del hogar, las agrícolas y las económicas: cultivar la tierra, recoger las cosechas y venderlas, administrar haciendas, educar hijos, edificar valores. Estas heroínas se simbolizan en las ‘reconstructoras', representadas en una mujer sin rostro, con un niño y una pala en mano.

Panamá ha contado con un sinnúmero de mujeres igualmente heroicas que supieron defender con decisión a la patria y apoyar a sus cónyuges en momentos difíciles. Para nombrar solo algunas cuyos actos son conocidos: Rufina Alfaro, María de Amador, Ana Matilde Linares, Dorita Moreno, las integrantes de la Cruzada Civilista de 1988, la cacica ngäbe Silvia Carrera.

Razón tenía Eleanor Roosevelt cuando alguna vez sentenció que ‘las mujeres son como sacos de té; nunca sabes cuán fuertes son hasta que las pones en agua caliente'. Razón le sobra al papa Pancho por admirar a la histórica mujer paraguaya por su temple, sus virtudes y su valentía.

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