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30 de Jun de 2022

  • Oscar Vargas Velarde

Columnistas

En el centenario del fallecimiento de Carlos A. Mendoza

Nació y vivió hasta su muerte en el barrio de Santa Ana, aun cuando se desempeñaba en el Gabinete o en la Presidencia

En el centenario del fallecimiento de Carlos A. Mendoza
En el centenario del fallecimiento de Carlos A. Mendoza

Hoy, 13 de febrero de 2016, se cumple el centenario del fallecimiento inesperado del doctor Carlos A. Mendoza, el último gran conductor liberal surgido de las entrañas del arrabal capitalino que, como autor del Acta de Independencia, ministro de Justicia, secretario de Hacienda, redactor del Código Civil, presidente de la Comisión Codificadora y presidente de la República, contribuyó significativamente al establecimiento de las bases esenciales de la República.

El doctor Mendoza como dirigente popular fue la personificación del epítome de los Mendoza, los Correoso, los Iturralde, los Aizpuru y los Ruiz, esclarecidos hijos de nuestro pueblo; nunca olvidó ni renegó de sus orígenes humildes; abogó por la reivindicación de los indígenas y de los sectores menos favorecidos de la sociedad; ‘fue ante todo, un símbolo de los depauperados, a quienes enjugó llanto y abrió corazón como una corola milagrosa', bien expresó don Miguel Ángel Ordóñez.

Nació y vivió hasta su muerte en el barrio de Santa Ana, aun cuando se desempeñaba en el Gabinete o en la Presidencia de la República, con el que se complementaba ‘en una especie prodigiosa', ‘integración perfecta del caudillo y el medio en que se agita', tanto en los momentos en que fulguraban ‘los destellos de aquella inteligencia excelsa', cuanto llegaba ‘la hora gris de los infortunios y las incomprensiones', también aseguró el licenciado Ordoñez.

Su talante fue invariable con los suyos, sus conciudadanos, su organización política y su país, dado que su mayor virtud fue la lealtad, ‘Lealtad absoluta para con sus amigos; lealtad para con su Partido; lealtad para con la Patria', como reconocía noblemente el doctor Eusebio A. Morales.

Perteneció a esa trilogía sin paralelo en el tiempo y en el espacio, formada con el doctor Belisario Porras y el doctor Eusebio A. Morales, que se forjó al calor de la defensa de la vida humana y la libertad individual, del libre juego de las ideas políticas, del sufragio efectivo y de la democracia republicana, del ejercicio de la abogacía, de la tribuna, de la prensa, de la lucha partidista, de los campos de batalla y de la administración del Estado.

Los doctores Mendoza y Porras fueron enaltecidos con la Primera Magistratura de la Nación. Mendoza, segundo designado, prócer de la Independencia, fue llamado a ejercer el cargo debido a muerte del presidente José Domingo de Obaldía y fue el primer liberal de la era republicana elevado al Palacio Presidencial. Porras —quien no creyó desde julio de 1903 que debíamos separarnos de Colombia, porque caeríamos bajo el control estadounidense, hasta que en 1904 aceptó los hechos consumados— fue elegido en dos oportunidades (una por el voto indirecto y otra por el voto directo del electorado) y en su condición de primer designado prácticamente completó el periodo que dejó vacante la muerte del presidente Ramón Maximiliano Valdés. Al doctor Morales, la reforma constitucional de finales de la década del diez, que lamentablemente quedó frustrada, procuró allanarle las amplias alamedas hacia la Presidencia de la República.

Hijo del doctor Juan Mendoza y sobrino del doctor Mateo Iturralde, por su estirpe y por mérito propio no podría jamás escamoteársele sus excelsas virtudes. Si bien no fue un caudillo al estilo del doctor Porras ni un ideólogo o pensador al estilo del doctor Morales, fue en cambio luchador perspicaz, bizarro y sin pausa, dirigente cabal, brillante orador, jurista destacado, organizador del sistema de justicia y del sistema jurídico, en fin, un organizador del Estado panameño; un político de tradición y profesión —de aquellos que sinceramente se someten al juego democrático para alcanzar el Gobierno y como estadistas velan sin dobleces por el bien común—, y un liberal de pura cepa, digno vástago del liberalismo radical abrazado por su padre, su tío y otros patricios santaneros como el general Buenaventura Correoso, el general Rafael Aizpuru y el general Benjamín Ruiz, así como también por notables estadistas colombianos como los doctores Florentino González, Manuel Murillo Toro, José María Rojas Garrido, Salvador Camacho Roldán y Santiago Pérez, los generales Santos Acosta y Santos Gutiérrez, y don Aquileo Parra.

Su existencia terrenal, su entrega a la causa republicana, su devoción por la causa del Partido Liberal y sus aportes indiscutibles reservados a consolidar la Nación, deben verse en función de que fue gran liberal, gran panameño y, por lo tanto, ser humano superior, de aquellos que son como los grandes cuerpos celestes —bien expresó Napoleón Bonaparte— que aparecen de vez en cuando en el firmamento y con su brillo alumbran un momento en la historia de la humanidad; en este caso, para brindar luz a la humanidad panameña, colombiana y latinoamericana.

ABOGADO