Temas Especiales

01 de Dec de 2020

Norma Núñez Montoto

Columnistas

Ganar la guerra sin perder la memoria (II)

‘Es un respiro profundo, doloroso, caliente; es, ..., el inmemorial dolor profundo de parto de Joaquina Herrera de Torrijos...'

O mar consolidaba el frente interno— Mientras tanto, Omar siempre procuraba tomarle el pulso al pueblo en torno a las decisiones que asumiría y sabía afectarían su vida de manera concluyente. Por eso, cuando llegó a Washington ese lunes, ya se había reunido con la Asamblea de Representantes de Corregimientos en Sesión Extraordinaria, ante quienes se presentó con el equipo de negociadores de los Tratados, con el presidente de la República, ingeniero Demetrio Basilio Lakas y su vicepresidente Gerardo González, para informar y escuchar opiniones en torno a los Tratados que se firmarían en septiembre.

Su voz atávica, por la magnitud del mensaje que traía, procuraba resumir más de setenta años de lucha generacional. Le hablaba a los representantes de corregimientos, que yo resumo en la figura de Héctor Rodríguez, un humilde e inteligente agricultor extraído de los asentamientos campesinos de Capira, y a quien Omar se llevó a Washington para que plasmara en su pupila y en su memoria todo lo que ningún periodista podría describir.

Frente a Héctor, Omar hablaba a Panamá, América y al mundo, reiterando que ellos sabían que muchos de los cementerios de rebeldía de este país están llenos de cruces de jóvenes que se inmolaron por ver irrespetada su soberanía y su dignidad.

Omar aseguraba que la firma de los Tratados era un triunfo y que el país tomaría otro rumbo porque, en sus propias palabras, le ponía fecha de cumpleaños a la erradicación de cada una de las estacas colonialistas que en ese momento estaban vigentes. Omar estaba legítimamente orgulloso, entre otras cosas, porque había cambiado el término perpetuidad de los Tratados originales, por 23 años. Él decía que perpetuidad, era la eternidad más uno.

A Omar, solo le quedaban cuatro años para cumplir su tarea

Omar tenía entonces 48 años. Los muchachos impacientaban. Solo le quedaban cuatro años para cumplir su tarea. Nunca reclamó como un logro personal el triunfo de haber logrado sentar a los Estados Unidos a conversar, negociar y firmar un Tratado. Siempre reconoció, con mucho respeto y admiración, la lucha de todas las generaciones pasadas que, dentro de sus propias circunstancias, lucharon con todo esfuerzo, valentía y empeño por erradicar el enclave colonial que dividía a la Patria.

Omar le llamaba ‘la aristocracia del patriotismo' a aquellas generaciones que se inmolaron por la liberación del país. Él había elegido una ruta más larga, pero sin sangre, sin el sacrificio de no menos de 50 000 jóvenes panameños que, por haber ‘sobresentido' la causa de su Patria, estaban testimoniando que significaban la aristocracia del patriotismo del país, las que, según Omar, habrían dejado ‘desmostrencadas' completamente, sin futuros dirigentes, porque lo mejor, la aristocracia del patriotismo, del talento y del coraje hubiese sido inmolado en esos 1432 kilómetros cuadrados, que constituían la Zona del Canal de Panamá.

Yo viví el ‘no trasspasing'

Yo lo sabía, porque viví diariamente las ocho millas de ida y vuelta entre Arraiján, donde nací, y la capital, para asistir a la escuela secundaria. Arraiján es el primer pueblo de la provincia de Panamá hacia el área oeste del país. Ocho millas de territorio nacional cercado con alambradas prohibiendo en inglés el paso hacia la izquierda y hacia la derecha, ‘no trasspasing', porque allí estaban los polígonos de tiro donde se entrenaban los norteamericanos para ir a la guerra. Ocho millas plagadas de policías gringos que controlaban la velocidad de los autos y el trepidar del corazón, cuyas infracciones debíamos pagar en la Corte de Balboa del Gobierno de los Estados Unidos. Creo que nosotros no tomábamos conciencia de que entre Arraiján y la capital, lo que teníamos era una servidumbre, la dispensa concedida por los Estados Unidos a nosotros, los verdaderos dueños.

Escuchando a Omar hablarle a los representantes de corregimientos, yo sentía que él descifraba un poco mi inmemorial rabia, cuando visualizaba desde su helicóptero el sector de Amador siendo el hogar de veinte mil niños panameños que jugarían en ese campo, sin temor a que alguien les dijera que su presencia era ilegal, intrusa, en un suelo que a nosotros pertenecía. Porque fue precisamente en el límite entre El Chorrillo y la Zona, que un policía gringo, al verme tomando fotografías, me preguntó: ‘¿Qué quieres fotografiar?'. Yo respondí: ‘Al cerro Ancón'. Tomándome por los hombros, me dio media vuelta hacia El Chorrillo y me dijo: ‘¡Tómale fotos a esas cajetas de fósforos, que eso es Panamá!'. Fueron las mismas ‘cajetas de fósforos' que el 20 de Diciembre de 1989 bombardearon los gringos; quemaron las casas con los niños y padres y madres y abuelos adentro, algunos de los cuales quizá hubieran sido de esos veinte mil niños panameños que Omar quería que jugaran en el campo de Amador.

Ganar la guerra sin perder la memoria...

Ganar la guerra sin perder la memoria, no es retórico. Es un respiro profundo, doloroso, caliente; es, en este 13 de febrero, el inmemorial dolor profundo de parto de Joaquina Herrera de Torrijos, la Maestra, la madre que alumbró a Omar el 13 de febrero de 1929. Ganar la guerra sin perder la memoria, es asumir el compromiso de ‘sobresentir' el bochorno de la Patria ayer sometida y reconocer, sin sesgos, cálculos ni egoísmos el coraje de haber logrado arrancársela de las garras al bandido. Ganar la guerra sin perder la memoria, es jamás decapitar una causa colectiva por una extravagancia egoísta, individual a contrarreloj.

Ganar la guerra sin perder la memoria, es no sentir miedo del ‘otro' que se acerca para aprender, participar y sumar; se trata de los ‘desmostrencados' que decía Omar, que aún siguen desperdigados entre el fanatismo, el oportunismo o el liderazgo comprometido para hacerse a la vela del atracadero, hacia el país íntegro, urgido de equidad, inclusión y ciudadanía.

Feliz cumpleaños Omar.

PERIODISTA

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‘Omar le llamaba ‘la aristocracia del patriotismo' a aquellas generaciones que se inmolaron por la liberación del país. Él había elegido una ruta más larga...'