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28 de Feb de 2020

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Mireya Lasso

Columnistas

Los tranques y nuestra salud

‘... con la paciencia necesaria para proteger nuestra propia salud, todos tratemos de reconfortarnos en la esperanza de una solución en el horizonte'

No hay día en que no aparezcan noticias en las pantallas chicas o en la prensa escrita y radial que informen sobre los tranques en las calles y avenidas de nuestra ciudad. Con la novedad del ‘Waze ' y sus ubicaciones geográficas, mapas y su tráfico, nos mantenemos informados sobre los embotellamientos vehiculares. Pero una cosa es conocerlos a la distancia, mientras que otra es entrar en esos laberintos para movilizarnos con alguna esperanza de poder llegar a nuestro destino y cumplir a tiempo nuestros compromisos. Citas médicas, entrevistas de trabajo, vuelos internacionales, salidas de las escuelas, son todos empeños traumáticos, cuando encontramos una fila que no se mueve. Pensemos que es peor aún la tortura de quienes deben utilizar el transporte público colectivo, que no llega para llevarlos a tiempo a sus trabajos o sus escuelas.

El tráfico, en nuestra área metropolitana del distrito capital y San Miguelito de millón y medio de habitantes, cada día se congestiona más con un parque automotor de 491 180 vehículos el año pasado, aumentado, según estimaciones, en un 9 % a 535 762 este año. Sin el beneficio de nuevas obras que aumenten la red urbana, nuestra esperanza solo parece residir en las Líneas 1 y 2 del Metro, en una mejoría operativa del Metrobús y en el monorriel a La Chorrera. Si los cuatro sistemas estuvieran operando satisfactoriamente en dos o tres años, junto con las rutas alimentadoras, sería en principio un alivio a la cantidad de automóviles que aún se desplazarían al centro de la ciudad.

Hasta que eso suceda debemos armarnos de paciencia, porque se trata de hacer de nuestra capital una urbe más amigable para sus residentes y visitantes. Las obras que desordenan su entorno y dificultan el tráfico son necesarias: soterramiento de cables de teléfonos, trabajos del Idaan para mejorar el suministro de agua potable y reemplazar tuberías rotas, tratamiento de aguas servidas al mar, construcción de la Línea 2 del Metro, nuevas edificaciones residenciales y comerciales privadas en todos los barrios.

A todo ese atolladero le sumamos las inundaciones causadas por nuestros aguaceros tropicales, los obstáculos inesperados causadas por choques y accidentes, los frecuentes cierres de calles, la inobservancia del reglamento de tránsito por una buena cantidad de conductores, la obstaculización de cruces de vías y de giros en rotondas, los semáforos descoordinados que jamás fueron ‘inteligentes '. Tenemos así los ingredientes adecuados para hacernos sufrir todo el malestar que sentimos cuando intentamos movilizarnos por nuestras calles y avenidas.

Entonces nos enfrentamos a otro problema más serio: el estrés que eso nos causa y la repercusión que tiene en nuestra salud. La contrariedad ya no solo es problema de pérdida de tiempo, esfuerzo y recursos, sino también de salud. Si bien el estrés de corto plazo puede ser beneficioso, porque nos pone en alerta ante emergencias; el estrés más permanente, como los tanques constantes, es perjudicial y tiene consecuencias muy negativas.

Está plenamente comprobado que ese estrés permanente causa daños al organismo, tanto biológica como psicológicamente. Según los psicólogos es una verdad de a puño que el estrés causa estados irregulares como cansancios, agotamientos, dolores musculares y de cabeza, irritabilidad, aumento o pérdida de peso, enojo, hipertensión, riesgos cardíacos, insomnio, depresión y propensión a tener accidentes. Ese es el estado de ánimo de un conductor en un tranque.

En las presentes circunstancias no podemos achacar el caos existente a las autoridades encargadas de normar y dirigir el tráfico vehicular. Mientras tanto, con la paciencia necesaria para proteger nuestra propia salud, todos tratemos de reconfortarnos en la esperanza de una solución en el horizonte.

EXDIPUTADA