Temas Especiales

02 de Apr de 2020

Antolino Herrera Castillo

Columnistas

El delito cibernético

Un delito cibernético o informático es toda aquella acción antijurídica y culpable, que se da por vías informáticas

‘Un delito cibernético o informático es toda aquella acción antijurídica y culpable, que se da por vías informáticas o que tiene como objetivo destruir y dañar ordenadores, medios electrónicos y de Internet '. Cuando se trata de un ataque a la moral o dignidad de las personas, llevará otro nombre.

Deberíamos incluir en tal acertijo a la afectada honra del individuo, pero en un medio como el nuestro donde el adjetivo ni se conoce ni se practica, sino que corresponde —la honra— a un círculo muy discreto de individuos; hablemos de lo que en lenguaje común se llama depravación, malicia, odio, rencor, difamación o maldad, que no viene a ser sino una proyección de los que se deleitan tratando de hacer daño al prójimo.

Quien ubique en sitios de Internet o las llamadas redes sociales, cualquier propaganda, aseveración, calumnia, injuria o ataque a la integridad de las personas, simplemente porque no le conoce, o porque le cae mal, o sigue instrucciones de otros enemigos, claramente es reo de culpa y deben ser examinadas sus actuaciones, y realizar investigaciones exhaustivas de dónde procede el delito y sus razones.

Hay razones que me atrevo a apuntar sobre los delincuentes del audio y video, redes sociales, celulares, etc. Podría ser que tienen temor al que es objeto de sus ataques; pueden abrazar sentimientos de envidia sobre sus víctimas, puede ser por el simple placer de gozar o disfrutar del mal que hacen; puede que actúen de manera servil defendiendo los intereses de otro; son los lacayos, individuos que funcionan en un medio, pero que desconocen la razón de ser de las instituciones, del funcionamiento del sistema económico imperante en el país, de los pro y contra de la política, de los propósitos del hombre sobre la Tierra, de la construcción o destrucción de las sociedades, naciones o países; de la cultura o imaginario del pueblo.

Hay un sinfín de cosas desconocidas para estos individuos que se ven abocados a la categoría de lacayos. Triste rol, pudiendo ser un amado de mamá y de papá, admirado incluso por sus enemigos, descienden a estos niveles, precisamente porque no abrigaron ni la disciplina ni el afecto para hacer frente a un mundo como el de hoy. Creyeron más en los enunciados del enemigo, empezaron a torcer la verdad, el derecho y la justicia. Se abrazaron a los pechos de cada demonio que les atormentaba su alma y entraron por la boca del mismo Satanás para estar a su sombra.

Para los que creen que tales cosas son posibles, no tienen mucho que investigar. Para los que no las aceptan les quedan un rosario de preguntas. Esto que trato de definir o explicar es solo un intento de este humilde columnista buscando una explicación a dichos fenómenos que no podemos negar y que inquietan a la población.

Para un buen representante de la justicia es cuestión de ir reduciendo el campo de investigación o procedencia de toda esta vagabundería dirigida a ciudadanos honestos, trabajadores y responsables. Qué tal los llamadas estudios o islas de edición dotados de los últimos adelantos tecnológicos, muy buenos para hacer el bien o el mal. Yo no sé si son conscientes del enredo en que están.

Este que escribe, conociendo la razón de lo que escribo, no daré mi pie al resbaladero; ninguna mella a mi sangre, corazón, cuerpo o espíritu. Aunque la justicia ordinaria demuestre incapacidad en estos menesteres, no dormirá el que nos guarda. Ya fue dicho: ‘mía es la venganza, dice el Señor, yo daré el pago '. Sí queda un poco de pesar de que, habiendo tantas cosas por hacer, tengamos que distraer tiempo, papel y tinta en tales veleidades.

ECONOMISTA