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30 de Mar de 2020

Tomás Litarte

Columnistas

‘Brexit': ¿un divorcio catastrófico?

El mundo es ancho y ajeno, que diría Ciro Alegría, y está repleto de países. De ellos, solo 28 pertenecen a la Unión Europea (UE)

El mundo es ancho y ajeno, que diría Ciro Alegría, y está repleto de países. De ellos, solo 28 pertenecen a la Unión Europea (UE). El resto, 165, si contamos los que están en Naciones Unidas, existe, a pesar de no formar parte de la Unión. Pero uno decide dejar el grupo y parece que la propia Unión y hasta el mundo entero bordean la catástrofe.

De otro lado, los británicos defensores del brexit se muestran felices, eufóricos, dicen sentirse libres, independientes; a partir de ahora será el Reino Unido (RU) (ya veremos cuán unido) quien decida por sí solo el rumbo de esa gran nación, que con la decisión de abandonar la UE parece creer que recupera su soberanía, como si acaso la hubiera perdido. Ni tanto ni tan poco.

La decisión de los británicos de salir de la UE por un escaso margen tiene más, a corto plazo, de golpe moral al europeísmo que de catástrofe para las relaciones internacionales. Y para Gran Bretaña, la libertad que asocian a la partida durará poco. El país no volverá a la ‘splendid isolation ' de antaño, o en todo caso, el ‘aislamiento ', no será ‘espléndido '. Los británicos irán dándose cuenta de que fuera de la UE hace frío y no se está tan bien como pensaban. De hecho, varios millones de ciudadanos están ya reclamando una nueva decisión.

Una vez se asiente el polvo de ese terremoto político (43 años de matrimonio dejan una huella profunda), Gran Bretaña tendrá que negociar con la UE cómo van a ser las nuevas relaciones y deberá adoptar una red de convenios bilaterales sobre acuerdos que suscribía de forma colectiva. La tarea es grande y aunque hay un marco que vale para todos, las reglas de la OMC, dentro de esas reglas, la UE ha ido tejiendo ámbitos propios con casi todas las regiones y países del mundo, ámbitos que tocan al comercio, a la cooperación y al diálogo político. El RU era parte de todo eso. A partir de ahora tendrá que ir país por país o región por región y negociar acuerdos que preserven o mejoren lo que ya tenía, y que permitan al país mantener su papel en el mundo.

No está huérfano de instrumentos: es miembro permanente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, cuenta con uno de los ejércitos más poderosos de la Tierra, ha desarrollado una diplomacia extensa y avezada y el inglés es la lengua franca internacional. Es el sexto país por PIB y el 24 por PIB per cápita, con pequeñas variaciones, dependiendo de la lista que se use. Es además una sociedad abierta, dinámica, innovadora, tecnológicamente muy desarrollada y con una gran capacidad de iniciativa.

La Unión Europea, por otra parte, pierde ese caudal de poder, de innovación, de maestría negociadora, que dejará de contribuir a la formación de las decisiones de la UE, en un momento, además, de relativa debilidad, en el que la salida del RU se recibe inevitablemente como un rechazo del proyecto político supranacional más interesante y más acabado que hay en el mundo, un proyecto que le ha dado a Europa una larga etapa de paz y prosperidad.

Pero es que hay matrimonios que van mal desde el principio. Pueden celebrar bodas de plata y hasta de oro, pero van mal. Y este ha sido el caso del RU dentro de la UE. Y no porque la UE no lo tratara bien, todo lo contrario. El Reino Unido tenía casi una UE a la carta. No era parte del euro ni de Schengen, le devolvían todos los años una parte importante del dinero que entregaba (el famoso ‘cheque británico ') y gozaba de otros privilegios (‘opting outs ') que no tenían los demás Estados miembros. Y todo para que se quedara. Y antes del referéndum, David Cameron arrancó nuevas exenciones del Consejo y la Comisión europeos, que aceptaron sus exigencias con tal de que no abandonase el club.

A pesar de todo eso, dijo no. Está claro que la novia no le gustó nunca. Y eso que la novia tiene un mercado de más de 400 millones de consumidores al que va un 44 % de los productos británicos, es el principal bloque comercial, la primera potencia en cooperación al desarrollo y sigue disponiendo de un poder blando, que aunque algo deteriorado en estos últimos años, es de los más influyentes del mundo. La Unión, con todas sus lentitudes, sus burocracias, sus engreídos funcionarios, sus despilfarros y sus asimetrías es un organismo vivo, que tiene una fuerza propia superior a la suma de los Estados que la componen, que ha desarrollado un espacio de libertades como no hay otro en el mundo, y que ha logrado en sus casi 60 años de historia el mejor equilibrio entre libertad, igualdad y prosperidad que se haya logrado nunca en ninguna parte del planeta. Una dote nada despreciable.

Durante mucho tiempo la incansable diplomacia del RU logró dirigir esa Europa hacia donde quería. Y cuando Europa decidía hacer algo que no le convenía al Gobierno británico de turno, se sacaba un ‘opting out ' (su derecho a disentir) como de la chistera de un mago. Pero la deriva de los últimos años, la crisis europea, el drama de los refugiados y el gran número de europeos que trasladó su residencia al suelo británico acabaron de atemorizar a una mayoría exigua de ciudadanos ingleses que decidió que ya estaba bien de matrimonio.

El RU, qué duda cabe, sabrá manejarse en el mundo tras el brexit y sabrá conservar un papel relevante, aunque menos relevante que el que tenía hasta ahora dentro de la Unión. Su privilegiada interlocución con las principales potencias la tiene en su doble condición de ser una de ellas y de ser miembro destacado de la Unión Europea, capaz de influir grandemente en sus decisiones. Pero a partir de ahora se queda solo con la primera y su influencia internacional inevitablemente decaerá. Por otra parte, su lugar en el mundo dependerá en gran medida de las derivaciones del resultado del referéndum en el propio territorio británico y de las relaciones que logre establecer con la Unión Europea.

Un eventual Reino Unido decapitado de Escocia perderá más rápidamente su peso internacional. Si además la Irlanda del Norte decidiera unirse a la República de Irlanda, peor aún. Serían consecuencias no deseables, pero posibles a medio plazo, de ese voto a redropelo de la historia.

Lo mismo sucederá con la relación entre el RU y la UE a partir de ahora. Los partidarios del brexit se han apresurado a señalar que una buena negociación con el continente hará imperceptibles los cambios para los ciudadanos británicos en cuanto a las ventajas que obtenían de su pertenencia a la UE. Pero un buen acuerdo debe beneficiar a ambas partes, y la otra también sabe negociar. Va a ser imposible para el Reino Unido obtener las mismas ventajas de la UE estando fuera que dentro.

En el resto de la Unión, lo que hace falta ahora es que no cunda el ejemplo. El golpe ha sido fuerte. Las negativas consecuencias económicas y financieras para ambas partes se recuperarán relativamente pronto y los perjuicios reales, que no tendrían por qué ser tan graves, se irán manifestando a medio plazo. Pero el golpe moral sí ha sido duro y ha sacudido a una sociedad europea en crisis de identidad. Algunos aseguran que ahora es el momento de acelerar la integración, de dar un nuevo paso hacia unos estados unidos europeos. No parece sin embargo muy recomendable esa sugerencia. Más prudente es seguir la máxima ignaciana, ‘en tiempos de crisis no hacer mudanzas ', y asegurar y consolidar el 95 % del territorio y el 88 % de la población de la Unión que cree, con más o menos convicción, que el club europeo sigue siendo la mejor garantía de futuro.

Ya habrá tiempo para pensar en otras Europas y otras nupcias.

MÁSTER EN DERECHO CONSTITUCIONAL Y CIENCIA POLÍTICA.