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28 de Mar de 2020

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Mireya Lasso

Columnistas

Sangre en la arena del coso

‘... con Víctor Barrio, como sucedió con Manolete, con Paquirri..., un pequeño descuido del Matador le costó la vida'

Terminando en Teruel la primera lidia que le correspondía, el Matador Víctor Barrio, de 29 años, fue ensartado por un pitón que le produjo la muerte instantánea. La mortal cornada atravesó su pecho y perforó sus pulmones, dejándolo inerme en la arena del coso aquella tarde. Los ‘olés ' que lo animaban y presagiaban otra brillante jornada, que añadirían rabos y orejas a los muchos que ya había cosechado, se silenciaron ante la consternación de una muchedumbre que había pagado sus buenas pesetas para admirarlo. Su esposa al instante quedó petrificada porque ocurrió la alternativa que El Cordobés tituló en su autobiografía: ‘... O te vestiré de luto '.

Podíamos imaginar las actividades del Matador ese día antes del espectáculo. En general todas se asemejan: desayuno frugal, en caso de requerir anestesia por algún percance en la faena; un largo reposo durante la mañana; la ceremonia de vestirse cuidadosamente de luces, uno por uno todos los atuendos que el rito exige; la invocación religiosa ante el altarcito en la capilla de la plaza o el cuarto del hotel; y, finalmente, la entrada a la plaza de toros, el ‘paseíllo ' acompañado de su cuadrilla, rejoneadores a caballo y banderilleros a pie, a los acordes de un vibrante pasodoble. Aumenta la excitación. Aplausos de la muchedumbre y el saludo final al público, al presidente y a la persona a quien dedica su lidia.

Por fin, sale la bestia. Más desorientada y perdida que enfurecida porque, criada a cuerpo de rey, es primera vez que enfrenta un espacio tan distinto a las llanuras y potreros donde permaneció hasta entonces, sin ruidos ni capotes ni contacto con seres humanos. Y quizá hasta le hayan afilado los pitones para hacerle más peligrosa y riesgosa la faena al torero le corresponda lidiarlo.

Entonces comienza la preparación del animal. Hay que rebajarle su energía —‘humillarlo '— para que en 15 minutos deje de ser una poderosa máquina desordenada y se pueda concentrar en el contrincante que segará su vida. Los picadores a caballo lo puyarán para hacerlo sangrar y tres banderilleros le clavarán seis banderillas en el lomo para que baje la cerviz de suerte que el Matador pueda colocarle la estocada final entre las paletas del hombro. Con suerte la espada tendría efecto rápido pero, de lo contrario, se intentará tantas veces como sea necesario hasta darle la estocada final con un puñal en el cogote. Los mulilleros entonces arrastrarán el cuerpo del toro como un desecho distinto a brioso ejemplar que entró 15 minutos antes.

Así lo vi, para mi desazón, en la Maestranza de Sevilla hace unos cuantos años por una invitación obligante. No deseo volver a sufrirlo.

Pero con Víctor Barrio, como sucedió con Manolete, con Paquirri y con muchos otros, un pequeño descuido del Matador le costó la vida por querer arriesgar más de la cuenta para demostrar su arte y su coraje. Desangrados en la arena o en la enfermería de la plaza de toros vistieron de luto a sus familias.

Las corridas de toros de lidia que concluyen con la muerte del animal son exaltadas en muchas manifestaciones artísticas —literatura, música, pintura, cine— pero causan mucha controversia: entre los ‘antitaurinos ' que ven el espectáculo como un ejemplo de maltrato animal y de riesgo innecesario para el humano; y, por otro lado, quienes se empeñan en resaltar la valentía y el arte de toro y torero, cuando ambos se compenetran y se mueven al compás en el juego del engaño, la muleta y la espada.

Afortunadamente en Panamá no habrá coso ningún con esa sangre.

EXDIPUTADA