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26 de May de 2020

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Modesto A. Tuñón F.

Columnistas

La fiesta fúnebre de Catrina

Las flores naranjas del maguey dominan el dintel de las casas, los jardines y sus coronas brindan una colorida imagen a los cementerios

La muerte, ese oscuro y errante destino, suele constituir motivo de inspiración de múltiples culturas que la interpretan de acuerdo a costumbres, tradiciones y la ubican como un mundo que se sitúa al otro lado del aliento vital, donde adquiere su autonomía. Para otros, es sencillamente el punto final de un proceso ineludible, inexorable. Para unos, el pavor, la aversión; otros sencillamente la miran en su dimensión bufa, caricaturesca e irónica.

Esta diversidad de puntos de vista fluye a través de los individuos, de la masa y llega incluso a constituirse en valor intangible de las sociedades. Esto hace que los norteamericanos consideren que es una noche de brujas ( Halloween ), donde el negro y naranja dominan en el último día de octubre. Mientras, impone a los ecuatorianos visitar sus tumbas y acompañan a sus difuntos como si fuera un día de picnic con alimentos y bebidas.

El pueblo mexicano se mofa de toda esa atmósfera mortuoria y el dos de noviembre y días cercanos, rinde culto a los extintos y con una formalidad revestida de burla se disfraza, pinta, come dulces y organiza una jornada que solo tiene parangón en las fiestas patrióticas o conmemoraciones de los patronos religiosos. Resulta difícil imaginar las proporciones y el lugar que ocupa esta fecha en el imaginario de ese país.

Esta festividad ya tenía espacios en el calendario de las comunidades precolombinas. Los códices exponen de hasta dos fechas, una dedicada a los niños fallecidos y otra, posterior para honrar la vida pasada de quienes yacían en las tumbas. Las creencias europeas no lograron, durante la conquista en América, sustituir estos valores afincados entre pirámides, monumentos y dioses.

A mediados del siglo XIX, las diferencias entre los sectores sociales generan pugnas crecientes que se manifestaron de formas variadas y un ilustrador, José Guadalupe Posadas, creó o hizo popular la imagen de una cabeza de esqueleto, una ‘calavera garbancera' como crítica a la clase social burguesa. En los diarios que desplegaban estas guerras ideológicas, la ataviada y espectral figura era el símbolo del acidulado y punzante dardo político.

El trabajo gráfico de Posadas se extendió en su doble dimensión como herramienta de las diferencias de poder; pero también fue un hito artístico y a su alrededor fueron agrupándose leyendas, narraciones y luego en la guerra, un importante protagonista narrador de los combates y su siniestro resultado. El pintor Diego Rivera le confiere el apelativo de Catrina y empieza a representar el principal personaje de la fiesta de muertos.

Ese día de comienzos de noviembre, México se transforma. Cada quien dedica un espacio para honrar a sus familiares. La comunidad, el municipio, la iglesia, la región, el Estado y también las corporaciones gubernamentales hacen ofrendas; Catrina revive y encarna los rostros donde se pintan sus dientes que cuelgan de los huesos y su sonrisa obligada. Así, recorre las calles; surge en los patios internos o en el atrio de los templos.

En Puebla, se organizan concursos de maquillaje; en Aguascalientes su estatua encabeza el jolgorio; en cada ciudad se toma las plazas; las panaderías ofrecen el pan de muerto, las dulcerías brindan cabezas de esqueletos confeccionadas de azúcar y los clientes las adquieren para poner en la frente dulce el nombre de amigos, parejas a quienes se ofrece esta golosina como saludo cordial y también, expresión de culto burlesco a quien termina por vencernos.

Las flores naranjas del maguey dominan el dintel de las casas, los jardines y sus coronas brindan una colorida imagen a los cementerios. Mientras, el aroma a incienso domina un periodo de cambio que acoge a cada individuo en torno a un sentimiento y trasciende el tiempo para unificar el alma de un país entero.

PERIODISTA Y DOCENTE UNIVERSITARIO.