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15 de Nov de 2019

Andrés L. Guillén

Columnistas

¿El fin del neoliberalismo?

La política monetaria se dirigió a controlar la inflación, no a promover pleno empleo ni igualdad

Muchos críticos definen como ‘crímenes económicos' las acciones que las élites capitalistas tomaron contra el resto de la humanidad, desde la década de los setenta, para recuperar su poderío político y económico.

Según estas mismas clases ricas, ese poder fue mermado por medidas estatales que seguían las políticas macroeconómicas de J. M. Keynes (ver Teoría general del empleo, el interés y el dinero) y otras más socialistas, después de la Segunda Guerra Mundial.

Para contrarrestar estas medidas keynesianas y socialistas, diferentes corrientes de pensamiento económico, principalmente los seguidores de las escuelas austriacas y de Chicago, crearon un sistema financiero y de servicios mucho más poderoso que el sistema productivo industrial, como nuevo régimen de acumulación capitalista, que subió la rentabilidad del dinero al costo de la economía subyacente.

Bajo este sistema ‘neoliberal', la capacidad redistributiva del Estado se redujo al reducir el gasto social, eliminar el control de precios y bajar el impuesto a los ricos.

También se potencializó la financiarización de la economía con nuevos mercados, productos y agentes financieros, con inversiones de carácter puramente especulativos y cortoplacistas.

La banca —tanto privada como estatal— se convirtió en propulsora de demanda agregada mediante préstamos (el consumo creció, a pesar de que los salarios retrocedían) y permitió al capitalismo funcionar más allá de los límites de la economía, al arriesgarse más (ver la crisis de hipotecas ‘subprime' de 2007) y comprometer así su antiguo rol de prestamista al sector industrial.

La política monetaria se dirigió a controlar la inflación, no a promover pleno empleo ni igualdad.

Las empresas, en vez de promover estrategias productivas, se dedicaron más a incrementar su valor bursátil y a remunerar la alta gerencia con beneficios desproporcionados.

Por eso, los capitalistas invirtieron su dinero en el mercado financiero especulativo, produciendo esas grandes burbujas de activos, con su ciclo de crisis financieras que surgen periódicamente.

Otras manifestaciones de este ‘nuevo liberalismo' incluyen la desregulación y liberación del comercio y las finanzas; la privatización de servicios y empresas estatales; la ‘flexibilización laboral' mediante el control de los sindicatos, con un aumento de trabajadores temporales en detrimento de los fijos; la competencia desenfrenada entre las grandes empresas, dando lugar a fusiones y adquisiciones oligopólicas; todo esto para liberar la economía y permitir que el sector privado asumiera muchas de las competencias del Estado.

Los precursores de estas medidas fueron el dictador Pinochet en Chile, Ronald Reagan en EUA y Margaret Thatcher en el Reino Unido, que, si bien defendieron el individualismo y la competencia, también fomentaron una creciente desigualdad en la distribución de la riqueza, a pesar de que subió la productividad, pero no los salarios.

El legado económico de este nuevo liberalismo, tan difícil de definir, no fue el fin de regulación activa de condiciones macroeconómicas por el Estado ni su concepción ideológica sino el de continuas crisis financieras, crecimiento anémico, escasa productividad laboral y alto desempleo en muchos países occidentales, con logros de debatible beneficio.

China y políticos de centroizquierda lo defienden, pero ¿ya ha perdido su legitimidad el neoliberalismo?

ECONOMISTA